filmin radar: "Ararat" - "Nana"

Autor: Montecarlo Fuente: Montecarlo

filmin radar: "Ararat" - "Nana"

Nueva entrega del filmin radar dedicado a uno de los directores más personales y auténticos del cine de autor contemporáneo. Si ayer nos hacíamos eco de su nueva película, hoy lo hacemos de una de las mejores de su filmografía. Es Atom Egoyan, cuya maravillosa "Ararat" es disecionada bajo el excepcional ojo clínico de nuestro colaborador Montecarlo.

LA VERDAD

De Atom Egoyan, director de “Ararat”, sabemos que es canadiense de origen armenio, nacido en Egipto. Su cine es independiente por el sistema de producción que utiliza y, sobre todo, por el contenido de sus obras. Atom Egoyan, cuando nació, se llamaba Atom Yeghoyan. Y, tiempo después, firmó como Artaud Ego. Pero ¿quién se acuerda de eso?.

EL PROGRESO

Atom Egoyan estrena “Ararat” con cuarenta y dos años. Aproximadamente, esta en la mitad de su vida (biológica).  Y eso, ¿qué quiere decir? ¿Qué ha llegado a la madurez? ¿Qué sufre “la crisis de los cuarenta”? Veamos.

Efectivamente, cuando el trabajo de un director resulta especialmente brillante, suele decirse que “ha alcanzado la madurez”. Aunque la frase pretende ser elogiosa, no sé si directores de la talla de Renoir o Hitchcock estarían de acuerdo con ella. El primero, en sus memorias, defendía que el éxito o el fracaso de una película depende no tanto del director como de que el público entre en  sintonía con la cinta. Una cuestión, según él, relacionada con la edad de los espectadores y el tratamiento del tema y la sensibilidad presentes en el film.

Por su parte, Hitchcock, en la extensísima entrevista concedida a François Truffaut, afirmaba que un director siempre posee el mismo talento, por lo que deduzco que tampoco creía que el destino de la película dependiera directamente de su trabajo. Entiendo que tras las declaraciones de ambos existe una reticencia a admitir la idea de progreso y, en cualquier caso, a valorarla positivamente. Si por madurez entendemos que alguien maneja el medio con fluidez y lo utiliza para expresarse con voz propia, entonces el director canadiense (¿o era armenio?) hace tiempo que la alcanzó. Obras como “Exotica” (1994) o “The Sweet Hereafter” (1997) son de una solidez indiscutible. Visto así, “Aratar” no es necesariamente producto de la madurez (o no lo es más que los títulos citados).

Henry Miller, en lo que podríamos tomar como otro alegato contra el progreso, dijo que un escritor se pasa toda la vida escribiendo el mismo libro. Y, por si alguien tenía dudas al respecto, dejó como prueba una abundante obra literaria. Autores como Malcom Lowry siguieron al pie de la letra la afirmación de Miller: se dice que el inglés viajaba con un ejemplar de su libro publicado y efectuaba anotaciones de los cambios que quería incluir en futuras ediciones. También hemos oído hablar de directores que han montado una y otra vez su película, sin decidirse por uno definitivo. No sé cuántas versiones de “Apocalyse Now”  he visto, pero seguro que Coppola o sus herederos nos ofrecerán alguna más.

Aunque, como vemos, hay quien se ha escudado en la frase de Miller para dar rienda suelta a su carácter obsesivo, no creo que debamos interpretar sus palabras en ese sentido, sino más bien en el de que cada autor tiene unos temas recurrentes sobre los que vuelve una y otra vez a lo largo de su trayectoria profesional. (No digo que este comportamiento resulte menos compulsivo).

A la pregunta “¿Está Atom Egoyan haciendo siempre la misma película?”, creo que la respuesta más adecuada es sí y no. Tal y como yo lo veo, Egoyan tiene una relación centrípeta con los asuntos que le preocupan. Da vueltas alrededor de ellos, y aunque parezca que se aleja al trabajar sobre nuevas tramas, y nuevas iconografías, la verdad es que hay una tensión oculta que tira de él y lo devuelve a los viejos temas: la incomunicación, la familia como núcleo de conflictos, la dudosa veracidad y fiabilidad de la imagen, la memoria y el recuerdo.

Con “Ararat”, el director armenio (¿o era canadiense?) se acercó a un asunto especialmente doloroso: el asesinato a manos del gobierno turco de más de un millón de compatriotas, un genocidio ocurrido entre 1915 y 1917 y que las autoridades del país siguen negando. Podemos achacarlo a la crisis de los cuarenta y a la necesidad de cerrar una etapa, revisar el pasado y afrontar el futuro, o simplemente a que, siguiendo su órbita, esta vez le ha tocado enfrentarse a estas cuestiones desde una perspectiva más personal.

