Las 10 pelis favoritas de Orson Welles

Fuente: filmin (via The Film Stage)

Dicen que, cuando el ya famoso veintañero Orson Welles llegó a Hollywood para comerse el mundo, dijo que el cine le parecía el mejor tren eléctrico de juguete que jamás había visto. Con esta mentalidad, Welles jugó y jugó hasta convertirse en uno de los más grandes cineastas de la Historia, explorando la imagen hasta límites nunca vistos, adelantando la narrativa cinematográfica y rompiendo las barreras de lo que los Estudios hollywoodienses permitían.

Quizá por eso, en vida siempre tuvo que andar huyendo de un lado a otro. Su arte, barroco, grandioso, exagerado, rompedor, bebió de su incesante cerebro de niño grande pero también de un sinfín de influencias, dado que era un ávido devorador de películas. De todas ellas, aquí tenéis sus diez favoritas: las seis primeras, además de "La Diligencia", por supuesto, en filmin.

1. LUCES DE LA CIUDAD de Charles Chaplin

Aunque la actitud de Welles hacia Chaplin nunca fue la más positiva, llegando a calificar de payasadas algunas de sus obras maestras, finalmente listas como esta hablaron y la verdad salió a la luz: el odio de Welles hacia el genio inglés quizá siempre fue más postureo que otra cosa. Y no es para menos: "Luces de la Ciudad" es, quizás junto a "El Gran Dictador", la gran obra maestra de Chaplin, aquella en la que su atemporal personaje del pícaro callejero se balancea entre las locuras y el amor para entregar una de las comedias más emocionantes, redondas y brillantes de la historia. En esencia, resulta imposible no soltar una lagrimita con la improbable historia de amor entre Charlot y una joven ciega.

 

2. AVARICIA de Erich Von-Stroheim

Stroheim, como el propio Welles, siempre fue un bicho raro en el alambicado sistema hollywoodiense de las primeras décadas del cine: ferozmente naturalista, apostaba siempre por una visión en absoluto edulcorada de la realidad, que alcanzó su cumbre en esta salvaje historia de dolor, traición y venganza motivada por el elemento más peligroso de la existencia, el que para Stroheim movía las ruedas de la viciada sociedad de su época: el dinero. Incluso a pesar de haberse perdido partes (una de las leyendas más famosas de la historia del cine) sigue resultando un filme enorme, adelantado a su época y a las consignas clasicistas del momento. Quizá por eso Stroheim fuese finalmente rechazado por un Hollywood que se dirigía hacia la corrección absoluta.

 

3. INTOLERANCIA de David W. Griffith

Uno de los pioneros del cine comercial de ficción para las grandes masas, y también uno de los cineastas más megalómanos que jamás han pisado Hollywood, es fácil ver la influencia de Griffith en Welles: comparten genio y locura, esencialmente. En la película que le abocó al fracaso pero que ha pasado a la historia como una de las obras audiovisuales más épicas, barrocas y visionarias que uno pueda imaginar, Griffith emprende la nada desdeñable tarea de narrar una historia que se extiende a lo largo de siglos, de Babilonia al presente, con una estructura de flashbacks relacionados entre sí que ríete tú de Nolan. Es interesante ver cómo varias de las películas preferidas de Welles comparten rasgos con las suyas propias: brillantez e incomprensión inicial.

 

4. NANOOK, EL ESQUIMAL de Robert O'Flaherty

Con todos ustedes, el origen del documental moderno. Flaherty fue de los primeros en comprender que la realidad, pasada por un filtro ficcionado, acaba por ser mucho más rica, interesante y bonita. En efecto, en su obra maestra del documental, absoluto éxito de público y crítica allá por los años veinte, narra de manera aparentemente naturalista el día a día del Nanook del título, construyendo en realidad, poco a poco, un emocionante relato de aventuras que combina las mejores virtudes del cine realista con las tramas trepidantes de las novelas exóticas. Esta tensión entre realidad y ficción perseguiría a Welles hasta el fin de sus días.

