Crónica Sitges 2013: "Willow Creek" o como honrar el found footage

Fuente: Manel Carrasco

Bobcat Goldthwait lleva años demostrando que se ha sacudido el sambenito de chirriante oficial de la “Loca academia de policía” para convertirse en uno de los directores más interesantes de los márgenes de Hollywood. Tras coquetear con la comedia, con el romance y con el cine de acción, desembarca en Sitges derrochando toneladas de su carácter irreverente y juguetón y con un nuevo trabajo bajo el brazo, una propuesta de found footage, ni más ni menos. Atentos a "Willow Creek".

¿De qué va?

Una pareja de “periodistas” (nótese el uso del entrecomillado) llegan a los alrededores de Willow Creek para rodar un documental sobre el Big-foot. Por el camino se cruzarán con toda la América profunda, su flora y su fauna, y pondrán a prueba su relación sentimental.

¿Quién está detrás?

Bobcat Goldthwait es de esos cineastas que colecciona seguidores sin hacer mucho ruido. Con un presupuesto ajustado, un equipo de incondicionales y toneladas de talento, Goldthwait coquetea con los géneros y propone híbridos donde la premisa de base siempre esconde alguna sorpresa.

¿Quién sale?

Alexie Gilmore y Bryce Johnson, habituales del director, encarnan con solvencia a la pareja protagonista, mientras una galería de variopintos secundarios surgidos del corazón de la América rural aliñan el conjunto a base de camisas de cuadros, gorras de visera e hilarantes canciones.

¿Qué es?

“El proyecto de la bruja de Blair” pasado por el tamiz de los hermanos Duplass y del Werner Herzog de “Grizzly Man”.

¿Qué ofrece?

Si el sentir general es que el found footage hace años que debió pasar a mejor vida, trillado y devaluado por la sobreexplotación, aquí está Goldthwait para demostrar que aún tiene mecha para quemar. “Willow Creek” es una película de género y como tal toca todas las teclas que de ella cabe esperar, pero en manos de su director se convierte en una narración capaz de oscilar de la comedia al terror, de plantear parábolas sobre las relaciones de pareja y de marcarse un plano de veinte minutos que debería estar en un museo. Y todo ello sin traicionar los principios fundamentales del género. Goldthwait se arquea en un triple salto mortal que arranca del espectador la risa, el miedo y la reflexión posterior. Tras “El mejor padre del mundo” y “Armados y cabreados” (ambas en filmin) cambia de género pero no de señas de identidad; las mismas que en Sitges han deleitado a un auditorio pequeño pero entregado, capaz de representar con su talante festivo y sus aplausos constantes la reducida pero incondicional parcela de la audiencia que sigue cada propuesta de este cineasta de pequeñas multitudes.

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