EL DOLOR

¿Qué es “Ararat”? La respuesta fácil es que “Ararat” es una película. Y no es que sea mala contestación, pero resulta algo incompleta, y más si hablamos de alguien como Egoyan. “Ararat”, efectivamente, es el título de la película del director. Canadiense o armenio, poco importa.

“Ararat” es, al mismo tiempo, la película que, dentro del film de Egoyan, rueda Edward Sorayan, director de ficción interpretado por Charles Aznavour que responde al mismo nombre que el personaje que encarnó cuarenta y dos años antes en el film de François Truffaut “Tirez sur le pianiste”. Truffaut, dicho sea de paso, también firmó “La nuit américaine”, una película que narra las vicisitudes de un director enfrentado alequipo de rodaje: remedo de los conflictos de una gran familia. (Para rizar más el rizo, fue el propio Truffaut quien interpretó al protagonista del film).

Si me detengo en esta relación de nombres y datos es porque tanta endogamia cinematográfica no me parece casual. Es de dominio público que, para Egoyan, la familia es fuente de preocupaciones y desgarros emocionales insalvables. Sin ir más lejos, en “Ararat” (la del director armenio) el protagonista está enamorado de su hermanastra, con la que se acuesta habitualmente lo que, dentro de relación, resulta lo menos problematico. Eso, claro, no satisface para nada a su madre, interpretada por Arsinée Khanjian, mujer del director en la vida real.

“Ararat” es, antes de que aparezca todo este juego de metalingüística cinematográfica pseudo-conspiracional, el nombre del monte más alto de Turquía. Ironías de la vida, el pico es un antiguo volcán, y resulta que es el pueblo armenio lo considera su principal símbolo de identidad nacional. Para rematar la jugada (si es que hiciera falta), decir que “Ararat”, en turco, significa “montaña del dolor”. Repasando estos elementos, uno casi puede escuchar el engranaje cerebral de Atom Egoyan mientras gestaba el guión. Todas esas referencias, esas resonancias, ese malestar forman parte del sello característico del director.

Para otros, semejante entramado resultaría de difícil manejo. No para alguien al que sus padres bautizaron con un nombre que homenajeaba la finalización de la construcción del primer reactor nuclear egipcio. Conociéndolo, (no, a él no, a su obra, que seguro resulta mucho más clara que el director en persona), todo esto es poco. Porque, si otra cosa caracteriza el cine de este hombre, es la calidad rizomática de sus trabajos. Por eso me parece importante que tengamos presente el/los significado/s del título de la película.

El dolor de “Ararat” no resulta espectacular, ni siquiera dramático o violento. Es una emoción sorda que los personajes experimentan en diferentes momentos y por diversos motivos, y que la construcción envolvente de la obra nos transmite sin apremio, fiel a lo que pretende.

El trabajo de Egoyan nunca es lineal, amable o sencillo. Pero rebosa claridad. Y resulta brutalmente eficaz. Por eso, decir que la película habla del dolor parece francamente insuficiente. Es cierto que explora el dolor, pero lo hace de un modo tal que, en última instancia, nos duele. Egoyan, aunque parezca lo contrario, no apela a un discurso moral ni intelectual, a pesar de que sus películas estén llenas de frases destinadas a convertirse en citas enmarcadas. Su cine es, contra todo pronóstico, un cine de los sentidos.

LA CULPA

Para los culpables, ¿es posible la redención? Puede ser. Pero ese tema, nada fácil, no es el eje central de la historia, aunque en la película también se hable de él. Hay dos maneras de acercarse a la culpabilidad: una es verla como ser, otra como sentir. La primera, efectivamente, está relacionada con haber perpetrado unos hechos que resulten deleznables. La segunda, muy distinta, es sentirse responsable de lo ocurrido y desear descargarse de la culpa que ese conocimiento te produce.

En el cine de Egoyan todo esto tiene un peso importante. Tanto, que tal vez él no sea del todo consciente. Una de las primeras cosas que uno aprende cuando escribe guiones de cine es ésta: en las películas siempre todo sucede en el presente. Y es así porque sea lo que sea lo que percibimos, lo hacemos en el instante en que se proyecta, del mismo modo que ocurrió (que ocurrirá) en el momento del rodaje. Por eso, y para que el lector vaya cogiendo el tono adecuado, la narración se escribe en tiempo presente. Aquí, aunque no lo queramos, aparece una de las contradicciones irresolubles del séptimo arte: La única manera de captar el presente es convirtiéndolo en pasado, grabándolo y enlatándolo para siempre jamás. Congelándolo.

