Cuatro películas que inspiraron a "Los Dientes de la Eternidad"
Jorge García y Gustavo Rico han presentado este año el titánico "Los dientes de la eternindad", un cómic gestado a fuego lento durante diez años que nos narra a todo color la lenta y agónica odisea de un hombre desintegrado por la culpa. Un hombre que comparte muchos paralelismos con el Fitzcarraldo de Herzog, que en su obsesión metacinematográfica conseguía que Klaus Kinski enloqueciera como su mismísimo personaje. Unas referencias que no son casualidad y que se extienden a tres películas más que inspiraron a "Los dientes de la eternidad". Hoy, los autores hablan en Filmin Comics.
FITZCARRALDO por Gustavo Rico
La consecución de lo imposible es una constante en la filmografía de Werner Herzog. A bote pronto recuerdo la búsqueda de la fórmula perdida del cristal de rubí en las vidrierías de “Corazón de Cristal”. También recuerdo cómo se desenvuelve un hombre que apenas ha tenido contacto con el mundo exterior en “El Enigma de Kaspar Hauser”, cuando el protagonista finaliza su infinito cautiverio. Incluso recuerdo el cumplimiento de un anhelo imposible en “Nosferatu”, una vez el vampiro logra poseer a su amada.
Este rasgo llega a su máxima expresión en Fitzcarraldo (1982), donde el protagonista, Brian Sweeney Fitzgerald, alías Fitzcarraldo (interpretado magistralmente por Klaus Kinski), obsesionado por construir un teatro de la ópera en plena selva peruana a finales del siglo XIX, se propone la locura de transportar un barco a través de una montaña que separa el cauce de dos ríos. Todo ello con la ayuda de los indios locales.
Tal despropósito acaba por hacer que al espectador le cueste discernir los límites de la realidad y de lo propiamente irreal. Esto me recuerda sobremanera al argumento de “Los Dientes de la Eternidad”, a partir de la primera secuencia del álbum, justo en el momento en que el protagonista, Gylfi, consigue hallar las puertas del Valhalla en pleno desierto helado en la Noruega del siglo IX.
Durante toda la obra se suceden las pequeñas tramas, unas en el espacio de lo real, ya sea en Vesfnir, el pequeño condado donde vive nuestro protagonista, o en Fitjar, localidad donde el rey Harald I tiene su reino. Otras secuencias suceden plenamente en el espacio de lo mitológico (el Valhalla, hogar de los dioses). Mediante elipsis narrativas el lector pierde un tanto la noción del espacio y del tiempo, dando la sensación de que Gylfi está viviendo una alucinación y por extensión, al propio lector. Realidad e irrealidad, por tanto, se confunden o se unen en un solo plano. Sin duda la filmografía de Werner Herzog es una de las que más me han influido a nivel personal. Fitzcarraldo, en concreto, me parece su obra maestra.

HOMBRES ERRANTES por Jorge García
A fines de los setenta, el cineasta alemán Wim Wenders filmó el espléndido documental "Relámpago sobre el agua" como testimonio (o testamento) de los últimos días de Nicholas Ray, legendario director de "Rebelde sin Causa" y "Johnny Guitar". En la cinta de Wenders, Ray confiaba al director alemán su amargura por el trato recibido en Hollywood. También confesaba su desdén por la mayor parte de su filmografía. Sin embargo, admitía sentir debilidad por dos de sus obras: su opera prima Los amantes de la noche y la exquisita Hombres errantes, una película que los cinéfilos deberíamos venerar.
"Hombres errantes" se estrenó en 1952 y contaba con un magnífico guión del especialista en western David Dortort y del novelista de serie negra Horace McCoy (a quien debemos la soberbia novela ¿Acaso no matan a los caballos?, que cuenta con una adaptación cinematográfica a cargo de Sidney Pollack titulada "Danzad, danzad malditos"). "Hombres errantes" está ambientada en el mundo del rodeo (una disciplina que Peckimpah homenajeó en "Junior Bonner", una cinta muy semejante en sus intenciones a esta que nos ocupa). Nicholas Ray cuenta la historia de John McCloud (interpretado por Robert Mitchum), estrella en declive del mundo del rodeo que, en el crepúsculo de su carrera, tropieza con un novato ambicioso al que inicia en los secretos de la disciplina. Pronto se establece un triángulo afectivo muy singular entre el veterano, el aprendiz y la esposa de éste. Aparte de la contundencia del trío protagonista, destacan los secundarios, como ese vaquero parlanchín con el cuerpo mil veces roto y remendado, o la viuda de uno de los concursantes del rodeo, cuyo dolor podría encajar por su hondura en el coro de una tragedia griega.
Nicholas Ray destacaba en "Relámpago sobre el agua" una de las secuencias de "Hombres errantes". Esta secuencia es una auténtica cumbre del medio cinematográfico. En ella, McCloud (molido y baqueteado tras una exhibición) regresa a su antiguo hogar, ahora deshabitado. Rodeado por una atmósfera desolada, el vaquero encuentra bajo los cimientos de la casa los tesoros que ocultó siendo niño: un revólver de juguete, un cartel de rodeo y unos pocos centavos. Durante un instante prodigioso, Mitchum regresa a la infancia. La partitura de Roy Webb destaca la emotividad del momento sin subrayarla o traicionarla. Es un instante que a mí me encoje el alma y que me cortó el aliento la primera vez que lo vi. Décadas después del aquel primer visionado, conserva intacta toda su poesía y su capacidad de fascinación.

