"Los chicos del puerto" aventuras en el extrarradio
Tras estrenarse mundialmente en el pasado Festival de Toronto y presentarse esta semana en el inmejorable marco que suponen Las Nuevas Olas del Festival de Sevilla (sello inquebrantable de riesgo y personalidad), "Los chicos del puerto" de Alberto Morais desembarcan hoy en nuestras salas. El cine almibarado que producía Amblin en los años 80 respira neorrealismo con aires de Kiarostami, Truffaut, Kechiche, Bresson o Louis Malle, bajo la subversiva mirada del premiado director de "Las Olas".
¿De qué va?
Miguel, preadolescente de un desolado barrio del extrarradio valenciano, se lanza al camino con Lola y Guillermo –igual de inexistentes para su familia que él– a cumplir una promesa en nombre de su abuelo, encerrado bajo llave. Una escapada en la que una distancia corta, recorrida al paso de hormiga que les da sus posibilidades, se convierte en toda una odisea.
¿Quién está detrás?
Dirigío a Víctor Erice, Theo Angelopoulos y Tonino Guerra en "Un Lugar en el Cine". Ganó el Festival de Moscú del pasado año con "Las Olas". Estrena "Los niños del puerto" en el Festival de Seviila. Alberto Morais camino con paso firme.
¿Quién sale?
Chicos bressonianos. Ellos son Omar Krim, Blanca Bautista y Mikel Sarasa.
¿Qué es?
Los niños de Louis Malle dirigidos por el Abbas Kiarostami de "¿Dónde está la casa de mi amigo?", con guiños al Truffaut de "Los 400 golpes", el Kechiche de "Cuscús" y "La Escurridiza", y con ecos neorrealistas.
¿Qué ofrece?
Podría presentarse como una una vuelta al cine almibarado que producía Amblin en los años 80, a una aventura infantil con firma de Mark Twain o por que no, la heredera nacional de "Cuenta Conmigo". Sus mimbres argumentales presentan todas las credenciales necesarias para ello. Nada más lejos de la realidad, bajo la desmitificadora mirada de su insobornable director, "Los chicos del puerto" ofrecen una aproximación cruda, rotunda y desnuda pero ante todo, entrañable, honesta y sensible, a la infancia fustigada por el deshidia familiar y el abandono social. Alberto Morais nos lo cuenta como la vida misma, pero a su propia manera. Partiendo del trayecto en que se embarcan sus protagonistas pero marcando distancia, obviando la melodía, sorteando todo posible efectismo, toda posible condescendencia o estridencia dramática y evitando toda posible vertiente iniciática. Claves que bajo la mirada de su director resultan imprescindibles para destilar con elocuente naturalidad y estoico realismo la aventura que para estos jóvenes supone la vida diaria en el extrarradio. La auténtica pena es que no tienen a nadie con quien compartirla, con quien celebrarla. Ni tan siquiera a su familia. Una vida complicada, una película delicada. Una pena que los amigos no siempre duren toda la vida.
