15 claves que quizás no conozcas de "El Gran Dictador"

Fuente: Manel Carrasco

15 claves que quizás no conozcas de "El Gran Dictador"

Hay ocasiones en las que las cosas se ponen realmente mal, en las que el presente y el futuro dan mucha pereza porque, sin necesidad de ponerse agoreros, pintan bastos. Es entonces cuando nos podemos refugiar en el cine reclamando historias que nos sirvan de apoyo, buscando aliados para lidiar con el miedo o con el cabreo, desmesurados y justificables ambos, y en ese terreno la comedia es un arma arrojadiza temible. Una buena carcajada es la más implacable de las venganzas, ya se sirva fría o caliente, cuando se trata de rebelarse contra los que hacen oposiciones a fastidiarnos la vida a todos. Que nos lo digan a cualquiera, con lo caldeados que ya vamos. Y si no, que se lo digan a Charles Spencer Chaplin.

En 1940 se produce una colisión de enorme virulencia. No es, ni de lejos, la primera que tiene lugar en un año de guerra global y de grandes ideologías enfrentadas, pero a diferencia del resto, en esta ocasión el choque no se produce entre colosales ejércitos en movimiento, sino entre dos de los hombres más poderosos de su tiempo. El campo de batalla es una pantalla de cine, las balas son de fogueo y los gritos de los soldados están guionizados, pero la pelea será memorable. Uno dirige un país, el otro hace películas, y los hay que ven este conflicto una lucha de David contra Goliat, del artista pacifista contra el político belicoso, del que ha encarnado al hombre humilde contra el que se ha erigido en dictador megalómano. En resumen, una batalla, a veces dialectal, entre el político vociferante y el cineasta que, tras años de hacer del silencio un medio de expresión, ahora ha empezado a hablar.



Con El gran dictador (1940) Chaplin lía una buena. A lo largo de tres años abandona las comodidades del éxito y se enfanga por propia voluntad en un terreno peligroso, donde deberá enfrentarse a las presiones de medio mundo, a la posibilidad de un fracaso profesional y económico de consecuencias fatales... y a la Alemania nazi. Perdón, queríamos decir a la Tomania de Hynkel, porque, como ya avisan al principio de la película, cualquier parecido entre el barbero y el dictador es puramente "co-incidental". Pasen y vean, que ésta es una de las mayores historias de las que atesora el cine norteamericano.

1. Hitler y Chaplin: Charles Chaplin nace el 16 de abril de 1889 en una familia de clase baja de un destartalado barrio londinense. Su padre, artista de music-hall, es una figura ausente en la vida del pequeño, al que solo ve en los cortos periodos de tiempo que éste no pasa con su amante o agarrándose la madre de todas las cogorzas. Su muerte, acontecida cuando Charlie cuenta doce años, se suma al internamiento de su madre, también actriz, en una institución mental, con lo que Chaplin y su hermano Sidney acaban en un hospicio. La relación de Charlie con su madre siempre será, cuanto menos, delicada. Adolf Hitler nace cuatro días más tarde que Chaplin, el 20 de abril de 1889, en un entorno igualmente humilde con un padre déspota y distante y una madre abnegada que se convierte en el único amor verdadero de su vida. Como en el caso de Chaplin, la vinculación de Hitler con su progenitora rebosa tanta intensidad que lo marcará de por vida. Pasan los años, Charlie entra en una compañía teatral y pronto destaca por su talento para la expresión corporal y su sensibilidad interpretativa. Paralelamente, a los 16 años, Hitler ambiciona convertirse en pintor, pero sus habilidades no destacan del montón y no consigue entrar en la Academia de Bellas Artes de Viena. En 1913, Chaplin deja Gran Bretaña y se traslada a Hollywood, donde lo espera una prometedora carrera en el mundo del cine. Ese mismo año, Hitler emigra a Alemania, sin oficio, beneficio ni nada concreto que hacer con su vida… y entonces se alista en el ejército. Cuando estalla la I Guerra Mundial, uno se libra de ir al frente, dedicado a publicitar bonos de guerra y a hacer películas de propaganda, mientras que el otro acude a "la llamada" henchido de entusiasmo. La posterior derrota de Alemania y el antisemitismo de base de Hitler están en el núcleo de su carrera política, que lo aúpa a lo más alto del Reichstag.

