Crónica del Festival de Cine Mudo de Pordenone (Día 3)
Creo que llamar “El gran experimento” a la sección del festival dedicada a Ucrania es una buena forma de condensar lo que pudimos ver en pantalla.
Antes cabe aclarar que, con el paso de las proyecciones, La Giornate del Cinema Muto de Pordenone parece ir definiendo un mensaje, una sensibilidad hacia una época del cine donde, a falta de antecedentes, nada estaba dicho y todo era en potencia. Recordemos que lo que aquí se celebra es un tiempo donde se buscaba definir la utilidad del cinematógrafo, y dado que aún las costumbres (temáticas, géneros, duraciónes) no estaban viciadas, los ejercicios en busca de una identidad eran, ante todo, una explosión de vitalidad y deseo.
En 1922, en un intento de cicatrizar los efectos colaterales de la revolución, véase pobreza y hambruna, las autoridades sovieticas se proponen alimentar el orgullo pátrio tocando aquello que no alimenta pero sí despierta; la cultura. Y así, al galope de esta especie de “ucranización”, se funda la Vufku, brazo estatal dedicado a la financiación, producción y distribución de filmes.
Influenciado por la tradición simbolista rusa y el expresionismo alemán, el primer cine ucraniano se presenta como un oscuro combinado de reivindicación y delirio, desbordándose en extremos -en primera instancia tan opuestos- como la comedia expresionista Sumka Dypkuryera (La cartera del diplomatico, 1927) de Oleksandr Dovzhenko, o el drama político Khlib (El pan, 1930) de Mykola Shpykovski.
Oleksandr Dovzhenko (1894-1956) llegó al cine, al igual que casi todos por aquél entonces, un poco por casualidad. En una sustitución en la dirección de una película encontró su espacio para crear Yahidky kokhannia (Los frutos del amor, 1926), filme considerado en estos tiempos como uno de los primeros ejemplos de comedia ucraniana, aunque también fue etiquetado en su momento de fracaso comercial. Pero Dovzhenko tuvo una segunda oportunidad, y en 1927 realiza la ya mencionada Sumka Dypkuryera, la cual, empapada de expresionismo narrativo, angulos de cámara imposibles y juegos de luces y sombras, consigue borrar del ojo moderno esa condescendencia con la que a veces perdonamos la infancia de las cosas. La dinamica, el humor y el baile de personajes obligan al ojo que todo lo ha visto (el nuestro) a forzar el entendimiento y confirmar que la lucidez contemporánea no florecio de la nada. Y si aún hoy sorprende ¿Qué caras habrán salido del cine en 1927? Los datos de lo que se disponen son los de la taquilla: éxito rotundo.
Y, en efecto, si la costumbre seguía siendo de ruptura, en el cine de Mykola Shpykovski encontramos la versión más documental. Sin dejar de vestirlo todo con el discreto encanto de la ficción, en películas como Khlib presenciamos la épica del discurso, y también de una época, aquella en que la hoz y el martillo eran, ante todo, herramientas de trabajo – para la construcción de un futuro naturalmente, pero herramientas de uso al fin y al cabo. Khlib trata el tema de la colectivización de tierras, muy en boga esos años, y con ello consigue no sólo entretener el deseo gubernamental, sino también ser bien acogido por el pueblo, que encontraba en estas historias su propio triunfo de la voluntad. Aquí la técnica tampoco escapa del carácter transgresor, ya que sorprenden tanto sus encuadres, sus coreografias, como el montaje, que por momentos resulta muy parecido al del género del video clip musical.
Destacar, así mismo, la excelente calidad de conservación de estas películas que, junto con otras siete, conformaron una buena representación de este cine, como también la puesta en escena dentro del marco de las jornadas, donde toda proyección tuvo música en directo de formaciones ucranianas.