Las drogas al servicio de la Casa Blanca
Recién estrenado en filmin "Matar a un Mensajero", el intenso y complejo thriller que Michael Cuesta dedica al malhogrado periodista Gary Webb, damos en nuestro catálogo con su imperdible media naranja, y esta no es otra que "The House I Live In". Dos demoldoras crónicas unidas por un mismo riesgo, un insobornable rigor, una encomiable valentía: la de señalar el Gobierno norteamericano como principal culpable del consumo de drogas en el seno de la comunidad afroamericana.
Sea a través del documental o la ficción, ambas miradas nos demuestran lo buen compañero de viaje que puede llegar a ser el narcotráfico para la Casa Blanca, tanto como arma anticomunista como genocida. Miedo que da.
Por un lado, "The House I Live in", lo que supone un certero retrato del intrincado sistema judicial estadounidense en su implacable lucha contra el tráfico de drogas, que puede derivar en violaciones de los derechos humanos y las libertades individuales. De hecho, si "The Wire" fuese documental y no una ficción, se asemejaría mucho a la monumental obra que ha creado Eugene Jarecki con la colaboración, como no, del padre de la serie, David Simon. El Mejor Documental de Sundance 2012 habla de la guerra contra las drogas que se ha llevado a cabo en América y el impacto que ha causado y examina su coste -tanto financiero como social y humano- para Estados Unidos, así como los resultados de la política federal antidrogas.
Incluyendo entrevistas con presos, comerciantes, agentes antinarcóticos, jueces, profesores e historiadores, la de Jarecki es una mirada demoledoramente necesaria sobre "la guerra contra la droga" en Estados Unidos y para ello, parte de su propia experiencia con el drama vivido por la familia de su niñera de siempre. Una familia de color, no solo golpeada por las drogas, como es el caso de una gran mayoría de la comunidad afroamericana en tierra de Obama, sino por la opresión de un sistema judicial y una ley penitenciara cuyo objetivo no parece otro que llevar a cabo una suerte de "holocausto en ralentí" contra esta comunidad (como bien lo define el propio David Simon) más que a erradicar y aplacar el narcotráfico. Miles de millones de dólares destinados a una lucha marcada por los intereses ocultos de una sociedad que paga por su miedo, en lugar de hacerlo por su delito, lo que trae consigo un urgente llanto social inteligentemente encaminado a cambiar las leyes y abrir la mente de una sociedad corruptamente atenazada. Un portentoso y emocionante documento de visionado tan obligatorio como el de su reflejo en serie, "The Wire". No es para menos, no solo estamos ante el Mejor Documental de Sundance 2012, probablemente estemos ante la mirada políticamente más importante y decisiva de los últimos tiempos.
Y por el otro lado, "Matar al Mensajero", un complejo y trepidante thriller de investigación periodística que, dirigido con pulso y rigor por Michael Cuesta y estelarmente protagonizado por Jeremy Renner, Michael Sheen, Andy García y hasta Ray Liotta, sigue los pasos de "Todos los hombres del presidente", teniendo como encomiable objetivo no es otro que denunciar, sacar a la luz, aquellas pruebas que en nombre del malhogrado periodista Gary Webb, acusa a la CIA de colaborar con los narcotraficantes, aquellos peces gordos que durante los años 80 introdujeron con su beneplácito cantidades ingentes de cocaína en el país, destinando los beneficios a armar a la Contra nicaragüense. A pesar de las presiones de los capos de la droga y de los agentes de la CIA para que pusiera fin a su investigación, Webb siguió empeñado en destapar un complot con implicaciones explosivas. Su viaje le llevó desde las cárceles de California hasta las aldeas de Nicaragua, pasando por los más altos círculos del poder en Washington, lo que le situó en el punto de mira de quienes amenazaban, no sólo con acabar con su carrera, sino también con su familia y su vida. Y así fue.
En definitiva, dos crónicas devastadoras en los que se nos muestra al país más poderoso del mundo utilizando un mal endémico como lo son las drogas a su libre antojo y en su propio beneficio, tanto como una herramienta política con la que acabar definitivamente con todo resquicio de amenaza comunista, como una infalible arma genocida para la exterminación de una mayoría étnica como lo es para Estados Unidos la afroamericana. God bless América.