Crónica Punto de Vista 2015 (I): Rostros y fronteras

Fuente: Pablo Carpal

Hace tres días finalizó la novena edición del festival Punto de Vista. Un evento de referencia para todos aquellos interesados en el cine de no ficción (esa tierra de nadie en la que tienen cabida propuestas a medio camino del documental, el cine experimental y el ensayo cinematográfico). El festival navarro, a pesar de caracterizarse por el espíritu familiar y cercano, nos ofreció una cantidad de propuestas enorme y difícil de abarcar en su totalidad. En la presente crónica (que dividiré en más de un post) compartiré mis impresiones de las diecisiete películas que conformaban la Sección Oficial del festival.

Las tres salas de proyecciones del Baluarte fueron el lugar ideal donde resguardarse del frío que recorría las calles de Pamplona –que, por suerte, fue menor del que cabía esperar-. Tres salas en las que los espectadores pudimos dejarnos llevar y naufragar en islas cinematográficas que, de no ser por el festival y su comité de selección, probablemente no hubiéramos podido disfrutar en otro lugar. A pesar de que en este texto me centraré exclusivamente en la sección más importante, no puedo sino aplaudir retrospectivas como Islas –donde tuve el placer de descubrir películas tan maravillosas como fascinantes- y la dedicada a Margaret Tait.

Ahora vayamos a lo que más importa, las películas. Para facilitar el ejercicio de memoria a la hora escribir esta crónica, mantendré el orden natural en el que las películas se proyectaron durante la semana que duró el festival. La primera de ellas dura treinta minutos y se titula “Blessed Be This Place”. Su director, el sueco Carl Olsson, realiza un genuino retrato de Dinamarca centrando su mirada en algunos de los habitantes de dicha ciudad. Como si se tratara de una sinfonía de rostros –rasgo que se ve acentuado por el montaje y el uso de la música-, una serie de individuos desfilan ante nuestros ojos mientras llevan a cabo sus tareas rutinarias. Son cinco: una anciana, dos jóvenes sentadas en un banco, un culturista, la mascota de un equipo de básquet y dos trabajadores de un crematorio. Algo excéntrico a la par de banal está presente en todas esas tareas que desempeñan esos personajes, con una naturalidad que puede llegar a sorprender o extrañar. Esta sensación se amplifica gracias a la mirada fría y distante que tanto el espectador como la propia cámara toman a la hora de relacionarse con los personajes. Su fotografía extremadamente simétrica y su melosa banda sonora enfatizan –en el mejor de los sentidos- una cierta sensación de artificialidad que encuentra su punto álgido en una de sus últimas y  más entrañables secuencias.

De forma muy acertada, “Blessed Be This Place” compartía sesión con el largometraje “Mambo Cool”, que apenas supera la hora de duración. Tras el visionado de las dos películas, uno se da cuenta de que son dos caras de la misma moneda. Verlas de forma consecutiva permitía apreciar el diálogo que se creaba entre ambas obras. Al igual que la anterior película, “Mambo Cool”, dirigida por Chris Gude, también propone una sinfonía humana sólo que, en este caso, los sujetos a retratar pertenecen a los bajos fondos colombianos. Y, como no podría ser de otra forma, la manera de representarlos dista diametralmente de “Blessed Be This Place”. Lo que en el mediometraje danés era luminosidad y simetría, aquí se convierte en sordidez, desencuadre y feísmo. Los personajes, que entran y salen de las sombras que dominan la pantalla, gozan aquí de voz propia. A partir de una puesta en escena teatral y un guión lírico –y, en muchas ocasiones, críptico-, “Mambo Cool” es un magnífico recorrido a través de una Colombia lumpen dominada por el tráfico de cocaína y el amor incondicional por el mambo y la salsa.

Es curioso observar los notables parecidos que existen entre la película de Chris Gude y “Cavalo Dinheiro”, el último trabajo del director portugués Pedro Costa. A pesar de que “Mambo Cool” se estrenara un año antes y no haya constancia de que el portugués la conozca, ambos largometrajes comparten un similar uso de la iluminación, así como paralelismos en su narrativa y en el uso de la música. Junto a “Before We Go” –de la que no hablaré en este post-, “Mambo Cool” es la película de la Sección Oficial del Punto de Vista que más cercana se encuentra al cine de ficción. Los actores, que se interpretan a sí mismos para la ocasión, dan forma a este relato fragmentado y patético que para un servidor ha sidouno de los momentos más absorbentes del festival.

