Los nuevos Antoine Doinel

Autor: Irene Marges Fuente: Filmin

Los nuevos Antoine Doinel

Los niños irremediablemente crecen (a no ser que seas Peter Pan). Frente a esta inevitable característica del ser humano, hay quienes entran tienen más o menos prisa y quienes lo hacen con más o menos gracia. Quienes rehuyen de la niñez porque la esperanza en la etapa joven es poso de perspectivas mejoradas y a quienes el coming-on-age les ha pillado con un mundo adulto que les frena cualquier posibilidad de entrar en el círculo. Si hay un niño que se encuentra siempre entre estas escurridizas fronteras es Antoine Doinel.

De la mano de Truffaut, el chico nos cautivó con su infancia gamberra, con su adolescencia sufrida y con una entrada a la vida adulta tan frustrada como anodina. Espejo de muchas otras historias, las etapas vitales de Doinel son las mentirijillas de nuestros hijos, los fracasos amorosos de nuestros colegas y los chascos de nuestros padres. Etapas idealizadas que, de golpe, se tornan el transcurrir de nuestra propia vida y las encontramos a lo largo y ancho de nuestro catálogo.

LOS 400 GOLPES



Los niños tienen esa inocencia que les hace parecer tiernos hasta cuando tiran una maceta o rompen un cristal jugando con una pelota. Rebeldía, jugueteo, amor incondicional, amistad pura... son conceptos fácilmente aplicables a esta etapa pueril. Pero hay que ir con cuidado de no aplicar a la ligera dichos conceptos tan claros y neutros cuando, a menudo, la niñez puede tener aspectos tan turbios como los hay en cualquier etapa vital.

En "Los 400 golpes" es la primera vez que conocemos a Antoine Doinel, niño y espejo de infancias distantes del paradigma comercial que cuentan problemas. Ésta es una película sobre la figura del niño y sobre sus relaciones entorno los pequeños mundos totalmente engrandecidos por su diminuta visión a apenas un metro del suelo. No hay la perspectiva adulta, ni nos interesa; queremos saber qué sienten los niños y toda una tendencia en el cine se encarga de ello.

Jean-Pierre Léaud encarna su alter ego: un jovencísimo Antoine Doinel con el que convivirá a lo largo de su filmografía. En esta primera película se presenta como un pequeño y tremendamente conflictivo mentiroso que no deja de recibir y merecer castigos por su comportamiento más que mejorable tanto dentro como fuera de la escuela. Conocemos sus pequeños núcleos, los pequeños núcleos que todo niño tiene a esa edad: escuela, familia y amigos. No existe nada más. Y mientras que el vinculo familiar deja mucho que desear, la importancia de la confidencia entre amigos es entonces sagrada. Y es que las mentirijillas infantiles son oro puro para el cine, aprovechadas siempre como inicios de grandes conflictos interiores. Lo mismo ocurre con la galardonada "Mamá, te quiero". Algo que todos hemos hecho como es esconder unas malas notas por miedo a que nuestra madre nos riña se convierte aquí en el motor y en el sinvivir del pequeño Raimonds. Todo gira entorno a la verdad y al poder curativo que ejerce sobre un niño cuando ésta es contada. Presentando también los mismos ambientes que en el film de Truffaut, "Mamá, te quiero" retoma de nuevo la espontaneidad infantil, la rebeldía de cuando los padres ya no son pilares ni un ejemplo a seguir y la importancia de las lecciones a tan temprana edad, época de cultivo no sólo de una personalidad futura, sino de unos valores necesarios para afrontar más golpes, no sólo 400.


En sintonía, y con el paralelismo del recurso del alter ego fílmico, la triología de Bill Douglas ("My Childhood", "My ain Folk" y "My Way Home") introduce también el personaje de Jamie en continua evolución. La historia sigue al chico a medida que crece y se detiene en cómo debe aprender un niño con carencias afectivas y con una vida muy rural y sin recursos a cuidarse de sí mismo. Ambos -tanto Jamie como Antoine- deben prepararse para una adolescencia que, debido a sus situaciones -distantes pero parecidas- parece que será bastante complicada. Y es que los mundos infantiles se tambalean cuando todo empieza a cambiar de sitio. Lo mismo ocurre en "Eva Van End", cuando un estudiante extranjero irrumpe en su cotidiana y anodina vida, los problemas salen a flote. El mundo adolescente acecha para los niños como una especie de liberación a la que ansían llegar pero que les da un portazo a la cara cuando los populares del instituto les cierran las puertas al esperado sueño. Este High School casposo y con roles del que querer huir por no encajar es tan insoportable como un ambiente familiar carente de comunicación, en el que ser invisible para tu familia es incluso peor que pasar desapercibida por los pasillos del colegio.


