A Tumba Abierta. El Cine Kamikaze en filmin

Fuente: filmin (vía Macnulti Editores)

Kamikaze es la negativa a guardar silencio, la apasionada resistencia ante todas las dificultades, la realización cinematográfica hecha épica, un desafío a la rutina y lo acomodaticio, a la miseria predominante, una apuesta por la visceralidad y por lo extremo. Un cuerpo a cuerpo hecho película. Una inmolación que mantiene vivo al cine. El suicidio como forma de supervivencia. Pero más que de suicidio, así, en el cine kamikaze se trata de un vaciamiento, un vaciamiento hasta el agotamiento, si se quiere películas de los que no tienen nada que perder, o de los que lo han perdido todo, o han perdido al menos lo más importante para ellos; pero sobre todo películas de los cineastas para los que no hacerlas cómo quieren hacerlas —acaso la única forma en que pueden hacerlas— es perderlo todo.

Es la sugerente presentación que nuestros amigos de Macnulti Editores dedican a "A Tumba Abierta. El Cine Kamikaze" (primer libro de la colección Hamsterdam) un ejemplar imperdible para todo buen amante del cine extremo, de ese cine que no entiende de límites (más bien los sobrepasa), cuyo destino no es otro que darse de bruces contra la más desbocada y temeraria (en el mejor sentido de la palabra) pasión cinéfila. El camino a seguir, una subterránea, casi invisible, corriente que atraviesa la historia del cine. Si los títulos que conforman esta corriente tienen una principal denominación de origen, esa es la existencia de determinadas dificultades externas particularmente intensas, de una realidad especialmente resistente, que provoca una determinada reacción de los cineastas ante esa realidad. Con frecuencia tratan sobre una suerte de resistencia clandestina siendo ellas mismas un ejercicio de resistencia. Su desafío histórico es también un desafío creativo; su ambición testimonial es también una ambición estilística. Nacen como respuesta ante unas circunstancias exteriores asfixiantes, ante la amenaza para sus autores de verse obligados al silencio. Unos rasgos estilísticos, un grado de apasionamiento en las formas y una intensidad en el tono, un carácter extremado, una visceral y lúcida imperfección, que son muy difíciles de hallar en otras películas.

Muchos cineastas kamikazes mueren en el intento (o están a punto) pero mantienen vivo al cine. Supervivencia hasta la muerte; extinción por pura vitalidad. Al fin y al cabo, se trata de vivir —filmar— de la única forma que la vida merece ser filmada, o el cine merece ser vivido. En el cine kamikaze se trata de que esa lucha, y sus heridas, le confieran a la obra resultante sus rasgos más distintivos, que esas heridas abiertas formen parte del cuerpo de la película. Un cine que se opone a ese cine calculado, prudente, aseado y bien vestido, mortalmente correcto, que del riesgo y la innovación solo ofrece su imagen. Un cine que se hace mientras se queman las naves, un cine que, de hecho, es la filmación de ese incendio. El objetivo es invocar este cine hecho desde las entrañas, en un momento en que nos hallamos ante demasiado cine tan ensamblado como anodino, ante un cine tan precavido que con frecuencia parece realizado por un notario.

A lo largo de "A Tumba Abierta. El Cine Kamikaze" se define por primera vez el cine kamikaze; se perfila un recorrido a lo largo de su historia, a través del análisis de algunas de las películas que mejor han representado este posicionamiento ante el cine, y se analiza, por último, cómo se ha encarnado en nuestro tiempo. Tod Browning, Luis Buñuel, Serguéi Paradjánov, John Cassavetes, Abel Ferrara, Jean-Pierre Melville, Jafar Panahi, Béla Tarr o Iván Zulueta son algunos de los nombres que comparecen en estas páginas, cineastas muy dispares entre sí pero que tienen en común que se dejaron la vida, la salud, el prestigio o la honra en hacer de su obra algo auténtico e inimitable. Muchas de las películas destacadas en "A Tumba Abierta. El Cine Kamikaze" lucen su condición meteórica en filmin. Allá van 12 insobornables ejemplo en cuyas características y anecdotario, podéis profundizar (junto a otro imprescindible puñado de títulos) en este excelente ejemplar redactado a 8 manos por Ricardo Adalia, Nicole Brenez, Óscar Brox, Nacho Cagiga, Gonzalo de Lucas, Manuel Ortega, Ignacio P. Rico, Diego Salgado.

1. "Avaricia" de Erich Von Stroheim (1925)

Avaricia es la película más extrema de un director extremo, la película que lleva más allá, en su época, el afán realista, un realismo por la vía del exceso, si vale la paradoja. En filmin podéis disfrtutar la edición de 140 minutos del montaje original. Una de las grandes obras maestras del cine mudo, cumbre y caída de su director, Erich Von-Stroheim.




2.
"L'Atalante" de Jean Vigo (1934)

Si las películas kamikazes se hacen como si fueran la última, Vigò realiza esta sabiendo que será la última. Sin embargo, nos hallamos ante una obra de extraordinario lirismo, una conmovedora despedida del cine y de la vida que es un canto al cine y a la vida.

