Eleanor Rigby vista por ella, vista por él

Fuente: filmin

En un ejercicio espléndidamente lúcido de poderío cinematográfico, el debutante Ned Benson se embarca en una epopeya insólita en la historia del cine para intentar arrojar luz sobre esa romántica experiencia compartida llamada pareja y las diferentes visiones de cada una de las partes implicadas. Divididas en dos películas, la visión de él, y la visión de ella, hoy presentamos los dos montajes de "La Desaparición de Eleanor Rigby". Él, ella, ellos.

El amor es la máxima expresión de reciprocidad humana. No hay un acto más compartido que aquel de amar y ser correspondido. El amor es cosa de dos, o de tres, cuatro o muchos más dependiendo de la cultura, pero al final, todo acaba dictándose por las perspectivas personales de cada una de las personas que compone una pareja. Es por ello que, ante este juego de perspectivas, hemos decidido reimaginar una conversación entre los protagonistas donde recrean las situaciones vividas en cada una de sus correspondientes películas. Al final, la memoria tiene un alto grado de percepción personal, y lo que él recuerda de una manera, ella lo vivió de otra.

Él: "¿Recuerdas cómo empezó todo? Estábamos en aquel bar, yo me había quedado sin dinero y no encontraba la manera de decírtelo. Tú me miraste, con esa sonrisa que siempre te ha caracterizado, e insinuaste sin decir nada lo que ya estaba pensando. 'Quítate los zapatos, corre, y yo distraeré al camarero'. Como adolescentes nos precipitamos a la salida y corrimos calle abajo sin mirar atrás, sin mirar a nadie, pues nadie existía, excepto tú y yo."

Ella: "No, ya no consigo recordarlo. Solo puedo recordar la caída. Estuvimos cayendo durante medio año, y tú parecías no darte cuenta. Seguiste con tu vida, como si nada, mientras yo me sumergía sin querer que nadie me salvara".

Él: "Intenté hacerlo, pero no me dejaste. Me sacaste de la ecuación. De repente, ya no fuimos las dos partes de un todo, no fuimos nada. Lo intenté todo, Rigby. Todo. Pero desapareciste, de mi vida, de la tuya, de la nuestra. Me dijiste que continuara sin ti, y lo hice, pues me sentí incapaz de negarte nada. Desapareciste, y yo desaparecí contigo".

Ella: "Tenía que marcharme. Tú no querías entenderlo, y alguien tenía que decir basta. No podíamos seguir así. Huí, sí, huí a casa de mis padres. No era la mejor solución, pero era una solución. Todos intentaron hacer ver que no pasaba nada, que todo estaba bien. Incluso intentaron ocultar una foto suya... Crear un mundo donde nunca hubiera existido".

Él: "Yo también volví casa de mi padre. Podría haberme quedado en la nuestra, pero los recuerdos me perseguían allá donde mirara. No sé si fue la mejor solución, cada vez que nos cruzábamos me recordaba lo fracasada que era mi vida y me recriminaba no haber seguido sus pasos. Jamás he estado a la altura, ni a la suya, ni a la tuya".

Ella: "Empecé a ir a la Universidad, necesitaba ocupar mi tiempo, mi mente. No sabía que quería hacer con mi vida, pero necesitaba darle un rumbo, tenía miedo de volver a naufragar, y todos a mi alrededor se empeñaban en actuar como si estuviera enferma, como si no pudieran decir nada por miedo a cómo pudiera afectarme. Tuve que huir también de mi familia, y en esa huida tú me seguiste".

Él: "¿Qué más podía hacer? Te echaba de menos. Por mucho que te dejara marchar, aún necesitaba entender qué había pasado. Quería intentar solucionarlo, hablarlo, que pudiéramos encontrar la manera de funcionar como lo hacíamos antes, antes de que todo se derrumbara. Pero volviste a rechazarme. Aún no era el momento, y yo me había precipitado. Tuve que conformarme con verte desaparecer de nuevo".

Ella: "No podía dejarte entrar en mi vida otra vez, no estaba preparada. Pero te buscaba, te buscaba en cada recuerdo. Intentaba que en mi memoria funcionara, pero algo me devolvía a la realidad y me empujaba de nuevo al abismo. Por cada recuerdo agradable contigo, había uno desgarrador con él. Empecé a olvidarme de su cara, pero verte era recordarla. Y hundirme de nuevo".

Él: "¿Y qué podía hacer yo? Mi impotencia era total. Quería ayudarte, pero lo único que te hacía era daño sin quererlo. Tú y yo, que habíamos alcanzado ese punto tan cercano a la perfección que el resto de parejas nos odiaban sin decirlo. Lo más cercano a un alma gemela, si es que esas cursilerías realmente existen. Éramos iguales, somos iguales".

Ella: "Pasó un tiempo. Me enteré de que habías venido a mi casa a ver a mi madre y me sentí con fuerzas para acercarme a tu bar y hablar, por fin. No sabía por dónde iba a empezar ni qué iba a decir, pero esperaba encontrar en tu mirada las palabras que vendrían a continuación, como solíamos hacer".

Él: "Sí, estaba tan sorprendido y asustado como tú. Nos marchamos en un coche de alquiler, y una lluvia torrencial nos pilló a medio camino. Tuve que salir a arreglar los parabrisas y acabé empapado. Cuando entré en el coche te burlaste de mí, y por un momento sentí que el tiempo no había pasado, que volvíamos a ser tú y yo. Entonces llegó la verdadera tormenta. No pude evitarlo, y cuando te miré sentí que ocultártelo no tenía ningún sentido".

Ella: "No, no pasó así. No me lo ocultaste, pude verlo claramente en tus ojos. Habías hecho lo que te pedí que hicieras, pero me enfadé igualmente. Contigo, conmigo, con el mundo y el universo, por habérnoslo arrebatado todo. Y sentí la necesidad de huir de nuevo, pero esta vez más lejos, literalmente, a kilómetros. A un lugar donde nada ni nadie pudiera seguirme. Nadie excepto yo misma. Pero no fue por demasiado tiempo, y acabé volviendo, a ti, como el destino o esa cosa llamada amor esperaba que hiciéramos. Y acabamos persiguiéndonos, como esos adolescentes que habían huido de un restaurante sin pagar, a quien no les importa nada excepto qué pasara al minuto siguiente, y rompí el incesante silencio que nos había separado durante un año con la palabra más simple del mundo, la única que puede utilizarse en estos casos. Hey.

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