Larga vida a Polanski

Fuente: Joan Ramis

81 años. Esa es la edad que ha alcanzado hoy el que es considerado, por muchos, como uno de los mejores directores de la historia del cine. Así como uno de los más controvertidos. Educado en el seno de una familia judía que sufrió las consecuencias del holocausto; marido que perdió a su mujer en circunstancias trágicas; hombre involucrado en un escándalo sexual con una menor de por medio…

Resulta casi imposible separar las turbulencias de su biografía personal de sus logros como artista, pero más allá de una vida envuelta en un halo de tintes siniestros y dejando a un lado también las polémicas incendiarias y supuestos delitos que pesan sobre su figura, Roman Polanski se ha erigido a lo largo de su exitosa carrera como un cineasta tan singular como lo es su filmografía.

Más de ocho décadas de existencia son las que carga sobre sus espaldas este genio nacido en la Ciudad de la Luz, que ya con tan solo 29 primaveras tuvo la osadía de parapetarse tras las cámaras para probar suerte en la técnica de narrar relatos para el celuloide. Lejos quedan aquellos tempranos cortometrajes firmados por un director en ciernes de mirada sagaz afincado en Polonia y matriculado en la Escuela de Cine de Lotz, cuyas intenciones de triunfar en el séptimo arte siempre fueron tan firmes como el pulso que utiliza en la actualidad para estremecer al público. Su pelo encanecido y las arrugas que surcan su rostro no han mermado su estilo; antes al contrario, pues el transcurrir del tiempo ha ido puliendo su ingenio hasta encumbrarlo como uno de los grandes. Su talento permanece tan intacto como su afán de seguir imprimiendo su sello más personal en sus obras. Realizador infatigable y a la vez experto explorador de los confines más lóbregos de la psique humana, Polanski se despoja de edulcorantes bañando sus obras con una capa de oscuro barniz. Todo un creador de atmósferas opresivas, de ambientes que invitan al desasosiego.

A pesar de que su trayectoria profesional haya experimentado ciertos altibajos debido a la vorágine de macabros sucesos que inundaron su vida privada, este prófugo de la justicia estadounidense que vive a caballo entre Francia y Polonia jamás ha perdido su olfato en esto del cine. En filmin queremos rendir tributo a su persona, haciendo especial hincapié en aquellas películas disponibles en nuestro catálogo:

- Un dios Salvaje (2011):

Polanski se atrevió con la adaptación de la homónima obra teatral de Yasmina Reza, llevándola a la gran pantalla para deleite de los amantes de los films de corta duración y ritmo vertiginoso. En dicha película, el franco-polaco hace gala de la maestría con la que orquesta un drama adornado con pinceladas cómicas, adoptando incluso giros pertenecientes al thriller. El director se encuentra en su salsa al confinar en un salón comedor a cuatro actores de raza como Jodie Foster, Kate Winslet, Chistoph Waltz y John C. Reilly, los cuales se someterán como títeres a un dios maquiavélico que jugará con ellos a placer. El detonante de la historia resulta engañosamente inocuo: un crío golpea a otro con un palo, destrozándole la mandíbula, y sus padres se reúnen en el hogar del otro matrimonio para arreglar el asunto como personas civilizadas, tal y como dictaminan las reglas de una sociedad tan hipócrita como quienes las obedecen. Lo que en un principio debía ser un mero encuentro formal para resolver un asunto entre niños acaba convirtiéndose en una batalla donde se afilan los cuchillos y se regalan lindezas a diestro y siniestro. Se abandonan las buenas formas y los modales refinados para dar paso a lo disparatado, lo delirante; se airean los trapos sucios de los allí presentes y se resquebrajan las costuras que, frágilmente, mantienen unidas a ambas parejas. Polanski se lo pasa en grande en los espacios cerrados, cuando el hermetismo de sus historias estruja a sus personajes hasta sacarlos de sus casillas. Un relato breve, de 80 minutos, sin tregua pera el respiro. Un ejercicio de estilo enfocado desde una perspectiva naturalista atestada de momentos verdaderamente hilarantes. Una soberbia dirección de actores que está al alcance de muy pocos.

