Las 1001 caras de Tilda Swinton

Autor: Arnau Romero Simón Fuente: Filmin

Las 1001 caras de Tilda Swinton

Camaleónica. Andrógina. Inclasificable. Con estos adjetivos cualquiera sabe que estamos hablando de Tilda Swinton. Encasillarla es imposible y su versatilidad la ha convertido en una de las grandes actrices de culto de nuestro tiempo. Desde mediados de los 80, la hemos visto interpretando a todo tipo de personajes: una vampiresa de más de tres mil años, ancianos, tanto hombres como mujeres, una estrella del rock y, quien sabe, si en un futuro, a su gran amigo David Bowie. Es una actriz que puede presumir de nunca haber hecho una audición para un papel: los guionistas y los directores realizan personajes pensando ya en ella. Y si su apariencia no presentase suficiente ambigüedad, el maquillaje y el látex completan la maquinaria de esta actriz todoterreno que no deja de sorprender con cada nueva interpretación que nos brinda.


LA PRIMERA TILDA

Es por pocos conocido el origen aristocrático de Tilda Swinton. El linaje de la actriz se remonta hasta la Alta Edad Media. Su bisabuelo fue el político escocés George Swinton y su padre, John Swinton, con título de Sir, se considera uno de los mayores generales del Ejército Británico. Las pinturas que la joven Tilda veía de sus ancestros nobles fueron una de sus primeras influencias en el mundo del arte, ya que le fascinaba ver aquellos retratos familiares con collarines o con grandes pelucas.

No fue hasta su paso por la universidad donde descubrió el mundo de la interpretación, ámbito en el cual se centró en los años posteriores. Swinton consiguió ser aceptada en la prestigiosa Royal Shakespeare Company y tras un año decidió que no quería seguir. Estaba dispuesta a dejar la actuación, hasta abandonó la compañía de teatro, pero entonces conoció a Derek Jarman y cambió todo.

Jarman, todo un referente cinematográfico, le devolvió la fe en la actuación cuando le ofreció su primer papel secundario en cines: “Caravaggio”, biopic sobre la vida del pintor italiano Michelangelo Merisi da Caravaggio. La actriz interpretó a la novia de Ranuccio, un entonces jovencísimo Sean Bean en el que también fue también uno de sus primeros papeles en el cine; ¡y no pudieron debutar mejor acompañados! A partir de ese momento, sus caminos se separaron: Tilda empezó una prolífica carrera como esa actriz etérea que navega entre el mainstream y el indie y Bean hizo la suya como “aquel actor que siempre muere”.


SU METAMORFOSIS

De Derek Jarman a Sally Potter. Tilda Swinton daba el salto a un rol protagonista con el que también fue el primer papel andrógino de su carrera: “Orlando”, la historia de un ser melancólico, inmortal, y sexualmente ambiguo que, además, lleva un collarín y grandes pelucas, como los ancestros que colgaban de las paredes de su casa.

Un personaje cuasi místico que surca el tiempo pasando de hombre a mujer y trascendiendo a cualquier concepción de género. Una historia imaginada por la mente de la escritora feminista Virginia Woolf, adaptada por la genial Sally Potter, a la cual le hemos dedicado un ciclo especial esta misma semana.

“Orlando” puso a Tilda Swinton en el mapa cinematográfico de muchos cineastas. Su popularidad aumentó considerablemente, hasta el punto que el personaje de Orlando se ha convertido en un icono queer en la actualidad, algo que también ha pasado con Tilda.

Dos años más tarde del estreno del film, 1994, su amigo y compañero profesional, Derek Jarman, falleció víctima del VIH. La muerte de Jarman fue la principal razón por la que Swinton realizó en 1995 “The Maybe”, una obra performativa en una galería de arte donde la actriz estaba dentro de una urna, tumbada, durante más de siete horas al día. Era el homenaje de la actriz a su amigo. “The Maybe” se podía leer como un “memento mori”, una performance a la fragilidad, a nuestra mortalidad y al luto colectivo. Con la muerte de su madre en 2012, repitió la obra en 2013, pero esta vez en el MoMA de Nueva York.


SUS MÚLTIPLES REENCARNACIONES

Con “Orlando” arrancó una carrera donde, a diferencia de este ser inmortal, Swinton se reencarnó en un variopinto grupo de personajes que no han hecho más que confirmar su versatilidad nata para la gran pantalla. Para empezar, volvió al biopic con “El Amor es el Demonio”, film sobre la vida del pintor de estilo figurativo Francis Bacon. En esta ocasión, le tocó encarnar a la propietaria del club que Francis Bacon frecuentaba, una mujer más mayor de lo que era ella en ese momento, y compartió pantalla con Derek Jacobi y Daniel Craig.

George Clooney es otro de los grandes actores que ha acompañado a Tilda a lo largo de su carrera. En “Michael Clayton” ambos fueron nominados al Oscar, pero solo la actriz lo consiguió por Mejor Actriz Secundaria al interpretar a una abogada despiadada al borde de una crisis nerviosa. Fue su primera y, hasta la fecha, única nominación y también su primer Oscar, un premio aún más destacable si tenemos en cuenta que la película estuvo nominada a un total de siete categorías, incluyendo los pesos pesados como Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Guión Original.

