Crónica Punto de Vista 2015 (II): Realidades en fuga
Si en el anterior post desmenucé cuáles fueron mis impresiones de las seis primeras películas de la Sección Oficial de este festival dedicado al cine de no ficción, ahora es el turno de las obras restantes. Once películas que ofrecen múltiples formas de acercarse y representar la realidad.
Los directores franceses Stéphane Manchematin y Serge Steyer se enfrentan con “Le complexe de la salamandre” a la difícil tarea de retratar a un artista de gran complejidad y el proceso creativo detrás de sus particularísimas obras. Por si fuera poco, el artista en cuestión se llama Patrick Neu y, a pesar de ser toda una referencia para muchos, es un individuo esquivo y extremadamente silencioso. Sus creaciones se caracterizan por ser efímeras y por la fragilidad de los materiales empleados, además de haber sido desarrolladas con una paciencia y delicadeza asombrosas. La pareja de realizadores consiguen adecuarse a lo que para cualquier otro cineasta hubieran sido grandes obstáculos –como la personalidad introvertida del artista o el problema a la hora de representar el proceso de creación de un artista que puede llegar a tardar diez años en desarrollar una de sus obras- y ofrecer un largometraje hipnótico que atrapa y reinterpreta con solvencia el imaginario del artista francés. La película, que muy acertadamente intercala escenas de su rutina con otras cargadas de un fuerte onirismo, consigue despertar tal magnetismo que será difícil apartar la mirada de la pantalla durante su visionado.
La siguiente sesión que tuvimos la suerte de disfrutar estaba formada por “Super Unit” y “Huellas”. En lo que respecta a “Super Unit”, es un cortometraje polaco dirigido por la cineasta Teresa Czepiec que tiene como objetivo realizar el plano audiovisual de una réplica polaca de la inmensa unidad habitacional que Le Corbusier diseñó a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta. La escalofriante cifra de 762 apartamentos condensada en un único e interminable edificio. Pasillos, puertas, escaleras y una infinidad de vecinos. Esa es la ardua tarea que Teresa Czepiec lleva a cabo en tan solo veinte minutos de duración. Gracias a un virtuoso uso de la steadycam, el espectador pasará a sentirse como un fantasma que recorre los largos pasillos y traspasa las paredes de los domicilios, donde podrá contemplar la cotidianidad y las historias minúsculas que tienen lugar cada día en este hito arquitectónico. No obstante, a pesar de que las indudables virtudes del cortometraje residen en la experiencia audiovisual que propone y en sus proezas técnicas, eché en falta una mirada más humana y menos superficial a la hora de mostrarnos las rutinas de sus inquilinos –a diferencia de, por ejemplo, la también coral “Blessed Be This Place”.
Si en “Super Unit” recorríamos numerosas habitaciones y espacios pertenecientes al ya nombrado monumental edificio, en “Huellas” toda la atención recae en un único y reducido espacio: la casa de un hombre muerto y olvidado. El mexicano Diego Gutiérrez, que codirige esta maravillosa película junto a Danniel Danniel, invitó a siete amigos suyos a que fueran a echar un vistazo a la casa de su vecino, quien había muerto semanas atrás. El domicilio estaba tan repleto de posesiones y objetos que hacía difícil pensar que un hombre viviera entre ellos y, como no había habido respuesta alguna por parte de algún familiar o amigo, el servicio municipal terminaría por tirarlo todo a la basura en los días venideros. Ese es el punto de partida de la que probablemente sea la película más modesta –sólo en apariencia- y a la vez más difícil de olvidar de esta edición del Punto de Vista.
Entre toda esa cantidad ingente de objetos que pertenecían al difunto, los siete personajes que protagonizan “Huellas” fabularán sobre quién pudo ser la persona que habitaba ese espacio y cómo pudo llegar a vivir en esas condiciones. No obstante, ese retrato imaginario que irán realizando los entrevistados según avancen los minutos no será sino un mero pretexto para que expresen sus propios temores e inseguridades. De esta manera se desarrolla una película única de gran calado humano que reflexiona, alejada de cualquier tipo de trascendentalismo barato, sobre el sentido de la existencia, la muerte y el olvido. “Huellas”, ganadora del premio Jean Vigo a la mejor dirección, es una auténtica joya. Probablemente mi favorita del festival.
