Crónica Berlinale 2015: "Knight of Cups" la sinfonía del vacío por Terrence Malick
"No quieres amor, quieres amar la experiencia". Es la frase que en un momento dado surge de la voz interior de Christian Bale, y es también la clave que nos abre las puertas de una creación destinada a sentirse y experimentarse, mucho más que a simplemente retratar o narrarse. Con el peligro de la fama y el éxito en Hollywood como principal filón y ¿sugerente? ¿temeraria? ¿triunfal? carta de presentación, lo nuevo de Terrence Malick al fin ve la luz. "Knight of Cups", o lo que es lo mismo, un rey de copas que en este caso, también pinta oros.
¿De qué va?
Un viaje poético y extremo hacia el interior de alguien cuyos sueños y deseos ansiados han sido conseguidos, pero aún y así, siente un acongojante vacío. Rick, un esclavo del sistema de Hollywood, adicto al éxito, y desesperado por el vacío existencial que le consume y acucia. En definitiva, un rey de Copas que es también un artista, un romántico y un aventurero. Lo dicho, el vacío está servido.
¿Quién está detrás?
Con su séptima película, Terrence Malick confirma su incursión, radicalmente experimental, en una nueva etapa de su obra. Lejos quedan los días de cielo, de delgadas líneas rojas o malas tierras.
¿Quién sale?
Una constelación de estrellas que en este caso no brillan, no porque no quieran, o por que no puedan, si no por que no toca. Por "Knight of Cups" desfilan, prácticamente sin mediar palabra, Christian Bale, Imogen Poots, Natalie Portman, Cate Blanchett, Wes Bentley, Freida Pinto, Brian Dennehy (sí, el desaparecido), Antonio Banderas (como ostentoso star latino), Armin Mueller-Stahl (como el cura que no podía faltar) y Ben Kingsley (quién presta su voz a la narración y por lo tanto, es prácticamente el único que habla). Sin embargo, el actor principal no es otro que el rostro desaparecido: Terrence Malick.
¿Qué es?
La sinfonía del vacío como jamás la hemos sentido.
¿Qué ofrece?
Una inmersión esotéricamente radical, prácticamente experimental, hacia las más remotas profundidades del vacío existencial. Está claro que "Knight of Cups" guarda muchos paralelismos, en cuanto a fondo y forma, a sus dos predecesoras, aquellas que atestiguan y confirman el contundente cambio de rumbo que ha dado la obra de su director. Si la monumental "El Árbol de la Vida" divagaba sobre la humanidad y la divinidad, la errática "To the Wonder" sobre la religión y el amor, la genial, fascinante y absorbente "Knight of Cups", ha pasado a hacerlo sobre el vacío, nada más que el vacio, y es precisamente aquí, donde se abastece del anárquico caldo de cultivo que, de forma tan embriagadora como estimulante y seductoramente extrema, confirma su definitivo giro.
Está claro que estamos ante un ejercicio inevitablemente manierista, aunque también de gran calado espiritual y existencial, además de indiscutiblemente estético. Pero ante todo, estamos ante una sinfonía introspectiva y cinemática de gran valor artístico, cuya base no es el guión, tampoco sus personajes (que de hecho, no hacen más que posar y deambular, sin prácticamente mediar palabra) ni su inspirado e incipiente metadiscurso (que tiene a las estrellas y estrellados de Hollywood como principal objetivo). Su verdadera protagonista es su compleja realización, y ante todo, su innovador montaje. Su inmersión en el alienado cosmos urbano que representa Los Ángeles (incluso Las Vegas), contrasta con el flujo de arrebatadoras imágenes que intercalan la belleza eterna de la naturaleza. Una inabordable colisión que Malick es capaz de artícular con insólito éxito, provocando que pese a su montaje, ágil y frenético, la película logre suspenderse en un indeterminado tiempo y espacio, haciendo que el encadenamiento de planos (cuya duración nunca rebasan los cinco-diez segundos como mucho), emanen una cadencia y armonía (gran culpa de ello la tienen los constantes, sutiles y flotantes, movimientos de cámara) que se siente hipnótica, prácticamente narcótica. Son fragmentos de un vacío que se abstraen con latente poderío simbólico, tanto es así, que perfectamente adquirirían su significado sin el constante apoyo de la voz en off. La oscuridad de un hombre reflejada a través de la luz, el amor y la sensualidad traducidos en tormento y sufrimiento, la supuesta felicidad bajo el ostentoso y decadente artificio, y en definitiva, la infelicidad vista, percibida y sentida de forma cristalina, desde lo más profundo de un alma impresionista.
"Knight of Cups" será odiada por muchos y amada por otros tantos, como es nuestro caso. Es su camino, por que si algo queda claro, tal y como Christian Bale ha confirmado en sala de prensa, es que "Terrence está en su propio viaje, haciendo su propio camino", y al igual que sus personajes, inevitablemente, o mejor dicho, necesariamente, lo hace embarcado en su particular deriva. De nosotros depende llegar a meta. No lo duden, estára entre nuestras favoritas, no solo de la Berlinale, sino también del año.