- El escritor (2010):

Se dice de Polanski que es uno de los legítimos herederos de Hitchcock, y esta película refrenda tal aseveración con creces. Nos hallamos ante una historia con una trama política narrada con pasmosa inteligencia, enmarcada en un espacio tan asfixiante como lo es una isla sacudida continuamente por la lluvia y envuelta en una constante neblina. El suspense que siembra el director durante los 130 minutos de metraje no concede sobresaltos repentinos ni gritos provocados, se trata más bien de una tensión que se propaga sigilosamente a lo largo de toda la narración, enfatizada por los silencios turbadores que adornan la quietud de los enclaves en los se mueven los personajes. Ewan McGregor es el responsable de enfundarse en la piel del escritor que recibe el encargo de redactar las memorias del último primer ministro británico, interpretado por Pierce Brosnan. La misteriosa muerte del antecesor de McGregor, el cual falleció mientras desarrollaba la misma tarea que ha caído ahora en sus manos, es el elemento que actúa como resorte para impulsar al biógrafo hacia una carrera donde se revela la ponzoña que invade la vida del ex político. Estamos ante un thriller donde las piezas se ensamblan a la perfección, repleto de diálogos astutos con réplicas mordaces. Con una partitura de un inspirado Alexandre Desplat que pronostica las amenazas a base de acordes punzantes. La adaptación de la novela de Richard Harris se ha convertido en una pieza de museo para el séptimo arte. Cine para sibaritas.

- La Venus de las pieles (2013):

Si ya salió airoso de su anterior trabajo (Un Dios salvaje), Polanski vuelve a sumergirnos en un entorno puramente claustrofóbico para regocijarse de lo lindo subyugando, esta vez, a dos actores a los que exprime hasta dejarlos secos, exhaustos, obteniendo de ellos un grado de entrega inusitado. El cineasta, en esta ocasión, adapta la versión para teatro de uno de los dramaturgos contemporáneos más cotizados, David Ives, cuya obra ya triunfó en Broadway. Y el experimento no puede salir más a pedir de boca. Mathieu Amalric es un engolado autor teatral que busca incansablemente a una actriz que pueda llevar a la vida a la protagonista de su siguiente obra: la adaptación de la novela La Venus de las pieles. El personaje de Amalric está a punto de bajar los brazos tras una jornada fatigosa de infructuoso casting cuando, de repente, aparece en escena Emanuelle Seigner – la mujer actual de Polanski – que se postula para el rol principal. Empieza en ese instante un tira y afloja entre actriz y dramaturgo que es la nota constante de toda la película. Una historia en la que se funden los dos niveles narrativos. Se solapan la realidad y la ficción, se pisan sin apenas molestarse en un relato plagado de pasajes donde reinan el masoquismo, la misoginia y la sumisión. Un tour de force en toda regla es el que ofrecen Amalric y una seductora Seigner, cuya belleza no mengua a pesar del transcurso de los años. Polanski vuelve a sentirse como pez en el agua recluyendo a dos actores en un teatro que permanece cerrado. No le hace falta nada más.

- Tess (1979):

El último día que se vieron, la difunta esposa de Polanski (Sharon Tate) entregó a su marido la novela de Thomas Hardy Tess, la de los d’Urberville, confesándole al director que se podría llegar a crear una buena película basada en ese libro. Diez años después de su muerte, el realizador parió el film que, para muchos de los críticos, es designado como la obra cumbre de su carrera. La historia versa sobre las vicisitudes que atraviesa una joven nacida en el rural Wessex, Inglaterra, durante la época de la Depresión Prolongada. Hija de un matrimonio que se gana el pan trabajando en el campo bajo el inclemente sol y criada en un ambiente extremadamente pobre, el curso de la vida de Tess adopta un giro copernicano cuando su familia es consciente de que sus ancestros provienen de una acaudalada estirpe: los d’Urberville. Con motivo de esa noticia, la chica es enviada al caserón de dichos parientes lejanos para ofrecer sus servicios como criada. A partir de entonces, el destino de Tess quedará ligado a un porvenir preñado de infortunios, en el que su carácter afable e ingenuo, combinado con la hermosura de su físico, se depositará en manos de los más poderosos, privada de toda libertad. El papel protagonista recayó en la bella Nastassja Kinski, mas en un principio debería haberlo interpretado la ex mujer de Polanski, Sharon Tate, a quien el director dedica la cinta. El trabajo de cámara llevado a cabo por el realizador es encomiable, así como el uso de las luces, sombras y colores. Los emplazamientos bucólicos donde se rodó la película tiñen la historia de cierto aire melancólico. Un trabajo que le valió seis nominaciones a los premios de la Academia, de los cuales acabó llevándose tres.