 

3. "Roma, ciudad abierta" de Roberto Rossellini (1945)

La sensación de precariedad y urgencia, la naturaleza crispada, violenta, de sus imágenes, responden a la perfección a la realidad violenta y dolorosa ante la que está hecha;, su final esperanzado expresa con similar coherencia la ilusionante existencia misma de la película, a que ante estas circunstancias pudiera realizarse, a ese año cero que la película supone para el cine italiano.

 

4. "Le silence de la mer" de Jean-Pierre Melville (1948)

"Le silence de la mer" es una obra sobre la resistencia clandestina que es un ejercicio de resistencia rodado en semiclandestinidad, un ejemplo inolvidable de amor por el cine, del deseo incontenible de ser cineasta por encima de todas las dificultades. Filme de influencia capital para la posterior Nouvelle Vague francesa, el debut en la dirección de Jean-Pierre Melville abordó la concordia entre pueblos enfrentados durante la Segunda Guerra Mundial. Fue el primer largometraje de Melville, pero perfectamente podría haber sido también el último.

 

5. "8 ½" de Federico Fellini (1963)

Un punto muerto que es un punto de inflexión. Otras películas de esta antología se enfrentan a dificultades de producción, a la censura, a las trampas de la profesionalidad, incluso a guerras; Fellini 8 ½, más audaz, hubo de enfrentarse al vacío: el resultado solo podía ser de una radicalidad insólita, de una pasión procedente del que se ha asomado a la nada.

 

6. "Faces" de John Cassavetes  (1968)

La mejor síntesis de la revolución narrativa y formal que es el cine de Cassavetes. Como escribe Ray Carney, “Cassavetes y sus personajes tenían como tarea hacer algo en un mundo imperfecto poblado de figuras imperfectas”, y la realización de Faces es el ejemplo más ilustrativo de ello.


 

7. "Saló, o los 120 días de Sodoma" de Pier Paolo Pasolini (1976)

Pasolini se acerca a Salò a partir de una exhibición de atrocidades, desde el instinto y no desde la razón, con la mirada atenta a la inhumanidad que congela cada escena; cada llanto inconsolable. «No me caracteriza ser apolítico ni independiente: me caracteriza la soledad».


 

8. "Fitzcarraldo" de Werner Herzog (1982)

La historia de Fitzcarraldo es la historia de un sueño. La historia de un hombre enamorado de la ópera y la cultura que decidió llevar el arte a un lejano pueblo de la selva peruana. Una aventura muy costosa que le obligarí­a a explotar el caucho de una recóndita zona de la jungla, algo imposible sin un barco. El gran problema: ¿cómo trasladar un barco a través de las montañas? Una autobiografía apócrifa y enfermiza que nos enseña que los límites de una obra nunca pueden residir ni en el marco, ni en el museo, ni en la vida. Que una verdadera obra de arte no tiene otro límite que la condenada cordura de su creador.


 

9. "Sacrificio" de Andrei Tarkovski (1986)

El último gesto cinematográfico de Tarkovski no es otro que prenderse fuego, como el mendigo Doménico de "Nostalgia" (Nostalghia, 1983), en un acto perturbador de abrasadora pureza cuya aprehensión exige una generosidad proporcional en el espectador.

 

10. "En el cuarto de Vanda" de Pedro Costa (2000)

¿Cómo filmar a los abandonados de una comunidad en condiciones de igualdad? Esta el la premisa que anima la trilogía que Pedro Costa filmó en el barrio de Fontainhas. "En el cuarto de Vanda" es, junto a "Ossos" y "Juventude en marcha", uno de los tres títulos que la confroman. Rodada a lo largo de dos años en el propio cuarto de Vanda, con una pequeña cámara de vídeo digital operada por el propio Costa. La droga, la inminente desaparición del barrio, la siempre acechante muerte o la amistad se dan cita en este pequeño cuarto, especie de ágora en el que se plantean y debaten los problemas del barrio y de sus moradores.


 

11. "El árbol de la vida" de Terrence Malick (2011)

Con un lenguaje sensorial, más preocupado en palpar y evocar retazos de un pasado, Malick nos conduce hasta la dicha, la pena, las heridas abiertas y los instantes de felicidad que han colonizado nuestros recuerdos. Del hogar del que partimos al hogar que creamos.


 

12. "Esto no es una película" de Jafar Panahi (2012)

No nos hallamos ante un trabajo que surge en unas condiciones adversas, sino ante una película que existe contra esas mismas condiciones. Usando lo que tiene a mano para filmar, como sea, Panahi compone junto a Mirtahmasb una especie de film de aspecto casero en el que subyace su tensión y la angustia esperando su condena (aún pendiente cuando se filmó la película), en el que vemos su rutina la víspera de la celebración del año nuevo iraní. Una película que se puede calificar como clandestina y la que Panahi aprovecha, ya que no puede dar entrevistas, para expresarse y para dejar constancia del que iba a ser su próximo proyecto antes de conocer la sentencia que le prohibirá filmar los próximos 20 años. Pues como ocurre en el cuadro de Magritte Esta no es una pipa, esta no es una película.

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