Crecer rápido, a golpes si hace falta, con la importancia de quien los recibe contigo. "Somers Town" describe de nuevo dos niños pre-adolescentes en conflicto, con no demasiadas esperanzas en ningún futuro prometedor, pero con una sociedad que les aprieta y les fuerza a crecer rápido.


EL AMOR A LOS 20 AÑOS


El niño que corría, ahora hiberna entre cuatro paredes y el humo del tabaco mientras escucha su colección favorita de vinilos tumbado en la cama y mirando el techo. El incesante sufrimiento de los jóvenes por no encajar en el mundo adulto y el rechazo inmediato a toda niñez que, como un lastre, suena a eco. Tabaco, música y libertad, tres elementos que ya aparecen en la primera secuencia del mediometraje de Truffaut ("Antoine y Colette: El amor a los 10 años"). Antoine, nada más levantarse, se enciende un cigarrillo, pone el tocadiscos y sale al balcón a saborear la libertad de la que goza gracias a tener un trabajo con el que pagarse el alquiler. Su libertad se trastorna cuando de entre la multitud del público, descubre a Colette. Un amor que emerge de la fijación de miradas, de la incertidumbre de las primeras veces, de las confusiones amigables y de una correspondencia romántica y algo ambigua.

Parecida a la relación de Antoine y Colette, Oliver y Jordana ("Submarine") también experimentan este rejuvenecido concepto del amor sufrido por dos jóvenes inexpertos que tratan de actuar como adultos en situaciones que hacen experimentar su más sentido del ridículo. Con cierto foco en la cultura, el intercambio de experiencias entre ambas parejas tantea la delgada línea entre amistad y amor al tener entre manos sentimientos no correspondidos. Ellas tienen el control. Jordana accede pero el mensaje es claro: "Oliver, espabila, yo soy más madura que tú." De nuevo el existencialismo llama a la puerta cuando ellos, en el suelo, observan el techo y la desgracia que les rodea, ya no sólo hundidos en un mundo que no les comprende, sino experimentando el dolor de su corazón. Un gesto tan romántico como masoquista, tan adolescente como inequívocamente fruto de las primeras veces. Y es más, cuando Oliver falla como adulto al ser incapaz de manejar dos situaciones complicadas a la vez, retorna al niño que lleva dentro, a las jugarretas y a echar a correr hacia el mar como lo hizo el niño de Truffaut.


Pero para llegar a relaciones, a no-relaciones y a relaciones rotas hace falta primero toda una fase previa: el cortejo. En "Casa Grande" el cortejo es patosamente tierno. Mientras que Doinel es externamente adulto, Jean es inexperto en cualquier ámbito y necesita consejos para afrontar lo desconocido. Y no sólo el amor le viene de golpe, las mismas manos que le encandilan le quitan la venda de los ojos cuando descubre las contradicciones de su familia. Un amor que pone en duda hasta los cimientos más básicos en la infancia: los padres.

Y para jugar al juego del amor, hay que aprenderse las reglas. Aprender a besar, a saber cuándo volver a llamar, a cuándo pasarse de la raya... Básicamente, a cuando dar el paso y salir de esa friendzone tan cómoda para algunos. Antoine se lleva un buen chasco cuando lo hace y recibe la negativa de Colette, que le trae un nuevo novio mucho más mayor que él como evidencia del "no" a sus reiteradas intenciones de tener algo más con ella. "The French Kisses" o "Acné" también muestran todo un aprendizaje de las primeras veces, pese a hacerlo desde una clave de comedia que agrava el patosismo y la inexperiencia de los chavales. Es ahí donde vemos el tercer vértice del triángulo: el amigo. Ésa figura con quien exagerarlo todo y en el que apoyar toda fábula creada mentalmente. De alguna manera, siempre nos quedará la amistad, con la que puedes desaparecer y refugiarte en el bosque, como los tres protagonistas de "The Kings of Summer" hacen. Si el mundo adulto no nos comprende, escapémonos al bosque y montemos una cabaña entre amigos. Acto tremendamente asociado a la niñez, esta película recoge las últimas esperanzas de ésta etapa y las nuevas frustraciones de la siguiente para conformar un cóctel rebelde, inconformista, pero en un lugar donde aun puede existir algo de lo que contaban los cuentos de niños.


