"Declarado Culpable" el cine sometido a juicio

Autor: Manel Carrasco Fuente: Filmin

"Declarado Culpable" el cine sometido a juicio

Se abre el telón, aparece un despacho lleno de oficinistas atribulados que corren de un lado para otro cargando con montañas de informes. Por doquier hay pilas de papeles que amenazan con devorar el paisaje, y lo más inquietante es que no paran de aumentar como si se generaran espontáneamente. De hecho, se generan espontáneamente. Travelling a través de una pared falsa hacia la sala de al lado, donde un grupo de aburridos funcionarios intentan poner orden mientras un personaje mediático destapa sus vergüenzas frente a un micro y en presencia de legiones de periodistas, que se agitan como hormigas. La cámara se desplaza a otra habitación, donde un funcionario con toga charla animadamente con un político por teléfono y queda con él para ir a cenar, de caza, de pesca, lo que sea.

Finalmente, la cámara sale por la ventana y muestra un plano general de la calle, donde centenares de manifestantes corean diferentes consignas contra el edificio donde se desarrollan todos estos cuadros. En la fachada del recinto, por cierto, se puede leer: “JUZGADOS”. Se cierra el telón. ¿Cómo se llama el país? Efectivamente.

O puede que no. Nadie debería obviar que la imagen negativa que tenemos del estamento judicial español también obedece a un tópico tan injusto como contraproducente. Los juzgados sólo aparecen en los medios de comunicación cuando hay problemas, casos sonados o polémicas, y a menudo el ruido ambiental tapa todo el trabajo que se hace bien. El juicio a Kim Dotcom, los casos Millet y Pallerols, la trama Nóos, la Operación Malaya, los indultos polémicos… Sólo el cine se ha mostrado capaz de bucear en las interioridades de una sala,  desde la ficción y el documental, para extraer las miserias y las grandezas que forman la cotidianidad de un espacio en el que conviven jueces, jurados, fiscales, defensores, acusadores y acusados. En Filmin tenemos algunos ejemplos sonados que hoy destacamos a raíz del estreno exclusivo en nuestra plataforma de "Declarado Culpable", documental basado en el impactante caso real de Lindy Lou que conmocionó a la sociedad estadounidense. 

Y es que la historia de Lindy podría ser el mismo argumento de "12 hombres sin piedad", pero en el mundo real. Durante 20 años, Lindy Lou ha vivido con un sentimiento de culpa insoportable, y nadie en su comunidad republicana y protestante, entiende su inquietud. En 2006, conoció al hombre que juzgó, Bobby Wilcher, que aún no había recibido ni una sola visita en el corredor de la muerte en Parchman. Buscó su perdón y se convirtió en su amiga. Esta amistad conmocionó a sus amigos más queridos. Lindy fue la única visita que recibió Bobby Wilcher el día de su ejecución, en la que recuerda verle temblar en medio de la habitación, mirándola por una última vez antes de fallecer. Es entonces cuando Lindy empieza un viaje para encontrar a sus once compañeros de jurado que sentenciaron este hombre a muerte para preguntarse el impacto de la experiencia que compartieron y sobre todo, si su veredicto final resultó ser el justo y correcto. Un ejercicio de expiación ante todo estoico y ejemplar que nunca mejor dicho, pone la pena de muerte en tela de juicio, y al que damos la bienvenida con otros muchos casos por juzgar. El cine sometido a juicio. Se abre la sesión.

El defensor de las causas justas

Un hombrecillo de pelo cano y mirada afable se baja en la estación de un pequeño pueblo de la América profunda. Lleva ladeado un sombrero blanco bajo el que se observa un rostro lleno de arrugas. Uno de los rostros más arrugados de la historia del cine, en realidad. También uno de los más importantes. El pueblo en el que se baja anda revuelto, sus habitantes lo imprecan por la calle, pero él se muestra por encima de todo y de todos. El hombrecillo tiene un solo objetivo y no cejará hasta lograrlo: defender al maestro de la escuela rural, acusado de enseñar en sus clases las “absurdas y pecaminosas” teorías de… Charles Darwin. No lo tendrá fácil, porque en la sala del juicio, frente a él, un ultraconservador duro de roer ejercerá las tareas de acusación. Y por si no fuera poco, un cínico periodista ejerce de arribista testigo del drama que se desarrolla en un juicio capaz de tomar el pulso a una nación entera. La herencia del viento (1960) es uno de esos casos en los que una constelación de nombres debería garantizar que el producto final saliera bien… y vaya si sale bien. Spencer Tracy se enfrenta a Fredric March ante la socarrona mirada de un improbable Gene Kelly, todo bajo la batuta de Stanley Kramer y a partir de una obra de teatro de Jerome Lawrence y Robert E. Lee.

