Crónica San Sebastián 2023: “Los delincuentes”: Anagramas y leyendas
Hay un capricho en el guion de “Los delincuentes” que no hace más que ahondar en el espíritu juguetón de la película. Algunos de los personajes más importantes de la trama tienen nombres con las mismas letras ordenadas de un modo distinto, lo que conocemos como anagramas. Así, se nos presenta a Román y a Morán, que van a cometer un gran robo en el banco en el que trabajan, y que más tarde se van a enamorar de Norma, una mujer libre y seductora que vive en el monte. También conoceremos a una Morna y a un Ramón. ¿Y qué sentido tiene esta broma al espectador? Probablemente ninguno, o el mismo que tiene el hecho de que la película arranque con un absorbente misterio (dos clientes del banco parece ser que tienen una firma idéntica) del que no se volverá a hablar en toda la película, quedando irresuelto en el limbo de las leyendas.
“Los delincuentes” es, ante todo, una oda al arte de fabular. Por ello, como en el cine de Mariano Llinás y en las películas de El Pampero, tienen cabida todas las narraciones posibles y es imposible prever qué va a ocurrir durante los 20 minutos siguientes de película. Dividida en dos mitades separadas por un interludio, la primera parte se asemeja a un artefacto hitchcockiano: dos hombres que podrían ser tu vecino del piso de arriba se ven envueltos en una trama bigger than life, uno de ellos por convicción personal, el otro obligado por las circunstancias. Ese primer tiempo de la película, de engranaje narrativo perfecto, da paso sin preaviso a una segunda parte que adopta la piel de una comedia romántica, de un romance bucólico protagonizado por un imprevisible triángulo amoroso. Ocurren tantas cosas distintas en las tres horas de metraje de la película, y son todas tan apasionadas y apasionantes, que al final uno no puede evitar esbozar una sonrisa en esa última escena, con Morán a lomos de un caballo, como si se tratase de uno de esos westerns cálidos que uno veía con su abuelo un sábado por la tarde.