Hoy en Madrid, la semilla de la que brota un dictador

Autor: Joan Sala Fuente: Filmin

Hoy tienes una cita en Madrid que no te puedes perder. Cine europeo con reflexión sobre futuro común que en colaboración con nuestros amigos de ECFR Madrid presentaremos este jueves 27 de abril a las 18:30h en la Universidad Complutense con una invitada de excepción. De ella bien podría empezar afirmando que supone un complemento ideal para “La Cinta Blanca”, cuyas imponentes virtudes bien nos evocan el magistral cine de P.T. Anderson, Ingmar Bergman, Luchino Visconti o incluso Stanley Kubrick. Así se crea un dictador, así es "La Infancia de un Líder".


Hablamos del que supone el debut tras la cámara del reconocido actor Brady Corbet quien, con tan solo 27 años, ante ella ya ha trabajado a las órdenes de Michael Haneke ("Funny Games"), Lars von Trier ("Melancolía"), Olivier Assayas ("Sils María"), Bertrand Bonello ("Saint Laurent"), Ruben Östlund ("Fuerza Mayor") o Antonio Campos ("Simon Killer"). Dicho esto, y ateniéndonos a su reveladora ópera prima, no me queda otra que atestiguarlo: con "La infancia de un líder" Corbet ha demostrado tener la lección de todos ellos bien aprendida. El actor norteamericano afincado en Europa, que no por casualidad, más bien por afinidad, es con una producción enteramente europea con la que se echa al barro, ha contado con la colaboración en el guión de su pareja en la vida real, Mona Fastvold (para quien ya protagonizara el pasado año "Dobles Parejas" (The Sleepwalker), también con la rompedora composición musical de ese genio melómano que es todo un Scott Walker, o con un reparto que quita el hipo, en el que destacan los nombres de Bérénice Bejó (nominada al Oscar por "The Artist"), Robert Pattinson, Liam Cunningham ("Juego de Tronos), Yolande Moreau ("Seraphine") o la nymphomaniac, Stacey Martin. Suculentos mimbres que de buenas a primeras le llevaron a ser merecedora del Premio a la Mejor Ópera Prima y Mejor Director de la Sección Orizzonti en la última Mostra de Venecia, donde tuvo lugar su controvertido estreno mundial. Poca broma.

Dividida en tres capítulos (además de prólogo y epílogo), "La infancia de un líder" hace suyo un título de un relato corto de Sartre de 1939 (que precisamente cuenta la historia de un joven vulnerable e inseguro que termina por abrazar la ideología fascista anti-semita, que tiene en la terapia freudiana su otra gran protagonista) para fabular acerca de los orígenes del germen que dio pie al vil, aniquilador y funesto autoritarismo que ha estigmatizado el reciente siglo XX. Y lo hace a través de la historia de un niño preadolescente norteamericano que durante 1918 se traslada junto a sus progenitores a vivir en una sombría mansión ubicada en una pequeña aldea rural a las afueras de París. El motivo, no es otro que político, ya que su padre es un cónsul que, con la misión de crear y plasmar el histórico Tratado de Versailles con el que oficialmente se puso fin a la I Guerra Mundial entre Alemania y los Países Aliados, trabaja a las órdenes del entonces presidente norteamericano Woodrow Wilson.


Un contexto supuestamente constructivo y académico que sin embargo, en "La infancia de un líder" se torna terriblemente transgresor y retorcido. Y es que, a la vez que desde su faceta oficiosa, desde su papel político, el padre colabora en aplacar definitivamente una guerra monstruosa, al mismo tiempo, desde su entorno íntimo y doméstico, como un ausente a la vez que autoritario cabeza de familia (y con la implicación de su opresiva y desalmada esposa), nuevamente la germina. Y sí, la semilla no es otra que el futuro monstruo al que está abocado ser su hijo. Aterradora paradoja sobre la que de forma abrumadora, levita y reflexiona la despiadada sinfonía con la que, tanto a nivel musical como argumental e imaginario, sacude el descarado y ambicioso debut de Brady Corbet.