La película plantea una lucha de auténticos titanes de la retórica, de hombres de leyes mesurados y cabales en el campo de juego de un tema tan sensible para los norteamericanos como es el arraigo y la gestión del sentimiento religioso en la sociedad. En medio de un clima de linchamiento se discute el alcance de la libertad individual, de la separación entre religión y estado, del peso de los prohombres en las decisiones de la masa… Kramer demuestra una vez más por qué es (junto a Sidney Lumet, junto a Barbet Schroeder) uno de los cineastas que mejor han retratado jamás un juzgado. Sin que haya necesidad de artificiosos giros dramáticos, sosteniendo el nervio de cada escena en las batallas verbales, sin obviar el humor pero con todo el hierro candente, la película crece a cada minuto que pasa, se vuelve más adictiva, más importante. Una joya del séptimo arte de las que debería reivindicarse más (y mejor). Y todo ello mientras en los Estados Unidos el creacionismo vuelve a las escuelas, y en muchos países del mundo (sea cuál sea la confesión) los integrismos religiosos resurgen con fuerza. Al final, toda forma de intolerancia queda retratada en la película de Kramer como el principal enemigo de la libertad individual, de creencia y de pensamiento, tan cara al ser humano. ¿Qué ocurre si los mecanismos de la ley, que deberían proteger nuestras más íntimas libertades, de repente pueden no hacerlo? Ante esa posibilidad, que atenta contra los fundamentos del sistema democrático, se levanta un Spencer Tracy irado, consciente de que un juicio perdido implica un paso atrás en la garantía de una sociedad libre e igualitaria. ¿Suena muy trillado decir que es una película terroríficamente actual? Pues es una película terroríficamente actual.

El defensor de… bueno, el defensor

Klaus Barbie, Moussa Traoré, Ílich Ramírez Sánchez “Carlos”, Khieu Samphan o Slobodan Milosevic tienen en común formar parte de las páginas más negras de nuestra historia reciente, pero también han rendido cuentas ante la justicia defendidos por un mismo hombre: Jacques Vergès. Pocos como él encarnan de manera tan apasionante las zonas de luz y de sombra de todo sistema de derecho. Vergès es ¿anticolonialista? ¿antisistema? ¿filocomunista? ¿o todo lo contrario? No es tan fácil de dilucidar como parece de entrada. Durante 40 años este abogado nacido en Tailandia ha representado a sátrapas, dictadores y terroristas, enfrentándose en ocasiones al mismísimo Tribunal Penal Internacional. Su biografía es tan apasionante como controvertida, digna de un trabajo de Werner Herzog. Sin embargo, es el cineasta Barbet Schroeder el encargado de llevarla a la gran pantalla en el documental El abogado del terror (2007) donde la figura de Vergès sirve de hilo conductor de 40 convulsos años, entre la guerra fría y el colapso del cambio de siglo. Una vida intrigante y compleja, llevada al límite de las propias fuerzas, donde el inconformismo de un hombre ante el sistema lo lleva a convertirse en un excelente profesional por la vía más insospechada. Porque lo que hace Vergès es garantizar el derecho de todo ser humano a un juicio justo, a una defensa entregada y celosa de los derechos del imputado, por muy despreciable que éste nos parezca. Su oficio le garantiza extraños compañeros de viaje, a menudo inquietantes, miembros de una galería vital tan compleja como fascinante, donde los límites de lo políticamente correcto saltan por los aires.

Barbet Schroeder ya había demostrado en La virgen de los sicarios (2000) su capacidad para construir relatos complejos y desasosegantes, donde el espectador ve cómo sus más íntimas convicciones éticas son puestas a prueba en un relato descarnado y sin misericordia. En El abogado del terror Vergès es capaz de despertarnos empatía y rechazo, de suscitarnos preguntas incómodas y de estimular nuestra necesidad de saber más sobre una figura tan compleja. Todas y cada una de estas reacciones constituyen la mejor tarjeta de presentación para cualquier documental que se precie. Y si no parece suficiente, siempre nos queda una de las frases más famosas de su protagonista. Preguntado en una ocasión si llegaría al extremo de defender en un juicio al mismo Adolf Hitler, Jacques Vergès respondió: “Defendería incluso a Bush, ¡pero sólo con la condición de que se declarase culpable!”