 

5. EL LIMPIABOTAS de Vittorio de Sica

Aunque quizás la obra más conocida del pionero y maestro del neorrealismo italiano Vittorio de Sica sea "Ladrón de Bicicletas", la precursora que ahora nos ocupa no desmerece a aquella ni en brillantez ni en influencia posterior. Una de las cintas formacionales del neorrealismo incipiente, las miserables condiciones de producción en las que se realizó, en medio de una Italia todavía desgarrada por la Segunda Guerra Mundial, fueron precisamente el motor de esta dura trama realista que sigue las desventuras de una pandilla de niños sin oficio ni beneficio en una destrozada Nápoles. Parábola durísima sobre las consecuencias de los conflictos de los adultos en las vidas de los niños, su oscuridad no le quita ni un ápice de su profundo humanismo.

 

6. EL ACORAZADO POTEMKIN de Sergei Eisenstein

Quizás el mayor genio entre los geniales teóricos del montaje soviéticos, Eisenstein compuso en su obra más conocida un canto alternativamente al cine, cuya influencia llega hasta nuestros días (esa secuencia de las escaleras en Odessa), y a las consignas políticas comunistas dentro de las cuales trabajaba. Prodigio del montaje, uno de los filmes más populares de la historia, demuestra como ningún otro la capacidad de Eisenstein para convertir lo individual en colectivo, el momento en una eternidad, el incipiente arte cinematográfico en algo que nadie habría podido imaginar. El conflicto entre el gobierno y el pueblo, como nunca jamás volverá a filmarse.

 

7. EL PAN Y EL PERDÓN de Marcel Pagnol

Injustamente olvidado, el cineasta y novelista francés Marcel Pagnol construyó un universo cinematográfico a medio camino entre las comedias humanistas hollywoodienses y el realismo en ocasiones simpático de un Jean Renoir. En este pequeño relato rural, encabezado por el mítico actor galo Raimu, el tono amable y costumbrista deja entrever en todo momento una sutil crítica a las costumbres humanas, en especial a los intentos por relegar al componente femenino a un segundo plano social. Una joyita poco conocida, pero que brilla con luz propia en la lista de uno de los mayores cineastas de la historia: por algo será.

 

8. LA GRAN ILUSION de Jean Renoir

Uno de los alegatos pacifistas más memorables de la historia del cine, "La Gran Ilusión" es también una de las obras más accesibles y populares del francés Jean Renoir, maestro del cine que influyó profundamente a Welles en su concepción de la puesta en escena realista: sus planos en profundidad (como algunos de los más famosos de "Ciudadano Kane") serían imposibles sin los ensayos al respecto efectuados por Renoir en obras maestras como la que ahora nos ocupa. Cálido y humanista retrato de las esperanzas de un grupo de franceses encarcelados por los alemanes durante la Primera Guerra Mundial, el filme supone un triunfo en todos los aspectos. Incluso Von Stroheim, exiliado de Estados Unidos, interpreta a un encorsetado general alemán.

 

9. LA DILIGENCIA de John Ford

Cuenta la leyenda (que él mismo se dedicó a difundir) que Welles vio por lo menos cuarenta veces "La Diligencia" antes de emprender el proyecto de la que sería su primera película, "Ciudadano Kane". Lo hizo porque para él, en el filme de Ford cristalizaba de la manera más directa todo lo que el clasicismo hollywoodiense quería decir: historias emocionantes que mezclaban amor y aventuras, la dicotomía entre sociedad y civilización, una narración clarísima y transparente, actuaciones emotivas y memorables... El filme no necesita mucha más carta de presentación que esta: uno de los mejores westerns que existen, empezó a cimentar la leyenda alrededor de su cineasta, el absoluto genio John Ford.

 

10. EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA de King Vidor

Tras el crack del 29, Estados Unidos no estaba para realismos, sino más bien para romances anodinos que le hiciesen olvidar la realidad de las calles. King Vidor, uno de los cineastas claves de las primeras décadas de Hollywood, quiso filmar todo lo contrario: una historia de construcción colectiva, filmada casi al ritmo de los cineastas soviéticos, que fue calificada por la prensa del momento como asquerosamente comunista, mientras que curiosamente en Moscú la tacharon de propaganda capitalista. División de opiniones que solo aumenta la potencia de una historia atemporal, la de una cooperativa de trabajadores que deciden marcharse de las urbes a arar el campo. El propio Vidor, falto de financiación, tuvo que rascarse el bolsillo para poder rodarla. Y menos mal que lo hizo.

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