Con este nuevo impulso de popularidad que siempre otorga un buen Oscar, la actriz prosiguió su carrera surcando los mares del cine de autor y más comercial. Así acabó regalándonos dos inmensos papeles donde ejercía el rol de madre: “Yo soy el amor” y “Tenemos que hablar de Kevin”, dos películas con argumentos muy dispares pero unidas por la presencia matriarcal de toda una Tilda Swinton. Si en la italiana “Yo soy el amor”, primera colaboración con uno de sus directores fetiche, Luca Guadagnino, adoptaba el papel de una mujer rusa de clase alta afincada en Milán (porque todos sabemos lo que le gusta a Tilda poner un buen acento), en “Tenemos que hablar de Kevin” entraba de lleno en la oscuridad de Lynne Ramsay para batirse en duelo con un magnético e imparable Ezra Miller en el papel de su hijo psicópata.


LA TILDA CAMALEÓNICA E INMORTAL

Volviendo a los ecos inmortales de "Orlando", Swinton interpretó a una genial vampiresa en “Solo los amantes sobreviven” a las órdenes de Jim Jarmusch, que llegó a afirmar que ella era “artista, activista, historiadora de cine, instigadora y escritora, ¿qué no es? No hay nada que no pueda hacer”. Y así fue. En esta atípica historia de romance a través de los tiempos, su contrapunto amoroso fue Tom Hiddleston, la mejor personificación jamás realizada en cine sobre el vampiro en su aceptación más romántica del término. Si bien nuestra querida Tilda no va caracterizada como el Nosferatu de Murnau, nos demostró con este papel su gran versatilidad y capacidad arrolladora para atreverse con todo. Y cuidado, que después de los vampiros, llegan los zombies.

Y como si de un chiste malo se tratara, la película que siguió a este desfase vampírico fue “Cegados por el sol”, su oportunidad para repetir con Luca Guadagnino e interpretar a una retirada estrella del rock que se verá atrapada en un triángulo amoroso mientras descansa en las playas de una bella isla italiana. Como no, Guadagnino no se olvida de la crítica más social y política, y entre la opulencia de este grupo altamente burgués, atisbamos en el horizonte el drama de los refugiados en las islas italianas.  

Y, ahora, uno de sus últimos y más grandes papeles, o deberíamos decir, tres. En el remake de Luca Guadagnino del clásico del terror giallo de Dario Argento, "Suspiria", Tilda se marca un triplete al interpretar hasta a tres personajes distintos, eso sí, ayudada de mucha prótesis y socarronas campañas de marketing donde nos vendieron que uno de estos personajes era un actor real y de carne y hueso llamado Lutz Ebersdorf, que hasta hace poco contaba con su propia ficha en IMDb. Madame Blanc y Helena Markos son otros de los personajes a los que interpreta, siendo más destacada la primera, la única en la que no se acoge a terroríficas máscaras para confundirnos con su rostro. ¿Pero por qué meterse en todo este lío? Desde el principio del proyecto, Guadagnino tuvo bien claro que la actriz británica debía estar en el remake, pero a medida que la película empezó a tomar forma, acabó por convencerse de que su musa no debía tener uno, sino tres papeles. Al estar la trama profundamente conectada con el psicoanálisis, el director italiano ha llegado a afirmar que el motivo de esta decisión no es aleatorio o un capricho, sino que responde a un motivo mucho más discursivo. Poniendo a Tilda en estos tres personajes, la intención del autor era ejemplificar una de las teorías más populares de Freud: el ello, el yo y el superyó.

Un artículo en Birth.Movies.Death. escrito por Britt Hayes desglosa cada concepto y lo conecta con cada una de sus interpretaciones. Encontramos a tres Tildas distintas y cada una de ellas representa un concepto en particular. El “ello”, explica, se encuentra con Helena Markos. Se trata de la parte primitiva del aparato psíquico humano, de los instintos y los impulsos, de la pasión. Es inconsciente, al igual que Markos, quien se mueve entre las sombras y permanece oculta; Madame Blanc es el “yo”, el sentido común, el mecanismo de autorregulación que actúa dentro del ámbito racional, pero que no siempre es consciente, y el Doctor Jozef Klemperer, interpretado por un supuesto Lutz Ebersdorf, es el “superyó”; la internalización de las normas y las reglas. El “superyó” contrarresta al “ello” con sus pensamientos morales y éticos recibidos de la cultura, pero es pasivo y no toma las medidas necesarias.

Tilda Swinton no deja de sorprender y aparece reconocible e irreconocible en la misma película, jugando con el maquillaje y la caracterización que tan única e icónica han hecho a la actriz. ¿Cuándo será la próxima vez que veamos a Swinton en la gran pantalla? ¿Cuándo será la próxima vez que la reconozcamos?

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