Amor en los juzgados

Antes de Stanley Kramer estuvo Alfred Hitchcock. François Truffaut afirmaba que Kramer había basado sus melodramas judiciales en una película de 1947 que se cuenta entre las más ninguneadas en la filmografía de Hitchcock: El proceso Paradine (1947). Un brillante abogado, una gélida mujer, un caso de asesinato, un retorcido juez… ingredientes todos ellos que podemos encontrar en cualquier film del director. Pero también un cásting aceptado a regañadientes, un rodaje agotador, un productor metomentodo… Sólo el tiempo la ha rescatado del olvido para colocarla en el lugar que le corresponde: Un intenso melodrama judicial, con algunos de los recursos que caracterizan el cine de Alfred Hitchcock. También una película extraña, donde el guión y los recortes impuestos por David O’Selznick alteran algunas secuencias hasta el punto de permitir más de una interpretación, inesperada e inquietante. Gregory Peck es el abogado que todos querríamos tener, Alida Valli la acusada que mataríamos por defender, Charles Laughton el juez a evitar, y Ann Todd la sufrida esposa a la que no podemos más que compadecer. Y junto a ellos Louis Jourdan, Ethel Barrymore y Charles Coburn en un film cuajado de estrellas del Hollywood de antaño.

Hitchcock no guardaba muy buen recuerdo de El proceso Paradine. Su flema británica se puso a prueba hasta límites insospechables en la que fue su última película con Selznick. Y sin embargo debería levantar la cabeza y revisitarla, porque con el paso del tiempo el relato envejece como el mejor vino, con todas las constantes de su cine puestas en el lugar que les corresponde, con espacios por los que se cuelan todas las perversiones  que el espectador quiera encontrar. Las desventuras del abogado Keane, enamorado de su ambigua cliente; los devaneos perversos de Charles Laughton (cada vez que lo veo me parece estar oyendo todas las historias sobre el propio Hitchcock), cuya sola presencia ya causa pavor; el gélido objeto del deseo y la abnegada pero anodina esposa… Desde luego no es otro drama de juicios, pese a que el director no tenga ningún complejo a la hora de alargar las escenas del proceso, en convertirlas en el escenario de los mayores picos dramáticos de una historia con mucha enjundia, con el sello inconfundible e imprescindible de Alfred Hitchcock.

Dios entre el jurado

Juana es doncella. Juana vive en la región de la Lorena. Juana pertenece al “quarto statto”. Juana es pobre. Juana va a liberar Francia. Juana habla con Dios, y por ello Juana acabará en la hoguera.

Hasta aquí, nada de lo relatado es un spoiler. Todo el mundo conoce (más o menos) la historia de Juana de Arco, la heroína francesa que, respondiendo a un mandato divino, guió a los ejércitos franceses contra el invasor inglés. Soldado, líder, símbolo, mártir y santa, elementos más que suficientes para convertirla en carne de cinematógrafo. La historia de la doncella de Orleans ha dado para mil y una adaptaciones dignas de ser reseñadas, pero probablemente las dos más extraordinarias (que nos perdonen Jean Seberg e Ingrid Berman) tienen lugar en suelo francés, de la mano de dos monstruos de la talla de Robert Bresson y Carl Theodor Dreyer. Ahí es nada.

La pasión de Juana de Arco (1928) es una de las películas más intrigantes de la historia del cine. Todo lo que la rodea es digno de mención. Como tantos títulos del cine mudo, durante años se creyó perdida para siempre. Cinéfilos y estudiosos de todo el mundo estudiaban los pocos fragmentos que habían sobrevivido a los vaivenes de la historia, tan conscientes de su inconmensurable valor como del drama de su desaparición. A principios de los 80, en un giro de los acontecimientos digno de libro, apareció una copia en perfecto estado, metida en un baúl, en un sanatorio noruego. ¿Qué demonios hacía allí? Ya hablaremos un día de eso, por ahora disfrutemos de una de las películas más poderosas de la historia del cine. El juicio de Juana de Arco es una sinfonía perfecta de primeros planos, de rostros que contienen toda la intensidad, todo el drama, toda la fuerza de un relato que Dreyer sabe llevar al campo de la mística cinematográfica. Las lágrimas de la prodigiosa Maria Falconetti pegan a la silla a todo espectador con entrañas, de igual modo que lo hace la mirada enfebrecida y compasiva de Antonin Artaud, la belleza compositiva de una sucesión de planos que se desnudan de todo artificio, la experiencia religiosa aplicada al cine, entendida desde el cine. Puede que nunca, en 117 años de séptimo arte, haya habido una película que dibuje mejor los contornos del alma, religiosa o existencial, metafísica o simplemente ética. Cine grande, cine noble, para religiosos y ateos. Una maravilla.

