Alan Turing, de principio a fin
Fue una de las mentes más prodigiosas del siglo XX, así como uno de sus grandes olvidados. El padre de la computación, principal responsable de que hoy día caminemos pegados a una pantalla, fue arrinconado en una época en la que Inglaterra sacudía la homosexualidad a base de castración química y penas de cárcel.
Hablamos de Alan Turing, figura justamente reivindicada a lo largo y ancho del planeta gracias a todo un Benedict Cumberbatch y su "The Imitation Game", de estreno hoy en filmin. Para acompañarla, destacamos "Codebreaker", la película perfecta para ver cuando "The Imitation Game" acaba.
Tal y como le ocurrió a Nikola Tesla, Alan Turing se convirtió en uno de esos genios olvidados a los que el tiempo siempre acaba poniendo en su lugar. Tras batir a la insuperable máquina de encripitación alemana Enigma, leitmotiv de la película "The Imitation Game", Turing retomó su vida en la universidad de Manchester donde continuó con sus estudios sobre computación. No sería hasta 1952 que, debido a la traición de su amante, la policía descubriría que era homosexual y lo sometería a juicio por ello. Turing, decidido a no entrar en la cárcel y convencido de que no tenía que disculparse por ser quién era, escogió la castración química, una decisión que le provocó grandes cambios físicos así como numerosos tormentos que le llevaron al suicidio.
Es en esta última etapa de su vida, justamente en la que acaba "The Imitation Game", en la que empieza "Alan Turing: Codebreaker", un portentoso documental que utiliza la voz del propio Turing como hilo conductor y que va conformándose a través de entrevistas, material de archivo y partes ficcionalizadas por un contenido Ed Stoppard en el papel protagonista. Fue en las sesiones que realizó con Franz Greenbaum, su confidente y psiquíatra, en las que confensó sus miedos y pasiones, su vida y su firme convicción de que la homosexualidad no era algo de lo que estar avergonzado.
Si "The Imitation Game" ficcionaliza la figura de Turing, en "Codebreaker" la contemplamos en su forma más sincera, cercana, y posiblemente veraz. Algo que la convierte en el complemento perfecto para aquellos que se hayan pasado por salas y deseen saber más sobre esta última y determinante etapa en la vida de Turing, que muestra la profunda ignorancia de una sociedad encorsetada en la tradición católica y que nos hace darnos cuenta de lo mucho que hemos alcanzado hoy en los derechos LGTB, aunque aún falte camino por recorrer.
Sobre este mismo y preciso tema bascula el magnífico artículo de los compañeros de Flavorwire, "Alan Turing and the Myth of Gender Essentialsm", que desgranan los efectos de la castración química así como su uso en el pasado, la actualidad, sus efectos, la concepción totalmente errónea en su utilización y la consabida y rancia cuestión del "Esencialismo de Género". Un artículo que hemos creído preciso adaptar para completar el análisis sobre Turing y "Codebrearker".
La palabra "castración química" parece venir de otra época, una en la que las lobotomías o las terapias de electroshock estaban a la orden del día. Y a pesar de esto, hoy en día sigue utilizándose en algunas regiones de Estados Unidos, Europa y en otros lugares alrededor del mundo. Pero los destinatarios de dicho tratamiento, al menos en Occidente, han dejado de ser homosexuales y se aplica en acosadores sexuales reincidentes y también en algunos tratamiento hormonales para el cáncer. Así que, ¿cómo se utiliza? Las drogas que se emplean suelen ser antiandrógenos, generalmente progesterona, la cual inhibe a los androgenos que operan en nuestro cuerpo. ¿Y qué son los andrógenos? Las hormonas sexuales masculinas, basicamente, los químicos que producen y regulan las características masculinas en el cuerpo humano, siendo la más conocida la testosterona. Los antiandrógenos inhiben la producción de andrógenos y/o son absorbidos por los receptores de andrógenos.
En los días de Turing, este tratamiento aún era muy experimental, y en vez de progesterona, a él le dieron estrógenos sintéticos. Pero según Andrew Hodges, el escritor de la excelente biografía "Alan Turing: The Enigma", los primeros experimentos en castración química se hicieron inyectando testosterona en los hombres. Para los lectores modernos, esto parecerá contraproducente, ya que resulta ilógico pensar que inyectarle testosterona a los hombres vaya a reducir su deseo sexual. Pero para el pensamiento en la época de Turing, tenía sentido, ya que la psicología seguía dominada por las categorías de "masculino" y "femenino", con la creencia de que los hombres gays y las mujeres lesbianas están dotados por naturaleza con una inusual mezcla de las categorías que definen a un género u otro.
Este punto de vista empieza con la asunción de que la heterosexualidad es "normal", y ser atraido por los hombres es una característica "femenina". Entonces, si aumentamos la presencia de hormonas masculinas promoveremos que los hombres tengan más características "masculinas" y se sientan atraídos por mujeres. Pues bien, segun Hodges, los tratamientos iniciales con testosterona fueron un desastre: de 11 sujetos, tan solo tres se "beneficiaron" de la terapia y cinco experimentaron una intensificación de su deseo homosexual. En su sentido literal, esto sigue la idea de que el sexo y la sexualidad son inextricables, y que hay un vínculo directo y causal entre hormonas sexuales y la naturaleza del deseo sexual. En cierta forma, esto es cierto; no se puede escoger la orientación sexual al igual que no se pueden escoger cualquier otro aspecto de nuestra psique. Pero también indica que género, sexualidad y orientación sexual son cosas muy diferentes, y que cada una existe y es regulada independientemente de la otra. Claramente interactúan, pero cuánto más te fijas en cómo lo hacen, más te das cuenta de que es de idiotas intentar adscribir aspectos de género y orientación a la naturaleza de la identidad sexual física.
Básicamente por este concepto, que hoy debería resultarnos obvio, se acabó demostrando que el tratamiento con hormonas, o la castración química, era tan contraproducente como nefasta para la salud, tanto mental como física, del paciente. Algo que tuvo que sufrir Alan Turing en sus carnes al comprobar que se le estaba privando de su identificación como hombre, y, además, se le estaba prohibiendo e inhibiendo su deseo y orientación sexual. No hay que olvidar que estos discursos tan rancios, en proceso de olvido, siguen imperando en muchas regiones del mundo que continúan aplicando el Esencialismo de Género (qué es masculino, qué es femenino), persiguiendo así orientación sexual y género por no encajar en su preconcebido concepto de qué es cada cosa. Algo que convierte a Alan Turing no solo en una figura providencial en el mundo de la ciencia si no también en el colectivo homosexual, al cual aún le queda mucho por lo que luchar.