Y mientras, Chaplin interpreta, escribe, produce y dirige algunos de los títulos que lo convierten en uno de los cineastas más importantes de la historia y, quizás, en el rostro más popular de su tiempo. En esa época, según algunas fuentes, Hitler decide recortarse el bigote como el del hombre del bombín para despertar entre la audiencia las simpatías que Charlie suscita y que él, como político incipiente, necesita. En 1938, con el nazismo en su auge, el infierno a punto de desatarse y las tropas nazis en el campo de batalla de la guerra civil española, Chaplin toma conciencia de que el discurrir de su vida y del de la de Hitler, sea por afinidad o por contraste, marchan en líneas paralelas. Ambos son figuras remarcables en polos opuestos, pero Chaplin cree saber que, si todas las condiciones hubiesen sido otras, Hitler podría estar en su lugar, y viceversa.





2. El triunfo de la voluntad: Chaplin y René Clair, amigos y admiradores mutuos, acuden al MOMA de Nueva York para ver un pase de El triunfo de la voluntad (1935). La percepción que el mundo tiene de Hitler y de los nazis aún es un poco ambigua, particularmente en unos Estados Unidos reacios a cualquier intervención en el extranjero. René Clair sale de la proyección horrorizado, porque la película de Leni Riefenstahl es tan sugestiva que, a su parecer, solo con que sea exhibida en el circuito comercial de cines la democracia ya puede dar el conflicto por perdido. En cambio, a Chaplin las maneras histriónicas, casi de opereta, de Hitler le hacen mucha gracia. El documental de Riefenstahl no escatima detalles sobre la estética y la puesta en escena del aparato nazi, y Chaplin va tomando nota mentalmente. Por aquella época otro de sus amigos, Alexander Korda, le señala su parecido con Hitler: ambos lucen bigotito (aunque el de Charlie es falso), nacieron con pocos días de diferencia y son de la misma complexión física, por no decir que los dos han logrado una notoriedad pública casi sin precedentes en sus respectivos campos. Y por si no fuera suficiente, el cineasta Ivor Montagu encuentra en Berlín un libelo nazi que tiene el muy elocuente título de "Los judíos te están mirando" donde, entre otros, se cita a Chaplin en términos muy poco amables. ¡Y eso que no es judío! Si a todo esto añadimos que trabajos anteriores como El chico (1921) o Tiempos modernos (1936) ya destacan por su fuerte carga de crítica social, al final lo que tiene que pasar, con toda probabilidad, es lo que acaba pasando. La siguiente película de Charles Chaplin será una sátira, política, contra los nazis. Empieza un viaje arduo.





3. Contra viento, marea y los gobiernos de medio mundo: Chaplin empieza a darle vueltas a la idea en 1937, mientras media Europa mira con mayor suspicacia a la Unión Soviética que a la Alemania nazi y el desangre de la guerra civil española parece el preludio de una catástrofe que hay que evitar a toda costa. Cuando el gobierno británico, que lleva meses haciendo malabarismos diplomáticos con los nazis, se entera de las intenciones de Chaplin se pone de los nervios y le avisa de que su película no se estrenará en el Reino Unido, por muy de Londres que Charlie sea. La primera en la frente, pero no la última: Las grandes majors de Hollywood no quieren saber nada del tema, porque el mercado alemán (y el europeo por extensión) es muy importante, las relaciones comerciales y diplomáticas con Hitler están a la orden del día y, en definitiva, una guerra no aumenta la asistencia a las salas, que digamos. De todos los grandes empresarios del cine norteamericano, muchos de ellos como Louis B. Mayer, Samuel Goldwyn o David O. Selznick de origen judío, solo los hermanos Warner se muestran abiertamente beligerantes con el régimen nazi con títulos como Confessions of a Nazi Spy (1939). El resto de ellos se mueve entre el mutismo de lano intervención y la oposición frontal a El gran dictador. La presión sobre Chaplin arrecia, pero el hombrecillo del bombín no es de los que se achante fácilmente. Si nadie quiere poner dinero, la va a financiar él solito de su bolsillo, a través de su productora United Artists.