La que "La infancia de un líder" origina es una semilla de maldad que brota desde las incipientes (para un futuro catastróficas) experiencias domésticas que vive un joven hijo único, provocadas todas ellas por la disfunción que impera en su insensible y siniestro núcleo familiar, aquellas que precisamente allanan el camino para el resurgir de un nuevo líder para el fascismo. Y sí, miedo que da desde sus aplastantes prolegómenos, donde vemos al joven apedrear a los fieles a la salida de una Misa. Detalle muy destacable y significativo que va mucho más allá de lo anecdótico si nos atenemos a una biografía de Mussolini en la que se detalla cómo durante su infancia profesaba mismo ‘hobby’ (al igual que Hitler también le confundían con una chica en su infancia debido a su larga melena, tal y como en este caso, y no precisamente por casualidad) le pasa al joven Prescott.

Estremecedor punto de partida que directamente nos lleva a una ópera prima que se siente tan apabullante como única, que gesta una de esas experiencias cinemáticas que de por sí sola justifica la asistencia a un festival. Con absoluto descaro e intrépida ambición, Corbet ha logrado plasmar de forma tan hermética como inquietante y definitivamente abrumadora, la infancia de un futuro dictador, así como sugiere (que no simplemente señala) aquellos principales motivos y factores familiares que pueden llevar a un niño a erigirse en el monstruo mundial de un futuro no tan lejano. Vuelta a empezar...¿y siempre pasará?


Partiendo del inicuo retrato de unos tiempos oscuros para el sino de la humanidad, así como desde la vertiente psicodramática que forja un tirano, son múltiples las virtudes que podemos atribuir a la sorprendente "La infancia de un líder", tanto desde esta intrigante base conceptual, como desde su contundente dispositivo formal, así como desde su compleja estructura argumental. Rodada en unos colosales 35 mm, sin salir prácticamente de los interiores de la decrépita mansión que transita el relato, iluminada en casi todo momento por una lúgubre luz natural, golpeada a inolvidables retazos por su imperativa y atronadora banda sonora, sustentada sobre contundentes encuadres y ante todo, sobre el imponente trabajo interpretativo de la totalidad del reparto (a destacar la sobria interpretación de Liam Cunningham tanto como la austera y cruel caracterización de una tenebrosa Bérénice Bejo, así como la prometedora irrupción del joven Tom Sweet), "La infancia de un líder" se empapa de un aura perversa, enajenada y sinuosa, digna del más sugerente y sobrecogedor terror gótico, tanto es así que incluso llega a sentirse como una nueva variante de cine de posesiones. No más lejos de la realidad, lo que al debutante realizador le interesa es penetrar en el embrión de lo que bien podríamos señalar como el principal villano para la humanidad: la mente y el corazón de un dictador. Auténtico terror social. Y para ello, además de honrar el género rey, presenta estimulantes signos del cine de Michael Haneke (sobre todo de la base filosófica sobre la que levita “La Cinta Blanca”) de P.T. Anderson (en su críptica y detallada realización, principalmente partiendo de "Pozos de ambición"), de Ingmar Bergman (con guiños directos a “Fanny & Alexander”), de Luchino Visconti (por su elegante estilo pictórico) o incluso de Stanley Kubrick (tanto en la relación padre hijo que articula así como a nivel formal, la forma en que ilumina y transita la mansión, directamente nos lleva a "Barry Lyndon").

Innumerables virtudes cuya resonancia resulta aún mayor si nos atenemos al profundo valor filosófico sobre el que emergen, perfectamente plasmado en una cita clave que surge en boca del personaje interpretado por Robert Pattinson, un político idealista cercano a la familia protagonista quien afirma que “lo que resulta verdaderamente terrorífico no es que pueda surgir una persona capaz de propagar el mal, sino que haya tantas personas que siguiendo sus directrices sean incapaces de hacer el bien”. Demoledora afirmación que directamente se emparenta con el polémico (aunque principalmente histórico) Informe sobre la banalización del mal gestado por Hannah Arendt en 1963, pensamiento que jamás deberíamos perder de vista en nuestra memoria histórica, más aún si nos atenemos a los tiempos convulsos que de forma catastrófica actualmente refleja la Guerra en Siria.

Con todo lo dicho, no me queda otra que incidir en la reafirmación de que estamos ante una de las irrupciones más memorables de los últimos años. Un debut tan conmocionante como prácticamente maestro, un auténtico peliculón a quien el paso del tiempo probablemente le brinde un merecido reconocimiento mayor. Ojalá así sea. Toda vuestra.

*Texto escrito por Joan Sala y publicado en el número 57 de la Revista Panoramiques.

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