Viva l’Italia! Itinerarios de cine
Como el cine es eterno (e Italia lo es todavía más), el paso de los años dibuja un nuevo mapa con el que recorrer el país desde los Alpes a Palermo y del Tirreno al Adriático tras las pisadas de sus inmortales personajes. Decadentes pero brillantes, frívolos pero a la vez reflexivos, estos siguen deambulando por las calles como fantasmas que solo puede ver quien los ha conocido.
Así, tan imposible es visitar la Fontana di Trevi sin oír a Anita Ekberg gritando el mítico "Marcello, come here, hurry up!" como pasear por Roma de noche sin percibir el repique de los mocasines de Jep Gambardella contra los adoquines volviendo de alguna fiesta en un ático con vistas al Foro Romano. Uno evocará sin remedio la entrañable Sicilia de Salvatore Di Vita al atravesar sus plazas bañadas de sol y vislumbrará la elegancia de Tilda Swinton por las calles más lujosas de San Remo.
En este itinerario por un país con tanta historia, más de la que se puede llegar a comprender, las 20 películas de la colección Viva l’Italia! en Filmin nos permiten contemplar sus últimos sesenta años desde la mirada de los grandes directores.
Fellini retrató el estilo de vida de una jet set en su ocaso en un escenario que años después venerarían viajeros de todo el mundo: la piazza San Pedro desde la cúpula del Vaticano, la piazza Barberini con su asombrosa fuente de Tritón esculpida por Bernini y la inagotable Via Veneto, donde los paparazzi perseguían a las estrellas más famosas de finales de los años 50. "La dolce vita", que se convirtió desde entonces en una expresión popular, inmortalizó como ningún otro filme la noche romana, la de las calles empedradas por las que circulan lujosos descapotables. Dos símbolos de la identidad urbana —el motor y los míticos sampietrini— que contraponen su modernidad y su historia, su futuro, casi siempre colgando de un hilo, y su pasado imperial.

Medio siglo después, Paolo Sorrentino rindió su particular homenaje a la ciudad eterna narrando, una vez más, el declive de una élite insustancial y aburrida de sí misma. En "La Gran Belleza", el escritor Jep Gambardella acude acompañado de su cinismo a lugares que se mantienen fuera de los principales circuitos turísticos. Iglesias, mansiones, patios, fuentes. Joyas como el Palazzo Brancaccio, de ambientación barroca, finalizado en 1912 para un príncipe napolitano, último palacio aristocrático alzado en Roma, o la fontana dell’Acqua Paola, construida en 1612 en el Gianicolo, la octava colina de Roma. Sorrentino se detiene en un monumento cercano dedicado a Garibaldi con una inscripción que el director utiliza a modo de declaración de intenciones: «Roma o morte»
Pero Italia es más que Roma, mucho más, aunque la capital se haya ganado su merecido puesto en el olimpo del séptimo arte. En las idílicas Islas Eólias, a pocos kilómetros de la costa de Sicilia, Michelangelo Antonioni nos descubrió en 1960 el auténtico dolce far niente. En este paraíso volcánico, el grupo de amigos de "La Aventura" se tumban sobre su lancha y se dejan llevar por las olas con la melena al viento y la tez morena, solo cubierta con camisas blancas de lino. "Anoche me acosté con la idea de reflexionar sobre muchas cosas… pero me quedé dormida", le confiesa Anna a su mejor amiga en un resumen perfecto de la mundanidad del momento. El azote constante del Mediterráneo sobre las rocas escarpadas llena el aparente vacío de la película, que se vuelve sombría tras la desaparición de Anna.

Con el mismo horizonte siciliano crece Salvatore Di Vita en "Cinema Paradiso", en la que Giuseppe Tornatore capturó para la posteridad nuestro recuerdo de la isla: los pueblos de piedra donde las campanas resuenan con nostalgia, las casas amontonadas delante de calas de agua turquesa en Cefalú… En la piazza Umberto I de Palazzo Adriano, localidad interior donde se ubicó la sala de cine, ahora hay un museo dedicado a la obra maestra que conserva la bicicleta de Alfredo y un pequeño archivo fotográfico.
Sin regresar aún a tierra firme pero incrustada en el golfo de Nápoles, la bellissima isola de Procida confirma que solo en el sur de Italia las fachadas de tonalidades aparentemente discordantes -rosa, amarillo y verde chillón- pueden formar un conjunto tan armónico. Se dice que de esta forma los pescadores identificaban con facilidad sus casas en la pintoresca Marina di Corricella (aunque no hacen falta razones; allí se puede perdonar todo). También se podrían haber guiado por el inconfundible aroma a limón que desprende la isla. Su ingrediente estrella se cuela en mil platos y de mil formas: cremas, sopas, la típica insalata di limoni o el archiconocido limoncello.
En la soleada terraza de La Locanda del Postino uno puede deleitarse con marisco fresco o rememorar la célebre poesía de Pablo Neruda, ya que en esa taberna se filmaron los interiores de "El cartero (y Pablo Neruda)" de Michael Radford. En este incomparable decorado, el poeta chileno traba amistad durante su exilio en 1952 con un cartero a quien enseña las posibilidades del lenguaje como herramienta de seducción. Fue en la playa del Pozzo Vecchio, la que ofrece los mejores atardeceres de la isla, donde un enorme Philippe Noiret recitó a Massimo Troisi —quien murió apenas 24 horas después de acabar el rodaje— un fragmento de la Oda al mar de Neruda: "Aquí en la isla / el mar / y cuánto mar / se sale de sí mismo / a cada rato".
Y fue la hermana mayor de Procida, la isla de Isquia, la más grande del archipiélago napolitano, el enclave escogido para llevar por primera vez "El talento de Mr. Ripley", la aplaudida novela de Patricia Highsmith, a la gran pantalla. Un seductor Alain Delon protagonizó el thriller de 1960 en el que un millonario le encarga la misión de traer de vuelta a Estados Unidos a su consentido hijo. Lo que parecía un recado sencillo se transforma en una suerte de tragedia en alta mar con tintes de lucha de clases. Sin necesidad de verbalizarlas, las ambiciones de Delon se esconden en sus ojos, del mismo color que el Tirreno, por el que navega con un velero que parece un brochazo de pintura blanca en un fondo azul marino.

