Crónica del Festival de Cine Mudo de Pordenone (Día 4)
Todos los orígenes del cine, según el país en que se localice, buscaron anclar su identidad apoyados en una temática que, si bien no fue rigurosamente seguida por todos sus representantes, creó un acceso directo a lo particular de cada nación. Y en efecto, hoy no sería arriesgado afirmar que el primer cine mexicano era más bien costumbrista, el del alemán Gerhard Lamprecht de denuncia social y el ucraniano de corte proselitista. Pues el origen del cine sueco, igual de próximo a su realidad local que los ejemplos precedentes, supo construir en el binomio naturaleza / urbanidad su propia concepción de la necesidad cinematográfica.
Los motivos de esta inclinación temática quizás podamos encontrarlos en dos de las fuentes que el cine sueco siempre celebró, la literatura y el teatro. Escritores como Henrik Ibsen, Selma Lager, B. Bjornson o August Stridberg comenzaron a adaptarse al cine creando uno de los intercambios más fecundos entre las artes. Así mismo, fueron muchos los directores teatrales que formaban parte de la plantilla de la Svensk Filmindustri, algunos de ellos, Alf Sjöberg, Gustav Molander o Víctor Sjöström, llegaron a disfrutar, gracias a su labor en el cine, de reconocida fama internacional.
En la XXXII Giornate del Cinema Muto de Pordenone pudimos visionar alguno de los trabajos que brotaron en esta época dorada, aquel cine que parece haber nacido en el centro de su propia madurez y que supo mantener hasta nuestros días una personalidad única, que lo sigue diferenciando de otras formas de hacer cine.
Dos claros ejemplos del binomio adoptado en Suecia lo pudimos ver en Hans engelska fru (Matrimonio, 1927) de Gustav Molander, y Den Starkaste (El más fuerte, 1929) de Alf Sjöberg. La primera está ambientada en dos claros bloques que se contraponen, la alta sociedad londinense y la vida rural del norte de Suecia. El puente lo genera, como no, una relación amorosa que hace las veces de compleja ecuación filosófica, y otras de ligera metáfora de connotaciones trágicas. Ambas lecturas tan bien engrasadas pudieron suponer una de las claves de los estudios para llegar a todos los públicos, sembrando frases del tipo "lo nuevo, el futuro del cine sueco" y recogiendo, a cambio, mucho dinero.
La segunda, Den Starkaste, ópera prima del cineasta sueco Alf Sjöberg, plantea un escenario de extremos, el polo norte, y al modo en que Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas, la historia empata la naturaleza salvaje con la bestialidad del hombre, disparada en este caso, como no, por el amor de una mujer. El carácter documental de las imágenes (los glaciares, los cazadores de focas, el Océano Ártico) que evoca un registro muy próximo al Flaherty de Nanook (1922), y el drama romántico en capítulos, que nos confirma la educación teatral del autor, nos ofrece una nueva cara del binomio, quizás no tan alejada de lo comercial, pero remarcando con mayor claridad que este era un cine basado en la construcción de preguntas (el binomio) y no de respuestas, como más tarde inauguró uno de los hijos pródigos de esta época, Ingmar Bergman.