Crónica L'Alternativa 2019: "Earth" ultimátum a la Tierra
A su paso por L’Alternativa llega a Filmin la nueva obra de uno de nuestros documentalistas europeos de cabecera, Nikolaus Geyrhalter, viejo conocido en Filmin gracias a bellos documentales como "10 años de amistad" o la "La frontera de Europa", presente en la última edición de Atlàntida Film Fest. Su cine combativo y esteticista toma aquí una deriva ecológica que cautivó al Festival de Berlín.
¿De qué va?
Caminamos sobre ella todos los días de nuestra vida. La aramos, la cavamos y la perforamos. La cartografiamos y la medimos. Dibujamos en ella nuestras fronteras y nos imaginamos que nos pertenece. Vivimos de lo que produce y enterramos a nuestros muertos en ella. Damos por sentada su existencia, pues parece invencible e indestructible. Los humanos remueven miles de millones de toneladas de tierra al año sirviéndose de palas, excavadoras o dinamita. "Erde (Earth)" observa a la gente que se afana por las minas, las canteras, los túneles y las grandes obras de construcción, en su lucha constante por apropiarse del planeta.
¿Quién está detrás?
Nikolaus Geyrhalter, el peleón cineasta austriaco quien, de la mano de Ulrich Sëidl a la producción, realizó algunos de los hitos del cine documental reciente como: "Abendland", "10 Años de Amistad" u "Homo Sapiens".
¿Qué es?
Una advertencia temblorosa a la par que un atentado contra los delicados paisajes representados por James Benning o Peter Hutton.

¿Qué ofrece?
Todo un galán del documental observacional con un punto intervencionista, la nueva y flamante película de Nikolai Geyrhalter bien podría ser la secuela de “Anatomía de un Asesinato”. El austriaco narra, con mucho atino y escrúpulo, la agresión constante e incansable del ser humano hacia su “madre tierra”. De la violación de la naturaleza en aras del engrasado funcionamiento de la mecánica agenda que dicta el capitalismo salvaje, de ahí su paradójico título.
Geyrhalter incide en esos villanos hechos de metal que nunca dejan de operar, para adueñarse de una idea que ronda por nuestras cabezas desde la primera (y espléndida) secuencia del film. La aniquilante sinfonía de baraúnda que pone en evidencia a un sistema basado en el consumo desaforado como un ente que nunca puede dejar de rolar. Son particularmente majestuosos los silencios que Geyrhalter aprovecha para otorgarnos planos cenitales, como apuntando a la mirada perteneciente a una entidad que nos mira desde arriba (en un apunte cínico a la par que aterrador, por supuesto) con cierta calma. Acto seguido, dichos reposos quedan automáticamente corrompidos y vilipendiados por alguna explosión (algunas de las más bellas de la historia del cine, todo sea dicho) o ruido rimbombante que llega para quedarse.
Resulta aterradoramente bello, pero los paisajes que van siendo mutilados por el efímero poderío humano evocan una belleza que quita el hipo, y cuando más vamos introduciéndonos en esta espiral de destrucción, más hipnótica la encontramos, más hermosa, escultural, sensual. Gesto previsible proveniente de uno de los cineastas estetas más calculadores de la actualidad, quien no teme expresar con la crudez de sus imágenes la fascinación del ser humano por la violencia en su “corpus” más físico y el afán de poder y superioridad moral.
Incluso, Geyrhalter localiza a personajes cuyo raciocinio ecológico queda a la altura del betún y amparan con beligerancia. Ese afecto inherente por la violencia remitente que Oliver Laxe exploró en la secuencia inicial “O que Arde”, en la que el cineasta gallego nos muestra el bucólico exterminio de un bosque por parte de maquinaria humana. Herzog también demostró que la violación al medio que nos da la vida podía llegar a ser algo arrebatadoramente terrorífico en su documental “Lesson in Darkness”, que concatenaba secuencias de pozos de petróleo siendo incinerados. La naturaleza transformada en aluvión de fuego.
En el aparato humano, la cinta no se escuda en ningún tipo de juicio de valor maniqueísta, no obstante, sí plantea ciertas dudas acerca del futuro de la raza y del peligro que supone esta debacle humana que es la adicción a la violencia natural por parte de una gente que vive encantada por su trabajo. Tal y como indica un cantero italiano en el film, el amor a su trabajo pasa por el amor al peligro y la destrucción.
Cierta forma de filmar esta “tierra alternativa” poblada por maquinarias gigantescas, apunta a una estética distópica, a una dimensión alternativa a la que los seres humanos debemos acostumbrarnos. Ya que, nuestro ritmo de consumo es inversamente proporcional a la gestión y crecimiento natural de los recursos que nos son dados. Geyrhalter filma la trágica crónica de una muerte anunciada, la de un mundo que se acaba, la de un sistema insostenible.