- Repulsión (1965):

La segunda película que dirigió Polanski quedó enmarcada en la popularmente denominada “Trilogía del apartamento”, configurada por Repulsión, La semilla del diablo (1968) y El quimérico inquilino (1976). Aunque el franco-polaco no las concibió como tres obras que debían ser aglutinadas en un mismo conjunto, el público y la crítica hallaron en ellas ciertos aspectos en común que, ineludiblemente, no podían pasar desapercibidos. Características intrínsecas del cine de Polanski. En Repulsión, el papel de una jovencísima Catherine Deneuve es el de una chica sumamente retraída que trabaja como manicurista en un salón de belleza de Londres, esmaltando con resignación las uñas de las damas más pudientes de la ciudad. La chica se encuentra constantemente sumida en una estado de ensimismamiento. Completamente alelada, casi catatónica, Carol comparte piso con su hermana mayor, que a su vez vive un romance con un marido adúltero a quien el personaje que interpreta Deneuve detesta. De esta manera, se manifiesta la aversión que Carol siente hacia los miembros del sexo opuesto, un aborrecimiento que se acentúa al quedarse sola en su apartamento cuando su hermana se marcha de viaje con su pareja. La soledad de esos días y su talante prácticamente autista la conducen a padecer una retahíla de alucinaciones en forma de hombres que se aprovechan de su vulnerabilidad. Ya en sus primeros largometrajes, Polanski dejó patente esa obsesión en escarbar en el lado más sórdido del intelecto humano. Un empeño que se centra en indagar en el fondo de una fobia que al principio se adivina como anecdótica y que se transformará en una amenaza inquietante, cuya sombra subyace a lo largo de toda la historia. Una drama psicológico con visos del género de terror, colmado de metáforas dignas de un complejo análisis psiquiátrico.

- Cul de sac (1966):

Polanski se sirve de un triángulo compuesto por tres personajes para llevarlos al límite, los lanza contra las cuerdas y los acorrala, divirtiéndose como un niño ahondando en su interior y poniendo a prueba su resistencia ante situaciones agobiantes. En Cul de sac, la angustia se palpa desde la apertura de la cinta, con una imagen recurrente en el estilo de Polanski, marca de la casa: un plano fijo sostenido durante un largo periodo de tiempo en el que un coche avanza a trompicones en medio de la nada. Una composición que hace las veces de presentación de la historia y que recuerda a la primera secuencia de Tess, grabada aplicando los mismos patrones. Una descripción del lugar centrada en la ambientación del paraje, donde parece que nada relevante acontece ante la cámara hasta que un objeto se acerca paulatinamente. El objeto en cuestión resulta ser un vehículo destartalado empujado por un individuo corpulento, que se planta delante del objetivo del franco-polaco hasta llenar la pantalla. Sentado al volante, otro tipo de baja estatura agoniza entre resuellos con una herida que vaticina un funesto desenlace. Ambos personajes conforman un dúo de gángsters que se cobija en una tétrica fortaleza en la que habita una pareja. El matrimonio, formado por un ex empresario de carácter blando y actitud cobarde (Donald Pleasence) y su atractiva mujer de origen francés (Françoise Dorléac), es secuestrado a la fuerza en su propia vivienda. Tras la muerte del matón que permanecía malherido, el otro malhechor (Lionel Stander) aguardará en la mansión hasta que los cabecillas de su clan acudan en su ayuda, amedrentando a la pareja y provocando un distanciamiento en una relación amorosa que ya se descubría como frágil desde el inicio de la película. Se trata de una historia donde tres personalidades histriónicas coinciden en un descenso a los infiernos que los llevará a la destrucción. Un relato no exento del humor más negro de Polanski.

