Crónica L’Alternativa 2019: “Fin de Siglo” amor transitorio

Autor: Manel Domínguez Fuente: Filmin

Crónica L’Alternativa 2019: “Fin de Siglo” amor transitorio

Y llegó el gran día para esta casa en L’Alternativa. Tras su paso por BAFICI y el London Film Festival le tocó a Barcelona acoger otro de los pases previos de "Fin de Siglo", la primera película de Lucio Castro que distribuimos en salas el 13 de diciembre y que tendremos disponible en la plataforma a partir del 14 de marzo. La sesión fue todo un evento dentro del certamen barcelonés, que hizo llenazo en la sala grande del CCCB además de contar con la presencia del propio Castro, Ramón Pujol y el director de fotografía Bernat Mestres.

¿De qué va?

Dos hombres se encuentran en Barcelona y, después de pasar un día juntos, se dan cuenta de que ya se conocieron hace veinte años.
¿Quién está detrás?
El polifacético diseñador de moda Lucio Castro se atreve detrás de las cámaras para narrar una historia intricada de lo más personal.
¿Quién sale?
Las promesas Juan Barberini y Ramón Pujol brillan ante la epidérmica dirección de Lucio Castro, quien alía fuerzas con la breve aparición de una Mía Maestro en estado de gracia.

¿Qué es?
La madurez tardía de los principios que expuso Andrew Haigh en Weekend
¿Qué ofrece?
Corría el año 1999 y la concurrencia popular auguraba los peores presagios para el nuevo milenio. La histeria se apoderó de las mentes más influenciables y ansiadas de una histeria que nunca tuvo su particular colofón, pues la vida siguió. Ninguna efeméride remarcable más allá del escueto cambio de un numerito que se presiente cada vez más tedioso. En ese momento transitorio de la historia, ese momento de trance, de trayecto, Javi y “Ocho” se conocen en Barcelona. Todo ello mientras tiene lugar un episodio triste y opresivo para la comunidad LGTB, acechada constantemente por el grave desconocimiento ante un enemigo tan mortal como era y es el Sida.
“Transition is always a relief”. La evocativa sentencia de David Wojnarowicz, a la que Lucio Castro alude de forma directa en un momento del filme, resume acuradamente los instantes mágicos por los que la cinta argentina, literalmente, transita a lo largo de todo su metraje. Y es que, en última instancia, Castro confecciona un retrato fundamentalmente psíquico aunado a unas bellísimas trazas de ensoñación que no para de sortear trabas espaciotemporales. Como paréntesis, cabe comentar que la acertada invocación de la difunta figura de Wojnarowicz apunta hacia un comentario militante que pretende derrumbar los estereotipos difundidos basados en la desinformación imperante sobre la letal enfermedad, cuyo ingente activismo que propició una creciente visibilidad de la lucha contra el Sida a principios de los años 90.
Y es que, retornando y localizando esta idea de lo transitorio en los múltiples detalles que nos brinda el novel cineasta argentino, encontramos un lúcido ejemplo en uno de los aspectos que circundan alrededor de la vida de “Ocho”. Nuestro protagonista vive en un lujoso piso de Air Bnb, un lugar de existencia caduca. Las gigantescas y abyectas lápidas del siglo XXI. Espacios que otorgan al huésped una comodidad indiscutible, aunque efímera. Una deriva ponderadamente conceptual de la idea del no-espacio contemporáneo, que diría Marc Augé.
Por otro lado, resulta admirable el exhaustivo análisis eminentemente humano de la psicología de sus personajes, supeditando y apoyando el peso de la lógica del relato en sus mentes imperfectas. En ese sentido, la concatenación de imágenes sugerentes y seductoras que me proponía “Fin de Siglo” me hizo viajar a una de mis imágenes favoritas de la historia del cine: el primer plano de Ivan en “La Infancia de Iván”, de Andrei Tarkovsky. En el arrebatador rostro que pinta el ruso (uno de los que abre el film), la cabeza del crío se encuentra justo detrás de una telaraña. La idiosincrasia que encierra esa imagen pasa por la fractura psicológica que va a poseer a este niño, víctima de los horrores de la guerra. Y de como la narración a la que vamos a asistir no responde a los cánones lineales de la narrativa contemporánea sino a los de la manida mente de este niño de 12 años.
Por ello Castro, efectuando un gesto cinematográfico de marcado corte contemporáneo, compone efigies visuales de semejante intención (siempre poniendo en primer término el juego con el espacio) para alcanzar una meta de ambición descomunal tratándose de una ópera prima. El de proponer y sugerir, a partir de la ya comentada subyugación del relato, una disparidad infinita de películas posibles. Del partir de un relato singular que va mutando para zarandearse en el terreno de lo bicéfalo, e incluso de lo tricéfalo. Películas que se interrumpen entre ellas, que se fracturan para más adelante recomponerse, tal y como subyace el embrujo romántico que mantienen los personajes, gesto que nos lleva a recuperar el complejo dispositivo que armó Kiarostami en la hegemónica “Copia Certificada”. Castro se zambulle de lleno en el terreno de lo mágico armándose de vigorosos giros narrativos que lo dotan de una íntima dimensión laberíntica que hace que suceda en un suspiro. De hecho, otro de los grandes atractivos de este es esa deformación y gestión de un no-tiempo. El amor puro como ente fugaz y transitorio. Un canto a las distintas formas de querer a la persona correspondida.



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