Crónica SBIFF 2015: Una última mirada
No sé ustedes, pero hace dos meses yo nunca había oído hablar del Festival Internacional de Cine de Santa Bárbara (SBIFF). Quiso la casualidad, sin embargo, que me encontrara en el momento y el lugar idóneos, y por probar uno no pierde nada. Tras pasearme por la ciudad por primera vez, francamente, seguía sin saber qué esperar, en lo que a la organización de un evento de este tipo se refiere, de aquella comunidad de habitantes acomodados, estructuras y edificios decididamente más bonitos que los de la media americana y un aura de superioridad (si es que una ciudad puede tener tal cosa) que resultaría molesta si no fuese tremendamente acogedora.
Santa Bárbara es el sitio donde huye la gente que ha hecho carrera en Los Ángeles y está harta de la mastodóntica urbe y su punto de decadencia, pero que no se quiere alejar mucho de una maquinaria que aún tiene mucho dinero por repartir. Este espíritu bipolar (amor al famoseo y a la industria combinado con inclinaciones a la calidez de una ciudad pequeña) se traduce en el SBIFF en forma de una doble vertiente que, sin espacio para el término medio, reúne al star system y a todo nominado a los Oscar que se ponga por delante (Richard Linklater, Damien Chazelle, Bennett Miller, Steve Carell, J.K. Simmons, Ethan Hawke, Patricia Arquette y otros muchos tantos pisaron las tablas del espléndido Arlington Theater) con una muy considerable selección de películas independientes y operas primas que buscan con su première mundial en el SBIFF el impulso necesario para acceder al circuito de distribución correspondiente. Las alfombras rojas, esmóquines y griteríos de adolescentes móvil en mano apuntalan varias secciones oficiales a concurso en las que es difícil reconocer un solo nombre (sin que eso se oponga, como es de imaginar, a un despliegue de talento envidiable).
Fotografía por cortesía de Lorenzo Basilio
Una de las cosas que más sorprende al visitante primerizo una vez ha asistido ya a varios eventos es que una de las mayores estrellas del festival es su propio director ejecutivo, Roger Durling. Excéntrico pero entrañable individuo, este puertorriqueño de mediana edad se pasea por el festival con sus trajes adornados, uñas pintadas de negro y gafas tintadas de amarillo sabiéndose figura carismática y cara visible de la organización. Su omnipresencia es digna de admirar: igual presenta una de las múltiples sesiones gratuitas que ofrece el festival (de programación exquisita, por cierto: entre las proyectadas, Leviatán, Ida, Life itself y Citizenfour) que se pasea por todas y cada una de las alfombras rojas, fiestas, encuentros y mesas redondas que se han ofrecido durante casi dos semanas, aún encontrando tiempo para charlar con los asistentes habituales, por lo que no resulta difícil verle apoyado en una pared, como si no fuera el hombre más atareado de la ciudad, comentando una peli con cualquiera que decida acercársele.
Fotografía por cortesía de Lorenzo Basilio
Tras doce años a los mandos del festival, Durling tiene un conocimiento absoluto de lo que quiere su público, y, en varias de sus intervenciones, fue incluso más vitoreado que los protagonistas de los eventos en cuestión (su entrega entre lágrimas del Maltin Modern Master Award a Michael Keaton recordando tiempos pretéritos en los que era un modesto empleado de cafetería y el actor, cliente habitual, pasaba horas hablando de cine con él, fue tremendamente emotivo; su discurso apologético del sueño americano previa proyección del último feel-good de Disney y clausura del SBIFF, McFarland USA, estuvo a punto de hacer que un servidor se pusiera en pie con la mano en el corazón e hiciera una sentida interpretación del himno en honor a la land of the free and home of the brave). La forma de ser de esta bestia del don de gentes se contagia entre los más de 700 voluntarios, los organizadores y los cineastas y público asistente, lo cual, sumado a la amistosidad congénita de los habitantes de California, genera un clima acogedor y una sensación de inclusión y cercanía al festival que, por qué negarlo, resultan muy agradables.
En este contexto, cobra especial sentido la presencia de los autores de la gran mayoría de obras presentadas a concurso: aquí actores, directores, productores y guionistas no vienen a hacerse fotos ni a presentar su película a los medios (o por lo menos no solamente), sino a compartirla y discutirla con el público "real". No solo hay un Q&A después de prácticamente todas las proyecciones, sino que es más que habitual que éstos se trasladen a la calle a una vez desalojada la sala. Tras admirar una película y dejar que las mentes creativas que hay detrás de ella compartan sus inquietudes, voluntad y objetivos, muchos espectadores dejan de serlo para convertirse prácticamente en embajadores, en hinchas que tomarán parte de la responsabilidad de que la película reciba la afluencia y notoriedad necesarias para abrirse paso a las salas.
Fotografía por cortesía de Wire Image
Así se han convertido en tema de conversación obligatoria entre colas, happy hours y tiempos de espera películas de todas partes del mundo como "Keep on keepin' on", "Tous les chats sont gris", "Wet bum", "Hip-Hop eration", "Monument to Michael Jackson", "Bang bang baby" o "A snake gives birth to a snake". En cuanto a obras realizadas por estos lares, "Five days to dance" (ya disponible en filmin) y "Tercer grado" (Excelente film noir ubicado en la periferia de Barcelona cuyos autores, Geoffrey Cowper y Jesus Lloveras, gozaron de índices de popularidad altísimos entre los habituales del festival) se sumaron a un colectivo de perlas que, aventuras de distribución mediante, esperamos que ningún amante del buen cine tenga el disgusto de perderse.