Crónica Gijon 2019: "Santiago, Italia" la memoria obstinada

Autor: Manel Domínguez Fuente: Filmin

Crónica Gijon 2019: "Santiago, Italia" la memoria obstinada

El avezado maestro italiano del cine contemporáneo Nanni Moretti retorna al terreno del cine documental tras su laureada ficción “Mia Madre”. En “Santiago, Italia”, Moretti escarba en la actitud que tuvo su país ante el golpe de estado chileno a través de testimonios fehacientes enfrentándola así, a su preocupante presente.

¿De qué va?

Existe una historia poco conocida sobre el papel de Italia durante un momento crucial en la historia chilena, en concreto tras el derrocamiento del gobierno democrático de Salvador Allende en septiembre de 1973. Entremezclando imágenes de archivo de los años 70 con entrevistas registradas durante 12 días en el año 2017, el documental reconstruye el papel de la embajada italiana en Santiago de Chile en los meses siguientes al golpe de Estado de 1973, en particular como asilo para cientos de refugiados opositores a la dictadura militar de Augusto Pinochet, ofreciéndoles la posibilidad de ayudarlos a abandonar el país.

¿Quién está detrás?

Mito viviente de la cinefilia italiana (y, por ende, de la universal), Nanni Moretti es uno de los autores más relevantes e históricos de su país. A Moretti se le recuerda mayoritariamente por llevarse a casa la Palma de Oro en 2001 con la monumental “La Habitación el Hijo” y por su transformación en icono popular tras situarse a sí mismo en primera línea de fuego de la autoficción en formato dietario, “Caro Diario”.

¿Quién sale?

Moretti echa mano de su inagotable carisma para rogar a los testimonios que vivieron los incidentes transcurridos aquel fatídico septiembre de 1973, su versión de los hechos. Entre sus filas se encuentran activistas y cineastas chilenos hegemónicos de corte militante como Patricio Guzmán, Miguel Littín y Carmen Castillo.

¿Qué es?

Una reconstrucción factual eminentemente cinematográfica del golpe de estado militarista de Augusto Pinochet partiendo de los testimonios orales de sus víctimas que poco a poco, se abre paso hacia la elaboración de una disección enteramente pesimista del presente italiano.

¿Qué ofrece?

En uno de los dos únicos momentos de discordia o tensión que posee “Santiago, Italia” con alguno de los invitados. Un entrevistado que se presenta a sí mismo como víctima tras haber sido encarcelado por torturar a algunos de los testimonios de la película, se queja de Nanni Moretti tildándolo de hipócrita, ya que había accedido a su entrevista por  su aparente "imparcialidad".  Un consternado Moretti le espeta: yo no soy imparcial. Armado con una intención contendiente al filmar, el cineasta desmonta uno de los valores erróneos de los que se puede pecar al acercarse al cine documental por vez primera. Una película (sea de ficción, o de no ficción) no ha de ser, bajo ninguna circunstancia, esclava de su objeto de estudio. Sino que ha de ser este quien debe ser filtrado por la mirada de su cineasta, de lo contrario no hay película posible, la imparcialidad en el cine es, cuanto menos, ilusoria. Este precepto, que tan repiqueteante y básico zumba, supone un principio fundamental para comprender “Santiago, Italia” debido a que la atractiva personalidad de Moretti siempre ha sido un ingrediente inherente dentro de su filmografía. El rostro afable del italiano, que siempre ha poseído una gran relevancia en sus trabajos más limítrofes con la autoficción y la no ficción, toma aquí un pelín más de distancia para ensalzar la pugna estoica de sus protagonistas. En última instancia, “Santiago, Italia” ejerce como una crónica de una proeza humanista donde su figura, es meramente circunstancial (el cartel donde figura Moretti de espaldas al espectador, ya hace mella en dicha idea).

Gracias a la ocupación del cine como herramienta arqueológica, Moretti es capaz de enfrentar a las dos Italias; aquella dispuesta a acoger refugiados como vía humanitaria para enfrentar (y ante todo, no reconocer) discursos fascistodies de carácter totalitario que emplean la tortura y el asesinato para suscitar su fortaleciente vigencia, y aquella otra Italia cargada de odio que cada vez más abraza este tipo de discursos, camuflados por la verborrea electoralista de líderes mercantiles carismáticos que blanquean su presencia en las redes sociales, aunque no vacilan al delegar la culpa de la problemática social (fruto del deterioro de un sistema insostenible condenado a devorarse a sí mismo) al “débil”, quien navega impávido y azarado por las violentas aguas del mediterráneo. La naturaleza diletante de la película provoca que el oscuro evento al que alude (esto es, el heroico asilo político y las penurias del mismo) nos llegue de forma espontánea tras haber construido minuciosamente el vigoroso relato durante la mayor parte del metraje. Una película que, aunque a priori guarde un componente esencialmente informativo, discurre hasta transformarse en un canto pesimista sobre los tiempos presentes y venideros, los cuales Moretti no tiene ningún pudor en tildar (siempre, desde el aparato fílmico), de reaccionarios y carentes de cualquier tipo de caricia humana.

En su diseño formal, el cineasta italiano delega en el trasnochado espectro oral (una vuelta de tuerca al documental de bustos parlantes) un dispositivo liberador a unos individuos que atestiguan el arrebato de su identidad. Lamentablemente, también sirve para poner de manifiesto la inconsciencia de la gravedad y violencia justificadas por parte de una dictadura militarista residual, que no duda en reivindicar la tortura como mecanismo infalible para lo que fue "el buen funcionamiento" de las cloacas del estado.

Como epílogo, de entre todos los “interrogados”, resulta especialmente conmovedor el homenaje de Moretti a la figura combativa del solemne Patricio Guzmán, accediendo sin concesiones al archivo fílmico perteneciente de la descomunal película del cineasta chileno, La Batalla de Chile, cinta que narraba, a pie de calle, el asalto al Palacio de la Moneda. En realidad existe una voluntad, por parte del director, de rendir cuentas con todos aquellos cineastas que como Miguel Littín, Carmen Castillo o el propio Guzmán sufrieron en sus carnes las represalias más achacosas y crueles de la dictadura, poniendo en boga el temor que tiene el fascismo a esa arma tan poderosa y beligerante que puede llegar a construir el cinematógrafo.


Publica un comentario

Sin valoraciones