"Akelarre" mujeres que cantan en euskera

Autor: Gerard Cassadó

"Akelarre" mujeres que cantan en euskera

El argentino Pablo Agüero ("Eva no duerme") regresó al Festival de San Sebastián por todo lo alto con una singular propuesta que hoy nuestros compañeros de Avalon nos acercan a nuestros mejores cines. Ambientada en el País Vasco en el siglo XV, esta historia de sádica Inquisición y supuestas brujas que invocan a Lucifer en euskera nos recuerda que toda ley que nace del miedo y el odio al Otro suele alejarnos de la razón y la humanidad.

¿De qué va?

Azpilikueta, 1609. El Juez Rosteguy llega al pueblo acompañado de sus ayudantes siguiendo su cruzada para “purgar el país de todos los brujos y brujas bajo el imperio del demonio”. Seis chicas jóvenes de la zona son arrestadas acusadas de haber participado en un rito satánico conocido como el Sabbath de las Brujas. Obviamentre, las niñas no han hecho más que cantar, bailar y divertirse de noche en el bosque siguiendo una tradición de la zona. Pero son mujeres y hablan un "dialecto extraño", motivo suficiente para suponer una amenaza para la Corona y para Dios. Condenadas a la hoguera, su única salvación pasa por exhibir ante el Juez cómo se celebra el Sabbath.

¿Quién está detrás?

Pablo Agüero, quien en su cuarto largometraje de ficción (el segundo que concursa en el festival tras "Eva no duerme") se sumerge en la mitología vasca y en un episodio real, los procesos de brujería de Labort que Enrique IV encomendó al juez Pierre de Rosteguy de Lancre en 1609 para exterminar la brujería en tierras vascas. Un genocidio en el que perdieron la vida cientos de mujeres y otro episodio negro de la dinastía borbónica. El argentino se rodea de grandes profesionales de nuestro cine, como el director de fotografía Javier Agirre (socio habitual de Aitor Arregi y Jon Garaño) o la montadora Teresa Font ("Dolor y gloria"), para garantizar la excelencia técnica y visual del film.

¿Quién sale?

Álex Brendemuhl, el rostro más reconocible del reparto, encarna con su habitual solvencia (y ese timbre de voz tan característico) al despiadado Pierre de Rosteguy de Lancre, pero el auténtico protagonismo es para la joven actriz Amaia Aberasturi ("Vitoria, 3 de marzo"), que interpreta a Ana, la joven que de algún modo se erige en líder del grupo de condenadas a muerte. 

¿Qué es?

La serie "Salem", de Adam Simon + "Las trece rosas", de Emilio Martínez-Lázaro.

¿Qué ofrece?

Todos sabemos ya que las cazas de brujas que tuvieron lugar en todo el mundo en tiempos de reyes con castillo, sotanas con poder, viajes a caballo y campesinos harapientos no fue más que uno de los primeros genocidios machistas de los que se tienen registros. En otras palabras, las llamadas brujas no fueron más que mujeres que iban por libre, no reservaban su sexualidad a los designios del Todopoderoso, confiaban en la homeopatçía y sonreían más de la cuenta. Toda una afrenta para sociedades salvajemente patriarcales en las que las mujeres eran consideradas poco más que sirvientas y animales de reproducción. 

Tal y como recuerda la película, Euskadi fue epicentro de brujería y satanismo, al menos según los monarcas de uno y otro reino que debían regentar sus tierras allá por la Baja Edad Media. Que los vascos tengan sus propias tradiciones, sus propios códigos de honor, y hablen una lengua no románica e ininteligible para cualquier oído no entrenado, ha sido siempre motivo de sospecha para algunos. Mujeres jóvenes, libres y vascas, toda una provocación del Maligno.

Es inevitable no leer en clave contemporánea este alegato contra el poder caprichoso y vengativo que destruye todo aquello que no alcanza a entender. Detenciones arbitrarias, abuso de poder, instrucciones judiciales que son mero adorno para condenas escritas de antemano... de esto los vascos saben bastante. De mujeres demonizadas por no actuar bajo la sumisión a un poder de bragueta y bastón sabemos todos. No olvidemos que en este país se responsabilizó a una manifestación del 8 de marzo de provocar una pandemia mundial.

Más allá de las lecturas más o menos políticas, más o menos aferradas a la literalidad del texto, que pueda despertar "Akelarre", la película pone de manifiesto varias cosas. En primer lugar, la habilidad de Pablo Agüero para construir imágenes pregnantes, en esta ocasión menos grandilocuentes y más a merced del relato que en su anterior película, en la que un Gael García Bernal disfrazado de militar antiperonista parecía salir, en una aplastante secuencia de apertura, de una reimaginación de "La Naranja Mecánica". "Akelarre" es bastante menos exhibicionista en este sentido, pero en ese ejercicio de contención Agüero se manifiesta como un director más efectivo que efectista, y logra que el estallido final de lujuria ritual con el que concluye la película cobre mayor fuerza. "Akelarre" confirma además que el cine en euskera no es ninguna excentricidad, añadiendo un nuevo hito a esta edad dorada que arrancó con "Loreak" en 2014 y que encuentra aquí una de sus producciones más ambiciosas.

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