Una de las sesiones más desconcertantes y alucinadas fue la que incluían los mediometrajes “Lettres du voyant” y “Rainbow’s Gravity”. La primera, dirigida por el cineasta inglés Louis Henderson, parece beber de Chris Marker –y más concretamente de películas como “Sans Soleil”- para dar forma a una obra de cine-ensayo sobre el poscolonialismo con Ghana como escenario. Imágenes de África se entremezclan con asombrosas recreaciones en tres dimensiones de sus minas subterráneas mientras oímos un enigmático monólogo ficticio que reflexiona sobre el sakawa –una especie de cruce entre el ciberfraude y tradiciones ancestrales-, el capitalismo, la minería y la memoria de un país. Ver para creer. “Rainbow’s Gravity” también opta por bordear el complejo mundo del cine-ensayo con una propuesta arriesgada a la par que visualmente inolvidable. Cargada de un fuerte lirismo, esta película dirigida por Mareire Bernien yKerstin Schroedinger interroga, a base de susurros y una puesta en escena cercana a la videodanza, el material Agfacolor Neu (una película fotográfica de color producida los nazis) y las consecuencias que su existencia y fabricación han llegado a tener.
El largometraje “South to North” es, a parte de ser el título más largo del festival –aunque eso tampoco significa mucho en una programación dominada por mediometrajes y películas que apenas superan la hora de duración-, una de las ofertas más sobrias de la programación. La película, dirigida por Antoine Boutet –que ya había pasado por el festival en el 2010 con “Le plein pays”-, documenta el que por ahora es el mayor proyecto de trasvase de agua a nivel mundial: el Nan Shui Bei Diao. El cineasta acierta de lleno al combinar secuencias observacionales donde apreciamos paisajes alterados que parecen salidos de una película postapocalíptica con entrevistas a implicados y víctimas de este megalómano proyecto que inició Mao Zedong.
El último largometraje del festival –y penúltima sesión del mismo- fue “Before We Go”, del director Jorge León. Realizado en Bélgica, más concretamente en el Teatro Real de La Monnaie, esta película a medio camino de la ficción y el documental toma la presencia invisible de la muerte como eje central. Sus protagonistas, tres personas que se encuentran muy cerca del fin de sus días, ensayarán durante diferentes jornadas una enigmática obra. Cada uno de ellos estará acompañado de un coreógrafo que les ayudará a enfrentarse a una interpretación que mucho tiene que ver con la aceptación de su propia muerte. A pesar de lo explícito de sus primeros minutos, “Before We Go” rápidamente recula y opta por construir el relato de manera elíptica y sugerente. Lejos de ser uno de esos documentales en los que “historia de superación” es igual a pornografía emocional, León consigue formular una narración poética que no tiene miedo a dejar interrogantes en el aire y adentrarse en terrenos oníricos.
Para finalizar la presente crónica, toca hablar de la última sesión de la Sección Oficial del festival. Ésta estuvo formada por cuatro cortometrajes de temas y nacionalidades variopintas. “Out”,el primero de los cortos en ser proyectado, es obra del debutante español Joan Antúnez. Esta divertidísima pieza de poco menos de veinte minutos fue creada bajo el marco del Máster en Teoría y Práctica del Documental Creativo de la UAB y probablemente sea uno de los trabajos que más sonrisas nos haya hecho esbozar. A partir de unuso rítmico y musical montaje –que me hacen pensar en cortometrajes de Bert Haanstra como “Zoo” y “Glas”-, “Out” propone una interesantísima exploración de todo aquello que queda fuera de campo en las retransmisiones de los partidos de tenis. El segundo corto, “The Blazing World”, que se alzó con el Premio al Mejor Cortometraje, es una refrescante y honesta muestra de cine confesional en la que su directora, la americana Jessica Bardsley, construye mediante imágenes de archivo un interesante video-ensayo en primera persona que, tomando como hilo conductor a Winona Ryder, reflexiona sobre la cleptomanía, la depresión y las enfermedades mentales.
De lo más curiosa es la propuesta que ofrecen los ingleses Adam Gutch y Chu-Li Shewring, quienes realizan una suerte de hibridación entre los escritos de Darwin y el “Frankenstein” de Mary Shelley, para crear “Working To Beat The Devil”: una película de imaginación desbordada que abraza la fantasía y la ficción con los brazos abiertos. El cortometraje que lo seguía –y que puso punto y final a la Sección Oficial de esta edición del festival-, “Solo te puedo mostrar el color”, seguramente sea uno de los cortometrajes que más me han conseguido atraparme. Su director, Fernando Vílchez, se adentra en la selva del norte de Perú para hacernos testigos del pasado y presente de un territorio que lleva manchado de sangre desde el 2009, año en el que tuvo lugar el Baguazo. El cortometraje dista de ser un documental que ofrezca testimonios y busque responsables de la tragedia. No lo intenta en ningún momento. De hecho, el cineasta detrás de este trabajo hizo paralelamente un largometraje titulado “La Espera” en el que sí se profundiza en todos estos aspectos lamentablemente silenciados por el gobierno y los medios. El objetivo de “Solo te puedo mostrar el color” es mostrarnos, mediante la fragmentación, las elipsis y las sensaciones, una tierra marcada por la violencia. Siempre vibrante y acechante.