"Pasolini" almas gemelas

Fuente: Joan Sala (filmin)

El último día con vida del trágico director de la película más polémica de la historia del cine según el enfant terrible más radical del cine independiente contemporáneo. Simbiosis antisistema, almas gemelas. Abel Ferrara tras la cámara, Willem Dafoe ante ella y "Saló" en su atmósfera. "Pasolini", el sueño, la ensoñación, la esencia. Puro magnetismo, inabarcable emoción.

¿De qué va?

El riguroso y espiritual retrato de las últimas 24 horas con vida del director de "Saló".

¿Quién está detrás?

Abel Ferrara. Amante de las emociones (y drogas) fuertes. Portentoso enfant terrible, responsable de incontestables obras de culto como las magistrales "Welcome to Nueva York" y "El Funeral", cuya insobornable carrera cinematográfica fue justamente homenajeada en el Festival de Locarno del pasado año. Teniendo en cuenta que el Durian de Oro honorífico obtenido hace unos años acabó en manos de un camarero cualquiera de un bar cualquiera de Sitges, a saber donde habrá acabado el Leopardo de Oro.

¿Quién sale?

Tanto en su registro físico como gestual, Willem Dafoe embauca y arrebata con un absoluto sentido de la modulación corporal su caracterización como Pier Paolo Pasolini. Le acompañanan María de Medeiros en el papel de Laura Betty, Riccardo Scamarcio o incluso una delirante aparición (que no cameo) del mismísimo Ninetto Davoli, uno de los actores fetiche del propio Pasolini (protagonista de "Las mil y una noches", "El Decamerón", "Pajaritos y Pajarracos" o "El cuento de Canterbury") que curiosamente guarda un parecido físico más que razonable con el propio Ferrara. Por algo será.

¿Qué es?

Pier Paolo Pasolini en su esencia más fiel y pura.

¿Qué ofrece?

El único homenaje posible del que Pier Paolo Pasolini podría llegar a sentirse profundamente orgulloso. En cuerpo y alma. "Pasolini" oscila entre la desesperación, el entusiasmo y la pasión que yacía sobre su ideología y forma de ver el mundo, entre el erotismo y la esencia pagana de los ragazzi a quienes el controvertido artista adulaba, cimentando su interior con todo lo que conforma y define al trágico director de la película más polémica de la historia del séptimo arte: la poesía, la política, el sexo, la amistad y por supuesto, el cine.

Para el Pasolini polemista, analista de la evolución de la sociedad italiana, Roma constituyó su principal espacio de observación, su campo permanente de estudio, de reflexión y de lucha. Fue a partir de las mutaciones político-sociales de esta ciudad que tanto amó, que analizó los cambios de la Italia y los italianos de los años sesenta y setenta. Una vil y cruda transformación de la cual finalmente acabó siendo su trágica víctima. Hecho que Abel Ferrara ha sido capaz de reflejar y condensar en un fiel y pasional retrato que bascula sobre una dimensión artística sideral, bajo un registro tan corpóreo como lírico que profundiza en sus recovecos más oscuros pero también luminosos, sacudiendo con delirantes fugas que bien pueden incluir viscerales orgías (que imaginan y plasman la que debía ser su próxima película tras "Saló") o incluso, una fulgurante mirada astral desde el espacio cósmico, siendo capaz de comprimir y destilar el carácter rebelde y luchador del tótem artístico a quién retrata. Y todo ello partiendo de los principales momentos y retazos que marcaron sus últimas horas con vida, comprimiéndolos a 85 breves, pero igualmente intensos minutos de metraje, sin necesidad alguna de caer en el arcáico y anquilosado biopic al uso, situándose en las antípodas del registro académico que un artista cuyo insobornable calado transgresor jamás le hubiera admitido reconocerlo como propio ni suyo. Una elegía cinéfila de esencia intrínsicamente artística cuyo absoluto rigor surge desde el más evocador amor por la experimentación, desde la más descarada y estimulante provocación. En la vital "Pasolini" Ferrara es Pasolini, Pasolini fue Ferrara. Epifanía.

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