LOS SIETE SAMURÁIS por Gustavo Rico
Pues entre “Los Siete Samuráis” y “Los Dientes de la Eternidad” encuentro un par de paralelismos evidentes, no en vano se trata de una de las películas más influyentes de la historia del cine. De entrada , ambas obras tienen un marcado carácter épico construido sobre una trama de apariencia bastante simple. ”Los Siete Samuráis” no es más que la defensa de una aldea por parte de un grupo de samuráis en el Japón feudal del S-XVI contratados por unos indefensos campesinos, frente a una banda de forajidos. Y “Los Dientes de la Eternidad” es una historia de redención en la Noruega del S-IX por parte del protagonista, Gylfi, al verse obligado a traicionar a su mejor amigo
A partir de aquí, en ambas obras, suceden hechos con un alto contenido dramático, como por ejemplo, los combates de largo desarrollo. “Los Siete Samuráis” defienden la aldea, solo a cambio de un puñado de arroz diario, del constante asedio de la horda de bandidos. Mientras que en “Los Dientes de la Eternidad” sucede ni más ni menos que el Ragnarok o la batalla final entre los Dioses del Asgard frente a Loki, Surtr, los gigantes de la Escarcha y toda clase de seres malignos. En ambas confrontaciones se palpa la tragedia, no obstante, y a pesar de las numerosas pérdidas de personajes significativos, el final de ambas no es del todo amargo. Cosa que no hace más que ahondar aún más en lo heroico y legendario.
Por otro lado, encuentro que la finalidad de ambas obras es tocar temas universales a partir de otros particulares en un trenzado bastante estrecho y difícil de discernir. En ambas obras un objetivo común dentro de un grupo permite un ensalce de los valores de la camaradería, la amistad y la condición humana. En “Los Siete Samuráis”, acaba existiendo una fuerte vínculo emocional entre samuráis y campesinos pese al origen dispar de cada uno de los personajes. En “Los Dientes de la Eternidad”, paralelamente, acaba existiendo una suerte de reparación de la amistad entre “Gylfi” y su amigo traicionado “Einar”, a través también del cumplimiento de un objetivo común, conseguir una de las manzanas de Idunn. La reconstrucción de la amistad permite, finalmente, el descanso de nuestro protagonista. No cabe duda que para mí “Los 7 Samuráis” de Akira Kurosawa es una de las películas que más, aún a día de hoy, me hacen disfrutar del cine.

LOS VIKINGOS por Jorge García
Sospecho que la moda de los vikingos que hoy nos invade sería algo muy distinto sin el film "Los vikingos", de Richard Fleischer (1958). Esta superproducción adaptaba la novela "The Viking" de Edison Marshall y presentaba por primera vez al gran público las violentas hazañas del caudillo Ragnar Lobrock y su prole. La cinta (rodada a mayor gloria del actor Kirk Douglas, que interpretaba al hijo de Ragnar) retrataba un mundo primitivo y pujante regido por divinidades crueles, pero justas.
Como en las sagas islandesas, ningún elemento es accesorio. Un acontecimiento aparentemente trivial, como una exhibición de destreza con el hacha, se revela esencial mucho después a la hora de asaltar una fortaleza. El argumento aborda la difícil relación entre dos hermanos que desconocen su ascendencia común. El primero es hijo legítimo de Ragnar. El segundo es fruto de una violación e, involuntariamente, se convierte en esclavo de su propio hermano. Para colmo, ambos se enamoran de la misma mujer y el romance -convenientemente retorcido- culmina en un duelo de altura (quien haya visto la película, lo entenderá). Aparte, la cinta abunda en todas las bárbaras proezas que caracterizan a los hombres del norte: borracheras, combates, exhibiciones de fuerza o de habilidad (impagable la secuencia en que Kirk Douglas camina sobre los remos extendidos de un barco). También contiene un soberbio funeral vikingo y unos espléndidos títulos de crédito del estudio de animación UPA.
Para "Los dientes de la eternidad", tuvimos en cuenta muchas de las escenas de la primera mitad de la película. ¿Por qué no usamos referentes más contemporáneos? En parte porque nos centramos en la aventura mítica antes que en la recreación histórica, y nos bastaban unas pocas pinceladas de ambiente para sugerir la atmósfera de una aldea vikinga. En parte porque, aunque conocía algunas películas más modernas (como las de Hrafn Gunlaugsson de los ochenta y noventa, o Valhalla Rising de Nicholas Winding Refn en 2009), ninguna de ellas desplazaba en mi corazón la impresión que me había causado el trabajo de Richard Fleischer ni la pujanza de aquellos vikingos en tecnicolor que, para el gusto de los espectadores de la serie Vikings, quizá se antojen algo primitivos, pero que para mí encarnan a la perfección la leyenda de los bárbaros del norte y su mitología de hielo y fuego.