- El cuchillo en el agua (1962):

Después de haber encadenado la realización cinco cortometrajes consecutivos, Polanski se aventuró con su primer largometraje. Una decisión que le sirvió para cosechar su primera candidatura a los Oscar en la categoría de mejor película de habla no inglesa. En su ópera prima ya podía translucirse lo que, finalmente, ha acabado vertebrando su propio universo: las atmósferas intranquilas, los espacios cerrados, el estudio psicológico de los personajes… sus señas de identidad pueden distinguirse sin sombra de duda en El cuchillo en el agua. La historia da comienzo cuando un matrimonio se dirige en coche a pasar un fin de semana a bordo de un yate velero. Durante el trayecto hasta el embarcadero, la pareja casi embiste con su vehículo a un joven autoestopista, con el cual mantienen una acalorada discusión acusándole de no haberse apartado a tiempo de la calzada. A modo de compensación, el marido – un exitoso periodista deportivo – invita al muchacho a que los acompañe a navegar. Una vez el velero empieza a surcar las negras aguas del lago, Polanski organiza una lucha entre marido y universitario que se origina de forma inocente, pero que va in crescendo a medida que el relato avanza por derroteros que hacen zozobrar la nave. El hombre se vanagloria de su hombría, de su pericia a la hora de domar la embarcación, presume de sus conocimientos y desafía al joven con cada mirada, cada gesto. El chico acepta el reto y no se queda atrás, pavoneándose ante la mujer del cronista en lo que parece ser una pugna para conquistar a la doncella. Una película que denota el buen hacer de Polanski tras las cámaras en lo que era su primer largo. Con una inteligente composición de planos, una estética visual poco corriente para un primerizo y una profundidad dramática más propia de un artista veterano, la crítica aplaudió sus méritos. Merecidísimos. La tensión sexual es un elemento latente que se percibe durante toda la narración, subrayado por las miradas ardientes entre mujer y chico y los juegos de mesa que despiertan lo morboso. Polanski juega con los símbolos, las alegorías, en este caso representadas por el cuchillo que el chico tiene en su poder, cuya presencia siempre mantiene alerta al resto.

- La novena puerta (1999):

A Polanski siempre le ha tentado el mundo del ocultismo, la nigromancia, lo demoníaco. Prueba de ello son algunas películas que el cineasta tiene en su haber, cuya temática central gravita en torno a lo esotérico, léase El baile de los vampiros (1967) o La semilla del diablo (1968). Pero el director cogió desprevenida a su corte de adeptos al adaptar una novela de Arturo Pérez-Reverte: El club Dumas. Contribuyeron en la escritura del guión John Brownjohn y el mísmisimo Enrique Urbizu, que ya había llevado al cine un relato del novelista titulado Un asunto de honor, que se convirtió en Cachito (1996). A pesar de que resulte complicado alejar la desgracia perpetrada por la banda de Charles Manson contra Sharon Tate del argumento satánico de algunas de sus cintas, la debilidad de Polanski hacia lo diabólico no hace sino agrandar la controversia que se cierne continuamente sobre el franco-polaco. El rol protagónico de La novena puerta lo representa Johnny Depp, cuya interpretación fue del agrado de Pérez-Reverte. El actor fetiche de Tim Burton encarna a Dean Corso (Lucas Corso en la novela), un coleccionista de libros solitario, con aire meditabundo, ciertamente misterioso y fumador empedernido, sobre el cual recae la misión de verificar la autenticidad de un volumen titulado Las nueve puertas del Reino de las Sombras, que según la rumorología habría sido dictado por Satanás en persona. El periplo que emprende Corso para llegar hasta el fondo del asunto le hace recorrer latitudes: desde Nueva York a Toledo y de París hasta Escocia. Un recorrido por el globo que finalizará con una bajada hasta el averno.
 

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