Desembarcando en el golfo de Nápoles, custodiado por el inoportuno Vesubio, hay que hacer parada en Pompeya. En la recopilación Viva l’Italia! de Filmin, la historiadora Mary Beard aporta su erudición y sus excelentes dotes comunicativas para acercarnos a los secretos que yacen bajo la lava y las cenizas desde hace más de dos mil años. "Es uno de los desastres más famosos del mundo, pero la tragedia le ha dado a los historiadores un legado invaluable”, apunta la divulgadora en el último capítulo de su ciclo por la Antigua Roma. Los últimos hallazgos nos ayudan a entender cómo eran las vidas de los habitantes de esa metrópolis legendaria más allá del conocido cataclismo que acabó con ellas.
Pese a la sepultura a la que fue condenada durante siglos, Pompeya aún deslumbra con su belleza y por eso es la muestra más evidente de que en Italia siempre hay algo que perdura. Ni la brutalidad de la naturaleza, ni el cruel devenir del tiempo ni tan solo la caída en desgracia de quienes una vez gobernaron el mundo la han podido despojar del halo divino que la envuelve. Italia, esa curiosa península que sirve de enciclopedia viviente para toda una civilización, ese gigante anticuario en forma de bota.
De esas reminiscencias de un pasado glorioso todavía viven algunas familias, como los Recchi. Luca Guadagnino nos presenta a ese clan de la gran burguesía industrial de la Lombardía en "Yo soy el amor", situada a principios de este siglo. Todo sigue según lo establecido: el abuelo anuncia que deja las riendas de la empresa familiar a los herederos, quienes siguen ocupando la lujosa villa racionalista con grandes estancias y mayor sentido del gusto. Emma, la madre, de origen ruso pero acomodada en los círculos aristocráticos milaneses, topa con Antonio, un joven cocinero amigo de su hijo. La pasión que se despierta entre ellos, de edades y realidades tan distintas, abre una grieta en ese muro conservador.
La primera vez que Antonio hace el amor con Emma, encarnada por Tilda Swinton, es a través de uno de sus platos, una interpretación moderna de ratatouille con gambas y salsa agridulce. A partir de entonces, se mezclan dos concepciones antagónicas de Milán: la sofisticación de los salones, los espejos y la nieve que cubre los jardines, con los paseos del chef en su furgoneta por la montaña. La atmósfera operística que plana sobre toda la película tiene su punto culminante en un final para enmarcar. La céntrica Villa Necchi Campiglio, la mansión de los Recchi, construida en los años 30 para la familia propietaria del negocio de máquinas de coser más importante del país, funciona hoy como casa-museo abierta al público.

También descendiente de nobles es Beatrice Morandini, la venida-a-menos-aunque-igual-de-elegante protagonista de Locas de alegría. La tragicomedia de Paolo Virzì se erige a partir de tres piezas difíciles de encajar: un tema complejo -la salud mental-, un lugar poco amable -un centro psiquiátrico- y un entorno hermosísimo: la Toscana. Y es que el sol de la Toscana en verano, los campos de lavanda y los viñedos, son lo único que podría alumbrar la oscura historia de dos mujeres engañadas, inestables y maltratadas por la vida y por ellas mismas. Como una versión italiana de Thelma y Louise, la fogosa Beatrice y su nueva compañera se dan a la fuga en busca de algo tan difícil de encontrar como la «alegría». "¿Y eso dónde se encuentra?", le pregunta Donatella mientras huyen de la clínica hacia ninguna parte. La aristócrata lo tiene claro: "En los sitios bonitos, en los manteles de damasco, en los buenos vinos, en las copas de cristal, en las personas educadas… ahí es donde se encuentra". Podría bien ser una descripción de la región italiana más romantizada donde, como en el resto del país, siempre queda algo nuevo por descubrir.
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