El proceso de Juana de Arco (1962) se cuenta entre los trabajos más remarcables de Robert Bresson, y eso no es decir poco. A partir de las actas originales del juicio (cuya literalidad es cuestionable) Bresson arma una película seca, austera, digna de uno de los más singulares cineastas del Hexágono. Un auténtico manifiesto, impertinente y polémico, que rechaza las adaptaciones anteriores del drama de Juana de Arco (incluida la de Dreyer) y pretende aportar un testimonio fiel de sus últimos días, aséptico y escueto, donde todo el impacto apoya su peso en la propia fuerza de los hechos. El estilo de Bresson, sus particulares ideas para con el trabajo interpretativo, la sobriedad de su puesta en escena, la casi total poda de cualquier recurso efectista, son algunos de los principales recursos de los que se vale un film diferente, uno de los menos convencionales que han retratado alguna vez el juicio a Juana de Arco.

Shiva, attorney at law

Hemos hablado de Gregory Peck, de Spencer Tracy, de Fredric March, estrellas del Hollywood clásico con porte sobrado para enfundarse el traje de abogado y enfrentarse a una corte. Su saber estar era innegable, como lo es el de su tan cacareado heredero, el übersexual George Clooney quien, todo hay que decirlo, huye de su condición de Cary Grant postmoderno como de la peste. Por eso, cuando tiene ocasión de enfundarse un traje e interpretar al paladín de las causas justas, tuerce el gesto y nos regala un film amargo, sobre un hombre atrapado en el sistema que él mismo ha alimentado, a medio camino de ninguna parte. Michael Clayton (2007) es ese paladín perdido, un hombre especializado en arreglar problemas y tapar vergüenzas que ve cómo todo su mundo colapsa cuando su mejor amigo decide hacer las cosas correctamente. Tony Gilroy escribe y dirige uno de los thrillers más notables de los últimos años, un diagnóstico pesimista del precio del éxito en un mundo donde todos sus privilegiados integrantes, sean protagonistas o antagonistas, son criaturas inestables, angustiadas, y donde el principal valedor de la justicia es un enfermo que se cree Shiva, el dios de la muerte.

Gilroy presenta la cara menos amable de lo que podemos encontrar en un juzgado. Ni eso en realidad, porque el trabajo de Michael Clayton consiste esencialmente en evitar que el peso de la ley, la que él debería defender, caiga sobre aquellos que puedan merecerla. El reverso tenebroso de Spencer Tracy, consciente dela perversión de la fórmula, de que está atrapado y lo puede pagar muy caro. En un mundo donde el éxito se convierte en sinónimo de alienación, donde se corre el riesgo de sentarse un día en la cama y hacer balance, toda la angustia de Michael Clayton se condensa en una mirada anhelante, que busca respuesta en el gesto vacío de significado del animal que tiene enfrente. Pero nadie está a salvo, todos respiran el mismo aire pútrido, todos sienten la garganta atenazada por una mano invisible, todos corren en la misma dirección, sin pensar y sin mirar atrás. Michael Clayton es cine adulto, más crítico y combativo de lo que cabría esperar, prodigiosamente interpretado y dirigido con buen pulso. Si cuando todo acaba queda lugar para la esperanza, eso es algo que deberá decidir el espectador.

Y hasta aquí, de momento. Hay más. Podríamos hablar de 12 (2007), en la que Nikita Mihalkov vuelve sobre el texto de Reginald Rose que dio pie a los 12 hombres sin piedad (1957) de Sidney Lumet; o sobre el Relojero de Saint Paul (1974), primera (y magnífica) película de Betrand Tavernier donde ya daba pistas sobre la condición de cineasta-ciudadano indignado que marcaría toda su trayectoria; o de Silk (2011), otra serie con el sello de calidad de la BBC centrada en un prestigioso bufete de abogados; o incluso de Declaradme culpable (2006), donde Sidney Lumet dirige a Vin Diesel (¡Vin Diesel!) en la adaptación al cine de un famoso juicio que tuvo en vilo a los Estados Unidos. Y podríamos seguir. Y seguiremos. El ejercicio de la ley en todas sus formas siempre ha sido un buen material para el cine. Tenga o no buena prensa, un juzgado siempre será un escenario de primera para contar una historia. Nuestra Colección Juicios encabezada ahora por Declarado Culpable, os da buena cuenta de ello.




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