TIFF 2013: Una historia de esclavos y glamour
Septiembre. Ese fatídico mes en que decimos adiós a las vacaciones, a la playa, al calor. Cuando la indecisión meteorológica y los primeros soplos de un frío tímido nos empujan a guardar los pantalones cortos en el fondo del armario y sacar el cárdigan. Cuando llega el perezoso momento de volver a colegios y oficinas. Un guión perfecto para eclosionar en un suicido colectivo. Pero eso no sucede en Toronto. La humedad incómoda e incluso asqueante de la ciudad contrasta con la excitación que despierta el Toronto International Film Festival (TIFF), meca del cine canadiense y orgullo nacional de los amantes del celuloide.
Durante diez días, la ciudad se vuelca en el festival y las calles del downtown torontoniano se tiñen de naranja. Nacido el año 1976, el TIFF ha ampliado su potencial convirtiéndose en una de las mayores y más influentes muestras cinematográficas del mundo. Una convincente galería de vanguardia y glamour. Todo eso sin renunciar a su objetivo inicial: servir de escaparate internacional a las producciones de casa.
Desde el día uno el festival transforma la ciudad. El centro financiero pierde su calma habitual de fin de semana y, entre gritos nerviosos y uñas mordidas, los fans inundan las calles en busca de un instante de gloria. Como otro seguidor mas, bajo del tranvía y serpenteando entre colas interminables de gente que espera en la calle llego al “The Princess of Wales Theatre”, donde se proyectará la esperadísima 12 years a Slave, de Steve McQueen (Shame, Hunger).
La ocasión es inmejorable para empezar mi odisea. La espera en la alfombra roja se puede hacer interminable, así que cualquier distracción es buena. A mi derecha una gafapastas no aparta la vista de su ebook, dónde devora páginas de “Juego de Tronos”. A mi izquierda, un presentador madurito hinchado de botox intenta impresionar a jóvenes, ambiciosas y perfumadas reporteras que posan ante las cámaras como si fueran las estrellas de la gala. Otros incluso hacen de su experiencia periodística un reality show. Aunque la mayoría de corresponsales, mucho más modestos, intercambian curiosidades y opiniones sobre lo que han podido ver. En cambio, yo, que me he quedado sin entrada, miro a otro lado intentando evitar los spoilers. Acojonado, el rugir del público indica que los leones ya han saltado a la arena y ahora será mi turno. Brad Pitt, Michael Fassbender, Benedict Cumberbatch yChiwetel Ejiofor. Un reparto tan atractivo para la gran pantalla como estimulante para la fiebre hormonal que aguarda en la calle (si mi madre hubiera estado en mi sitio, los de seguridad la habrían abatido). Y así, entre la emoción de perder mi virginidad festívico-cinematográfica y el buenrollismo entre prensa e industria, pasan los días en el TIFF.
Cine de autor, animación, documental, cortometrajes autóctonos, jóvenes promesas... El TIFF, con 300 films en cartel, ofrece lo mejor y mas innovador de cada género. Piezas que utilizan la alfombra roja de Toronto como pista para alzar el vuelo hasta tocar el cielo. Es el caso de The Wind Rises, la epopeya romántica y melodramática con la que el genio Hayao Miyazaki se despide. Pero también de Història de la meva mort, la iconoclasta y costumista reinterpretación de la vida de Giacomo Casanova por el excéntrico cineasta Albert Serra, o Noah, el cortometraje sobre el uso y abuso juvenil de las redes sociales.
Pero por si algo se caracteriza el TIFF es por la extensa cantidad de grandes y pequeñas producciones que compiten para hacerse un hueco en la carrera de los Oscar. El gran permio del festival – votado por el público y no por un jurado de críticos y cineastas – es un objeto fetiche que (casi) asegura el éxito en Hollywood. Estadística que avalan casos recientes como The King Speech (Tom Hooper), Slumdog Millionaire (Danny Boyle) o Precious (Lee Daniels). Además de la nueva de Steve McQueen, por la 36a edición del TIFF han pasado aspirantes prometedoras como Gravity (Alfonso Cuarón), August: Osage County (John Wells), Rush (Ron Howard) o DallasBuyers Club (Jean-Marc Vallée) y han sorprendido positivamente Prisoners (Denis Villenueve) y Philomena (Stephen Frears), ambas con una mención especial del público. Toronto también ha tenido acento internacional con sabor a festival europeo acogiendo La Vie d'Adèle – Chapitre 1&2 (Abdellatif Kechiche), polémica ganadora de la pasada edición de Cannes, y Moebius, la nueva propuesta de Kim Ki Duk después de ganar el León de Oro de Venecia en 2012 con Pietà.
El TIFF también ha sido un festival marcado por nombres propios que dan un paso al frente. Como caso paradigmático, Daniel Radcliffe se ha quitado de encima el estigma de Harry Potter y ha mostrado sus dotes interpretativos en registros tan diferentes como Horns, Kill your Darlings o The F Word. Detrás de la cámara, el cineasta canadiense Denis Villenueve ha conquistado a público y crítica con Prisioners y con Enemy, adaptación de “El hombre duplicado” de José Saramago. En los dos casos, el director de Incendies ha contado con la aclamada actuación de Jake Gyllenhaal. Pero sin duda alguna, Benedict Cumberbatch ha sido la gran sensación de este TIFF, inaugurando el festival por lo alto con su interpretación de Julian Assange en The Fifth State y participando en la omnipresente 12 years a Slave.
En un abrir y cerrar de diafragma, ya es día 15. Tumbado en la cama, sigo a través de Twitter la entrega de premios. No hay sorpresa y el drama esclavista de Steve McQueen se alza con el reconocimiento. “Joder, y yo sin verla”, me lamento. Pero esto aún no ha acabado y, como caída del cielo, recibo la noticia de que la reprograman en un pase abierto. 5 horas mas tarde salgo de la sala conmovido, consciente de haber hallado en 12 years a Slave una propuesta visualmente impecable y una historia trágicamente olvidada. La crudeza y impotencia de sus imágenes traiciona nuestro subconsciente, que espera hasta el último suspiro que Solomon Northup se enfunde en el traje azul del Django de Tarantino y a base de fucks y machetazos se encarnice con sus amos. Pero no, aquí la acción surge de la lucha contra la desesperación de un hombre al que le han robado la libertad y la dignidad.
Pensativo pero satisfecho, vuelvo a casa y dejo atrás los flashes, los vestidos de gala y el naranja. El TIFF llega a su final, pero no el buen cine. Toronto sigue con hambre de celuloide y, para los próximos meses, nos deja en manos de Evolution, una exposición dedicada a la metamorfósica carrera de David Cronenberg, el hijo pródigo de la ciudad.