De los suburbios colombianos pasamos a “Echo Chamber,donde la selva tropical se convierte en la absoluta protagonista. En tan sólo diecinueve brevísimos minutos, el cortometraje consigue transmitir fuertes emociones a partir de la sugerencia. A través de una excelente fotografía y sus escenarios exóticos y marcianos,  oímos constantemente, a lo largo de todo el metrajemensajes de alerta que avisan de un más que posible desastre natural. Redundancias y ciertos consejos de precaución un tanto absurdos. Vemos casas destrozadas y garabateadas que han sido adueñadas por vacas y otros animales. Mientras tanto, un travelling que ojalá no se acabara nunca nos lleva a recorrer una vía férrea que atraviesa la selva. Todo ocurre con una parsimonia que asusta. Pronto presenciamos algunos rostros. Gente que sale de sus casas. Nadie muestra ningún tipo de sorpresa. Todos actúan con normalidad, con calma. Mientras tanto, los equipos de megafonía no dejan de advertir de una inminente catástrofe. El brutal extrañamiento que genera su director, Guillermo Moncayo, al hacer chocar los ecos de una desgracia (¿ya pasada?) con un escenario que no responde en absoluto a dicha alarma convierten a “Echo Chamber” en una de las propuestas más sensoriales y únicas del festival. No es de extrañar, de hecho, que el jurado oficial le otorgará el Gran Premio Punto de Vista a la Mejor Película. Una joya que encandilará a todo aquel que disfrute perdiéndose entre imágenes y sonidos.

En “El Hombre Congelado”, la uruguaya Carolina Campo invita al espectador a convertirse en polizón de un buque de la Armada Uruguaya que tiene como destino una base científica de la Antártida. Las palabras son mínimas. De hecho, el silencio gobierna todo el metraje. Observamos con distancia las rutinas y dificultades a las que se ven sumidos los soldados durante su largo viaje. A pesar de algunos momentos muy hipnóticos, las imágenes no me inspiraron todo el placer visual que hubiera deseado en una propuesta de estas características. No obstante, la película gana enteros en su último tercio, cuando su directora opta por dar una vuelta de tuerca poética a lo hasta entonces visto y mostrarnos los escenarios presentados previamente –el buque y la Antártida- sin la presencia humana. De esta manera, los ojos del espectador recorren todas las marcas y señales que han dejado esos hombres sobre el gélido y frío territorio virgen antártico. El viaje que el espectador surca a través del océano tiene como destino un gran lienzo en blanco en el que las huellas y rastros se convierten en la mejor brocha con la que podría finalizar esta película.

La película que ocupó la tercera sesión de la Sección Oficial era también una de las películas que prometía ser un gancho que despertara el interés de público más variado. No es de extrañar tampoco que “Our Terrible Countryfuera galardonada con el Premio del Público y el Premio de la Juventud: sus virtudes son muchas. Dirigida por un jovencísimo Ziad Homsi –quien, con apenas veinticinco años ya se ha convertido en uno de los fotógrafos más importantes de Damasco- y Mohammad Ali Atassi, “Our Terrible Countryse yergue como un documento imprescindible sobre el conflicto sirio. La película, además de mostrar la crudeza y el horror al que se enfrenta la población siria continuamente, es un lúcido retrato del intelectual Yassin Haj Saleh –escritor y activista sirio de referencia- y las dificultades que sufre en su intento de escapar del país. Según avanza la narración, el joven director Ziad Homsi termina por convertirse también en protagonista del largometraje y es en los momentos que comparte junto a Yassin Haj Saleh donde más brilla la película. Ambos representan a dos generaciones que sueñan con cambiar un país al que ya apenas pueden mirar a los ojos.

Otra de las perlas que nos ofreció el festival fue “Letters to Max, una sorprendente y muy disfrutable película epistolar cuyo director, Eric Baudelaire, ya pasó por el festival en la edición anterior con “L’Anabase de May et Fusako Shigenobu, Masao Adachi et 27 années sans images”. De la misma manera que ocurría en esta última, Baudelaire opta por cimentar su película sobre la correspondencia escrita que mantienen dos individuos. En esta ocasión, uno de ellos es el director de la película, mientras que el otro es, como bien indica el título, un hombre llamado Max. Por si dicho nombre no supusiera un interrogante en sí mismo, al comenzar la película el director nos advierte que sus cartas fueron enviadas a un país que no existe. Contra todo pronóstico, la respuesta no tardó en llegar. Según pasan los primeros minutos, se nos da entender que dicho país es Abjasia y, tras independizarse de Georgia en 1992, no obtuvo reconocimiento alguno hasta el 2008. De esta manera, se formula ante los ojos del espectador una película con múltiples caras. Por un lado, es el retrato de Maxim Gvinija que, además de viejo conocido del director, fue Ministro de Exteriores de ese país invisible a ojos del resto de estados. Mientras que por el otro lado, “Letters to Max es una profunda reflexión que cuestiona qué es lo que define a una nación y qué deben sacrificar un territorio y sus habitantes para convertirse en una. 

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