Esto está ligado con uno de los temas característicos de Atom Egoyan: el recuerdo. Alrededor de él surgen múltiples cuestiones: ¿Cómo podemos sentirnos culpables, ni siquiera responsables, de algo que no recordamos? ¿Cómo podemos superar un hecho que no sabemos que está allí, porque permanece oculto? ¿Cómo podemos fiarnos de lo que otros nos cuentan? ¿Y de nuestros propios recuerdos? ¿Acaso no son invenciones y reinterpretaciones de nuestra mente, aquí y ahora?

Y, si nada es estable: ¿Qué es lo que queda? ¿El dolor?. Un culpable puede hallar redención. ¿Qué puede hacer una víctima?

LA MEMORIA

La fotografía, la pintura, el cine, son medios que utilizamos para captar imágenes. Es algo que nos resulta tan próximo, tan directo, que llegamos a pensar que la imagen muestra la realidad, incluso que la suplanta. Que la imagen “es” la realidad. Otra función que le otorgamos a las imágenes es la de guardianas de los recuerdos. Si conservamos el retrato de alguien, la instantánea de un momento, creemos tener una prueba de que realmente sucedió.

En la película de Egoyan, un director rueda el holocausto del pueblo armenio para denunciarlo y rescatarlo del olvido. Un joven rueda un video diario para reflexionar y encontrar un sentido a la muerte de su padre. Una mujer escribe la biografía de un pintor superviviente de la masacre, y de la relación de éste con su madre. El pintor copia una foto familiar y la inmortaliza en un lienzo. Una madre y su hijo (el futuro pintor) posan en una foto en la que el padre está ausente. Una joven huérfana intenta culpabilizar a su madrastra de la desaparición de su progenitor. Un agente de aduanas interroga a un chico. Un actor interpreta a alguien que no conoció.

Todas estas acciones suceden dentro de “Ararat”, aunque no podemos olvidar lo más importante. “Ararat” es una imagen que Egoyan construye para, precisamente, contarnos esos hechos. En ese sentido, resulta especialmente consciente el plano de la cámara de video mirando directamente al espectador, un paso más allá de las grabaciones de James Spader en “Sex, Lies and Videotapes” o las de los atribulados adolescentes de “American Beauty”.

RELACIONES FAMILIARES

Descubro un cierto parentesco entre el cine de Jean Renoir y el de Atom Egoyan, tal vez apadrinado por Bazin. Pienso en “Nana”, y en todo lo que sucede en la película fuera de campo (es decir, en nuestra imaginación, porque realmente no lo vemos). Aunque, como digo, no tiene porque ser menos real aquello que imagino que aquello que observo.

Hay mucho de esto en “Ararat”: una película que se articula como denuncia de un holocausto narrado de un modo tangencial, con la evidencia continua de que asistimos a una ficción. Con un simple giro, la cámara pasa de contarnos lo que sucede en 1915 a recordarnos que estamos en un set, rodando.

Lo mismo sucede con el tratamiento fotográfico y la iluminación, con ese aspecto plano en el color, con esa insistencia en tratar por igual las diferentes escenas, lugares, personas y tiempos. Es una monotonía aparente que iguala todas las partes del relato, hasta tal punto que la elección de quién es el protagonista queda en manos del espectador, por mucho que el joven Raffi sirva como nudo en el que se cruzan todas las historias (eso no le designa como personaje principal, simplemente como enlace, una especie de pegamento narrativo).

Ése es otro de los puntos fuertes de la película: el establecimiento de relaciones subterráneas entre las diferentes tramas y los temas que transmiten. Por eso, por muy peregrina que resulte alguna de las conexiones entre personajes y hechos a lo largo de la historia, nos parecen del todo aceptables.

Volvamos a la ausencia, que también se refleja en la acción del film. En “Ararat”, a pesar de que la construcción del relato no se ajuste a un desarrollo cronológico, la trama avanza. Aunque, por algún motivo, da la sensación de que no es así. Tal vez sea porque yo he decidido leerla desde el diálogo final del agente de aduanas con su hijo, por lo que todo se convierte en una conversación que relata hechos pasados. Recuerdos. Una vez más, con toque magistral, Egoyan sintetiza una emoción tremenda en un par de frases rodadas con una neutralidad monocorde, como si se tratara de un diálogo de Sam Fuller en “Der Stand der Dinge”, con el puro en la mano y la vista clavada en el Atlántico, o con la fatalidad con que Willian Holden, ya muerto, relata su historia en “Sunset Boulevard”.

Historias dentro de historias, personajes en tránsito, personas que se cuentan y recuentan su vidas y las de otros para comprender, aunque sea un poco, lo que les ocurre, “Ararat” es, en resumen, una apuesta por las imágenes y las metáforas, de las que me quedo con el cine dentro del cine y la detención e interrogatorio en la aduana, frontera del conocimiento.

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