Antoine tiene sus vinilos y su tabaco con el que superar su primer desamor; y todos "tenemos el poder en colores, en los aerosoles, en los vinilos, los rodillos"... dicen en "Los Hongos". Algo común y que une en un contexto de lucha y sobretodo de incomprensión en el que lo que más se desea es asir la libertad, sea del modo que sea, tal vez en forma de amor.


LOS BESOS ROBADOS



Llegados a este punto, Doinel ya es adulto. Los sentimientos y emociones que se desprenden de este film son ya, por desgracia, mucho más complicados, duros e intrincados. Emociones positivas que dejan sabores amargos, finales felices un tanto rancios e historias tristes con pequeñas muecas de sonrisa. Antes tenías tu colega al lado para sacarte de los apuros, ahora es muy probable que, mires donde mires, estés bastante solo. El mundo naïf desaparece tan bruscamente como rápido suben los números de las facturas a pagar. Los Ideales truncados son el poso de personajes insatisfechos, perdidos, deambulantes para los que la ciudad no es más que un gran laberinto por el que perderse, sobretodo si solo te preocupas de perseguir y espiar a la chica que te gusta, como pasa en "Los Besos Robados".

En el sarcástico reverso de "Submarine" encontramos una película como es "Free Range". Fred no puede seguir el paso de la sociedad en la que vive. Lo despiden del trabajo por mostrar su opinión, contraria a la de la corriente que como peces tontos van a la una; su novia se queda embarazada y todo son palos en las ruedas para que nada avance hacia posibilidades de mejora. Un dar tumbos para nada resolutivo que lo desanima y lo frustra en una vorágine de caer al pozo. Como si Fred se colara por el retrete al tirar de la cisterna, del mismo modo cae en su circular manera de perder el tiempo.


Pero si queremos entender que ésto realmente ya no va de niños, tenemos "Joven y bonita" para disipar cualquier duda. La decisión de hacerse prostituta lleva a Isabelle a convivir en un mundo completamente de adultos para el que ella no está preparada, pero en el que se inmiscuye a pesar de todo. Hay violencia en una imágenes que, aunque con sutileza y gusto, retratan el feroz paso entre etapas. Feroz y tormentosa es también la relación madre-hijo de "Yo maté a mi madre". Con dos personajes dificilmente accesibles (el joven por la violencia y la madre por su contención), la película -y en su mayor definición, el director- tiene toda la rebeldía de un adolescente, pero también la cadencia y el aplomo que dan los años. Ni la madre es tan mala ni el hijo es tan malo. Sólo su relación lo es.


Los veintilargos y los treintaypocos son cargas extenuantes para jóvenes que empiezan a ser demasiado mayores para seguir siéndolo. Ya no se les permite ser soñadores, ni antihéroes, La novia de Niko ("Oh boy") se ha cansado de sus remoloneos, el padre no ningunea y el psicólogo lo declara emocionalmente inestable. ¿Cómo puede haber esperanza, para semejante lastre, de hallar su sitio en el mundo? Pues como ocurre con Frances en "Frances Ha", la esperanza, de haberla, hayla. Fábula moderna sobre la juventud, la amistad y los retos personales, "Frances Ha" despierta -con un optimismo vital y reiteradamente salvador- las ganas de hacer algo al respecto. Frances se ha mudado a Nueva York, pero no tiene un apartamento propio. Ensaya en una compañía de danza, pero no es bailarina. Tiene una mejor amiga, pero no se hablan. Todo su mundo se desmorona, pero Frances se desvive con alegría y despreocupación. Un ansiado retorno a la infancia, un logrado intento de permanecer en la juventud, una imparable llegada al mundo adulto.


Como pasar por el marco de la puerta y ver las marcas con lápiz de tu 'yo' a los 6 años midiendo 1'23 m, 1'42 a los 12 y ver que a partir de los 15 lo dejaste de hacer.

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