El rodaje empieza en 1939 y se prolonga durante 539 largos, tensos y extenuantes días. Paramount Pictures tiene los derechos de una novela llamada "El dictador", por lo que Chaplin se ve obligado a introducir la apócope "gran" al título de su película, o se arriesga a una demanda de aúpa. Cansado, el cineasta teme por el futuro y la idoneidad de un proyecto por el que ha tenido que batallar en muchos frentes, incluido el de una opinión pública que no necesariamente le va a aplaudir la osadía de poner a parir a Hitler. Y entonces ocurren dos cosas: la primera, que el presidente Franklin Delano Roosevelt envía a Harry Hopkins, uno de sus principales asesores, con el mensaje de ofrecer su apoyo y el de la Casa Blanca a Chaplin para que continúe con la película. La segunda cosa que ocurre, más decisiva incluso, es que Alemania invade Polonia. Ha estallado la Segunda Guerra Mundial.





4. Líneas de diálogo: El vagabundo de Chaplin es un personaje de alcance universal, entre otros motivos porque habla un lenguaje común a todos, que no se traduce en sonidos ni, por extensión, en lenguas desconocidas. Su figura pertenece al cine mudo y es por eso que ni tan siquiera en Tiempos modernos, que sí es sonora, pronuncia algo más que un galimatías cantado que acompaña a un muestrario de recursos expresivos más propios del periodo silente. Así pues, el barbero de El gran dictador no es el vagabundo, aunque luzca el bombín, el bastón de caña o los pantalones roídos. El barbero habla, desde luego, pero es que además tiene un pasado, un origen geográfico e incluso étnico, y una profesión. Otro que habla, y mucho, es Adenoid Hynkel, el primer personaje de Chaplin en 25 años bendecido con un nombre propio y absolutamente desligado del tipo de caracteres que ha encarnado hasta la fecha. Luego vendrán el distinguido asesino de Monsieur Verdoux (1947) o el conmovedor Calvero de Candilejas (1952), pero esa ya es otra historia.





5. Hannah: De todo el abanico de personajes femeninos en el cine de Chaplin la joven Hannah es uno de los más proactivos. Paulette Goddard, que es medio judía, asume el rol en un mal momento personal: su relación con Charlie empieza a no ir bien y la accidentada producción de El gran dictador no está ayudando. Tras tres años de matrimonio y una colaboración en Tiempos modernos la pareja está haciendo aguas, aunque ambos luchan por salvar un enlace que, entre otras muchas cosas, ha reportado a Chaplin su mejor partenaire en pantalla. Un día, durante el rodaje, su turbulenta relación invade el plano profesional. Chaplin, en calidad de director, exige a su esposa que interiorice su personaje (una limpiadora) fregando todo el suelo del set. Goddard se niega en redondo, consciente de que Chaplin solo quiere herirla. Y así llegamos a un punto muerto, porque el rodaje no se reanudará hasta que Goddard cumpla con lo que se le ha ordenado. Al final, la actriz tiene que acceder. Dos años más tarde, en 1942, la pareja se separa en términos muy amistosos, incluso afectuosos, aunque ella afirma en alguna ocasión que su exmarido es, en la vida real, el tipo más aburrido que ha conocido. A mediados de los años 60, en un café de Suiza, la antigua pareja se reencuentra por casualidad. Los dos viven por la zona pero nunca han quedado. Lejos del ruido de Hollywood, en el otoño del cineasta, Charles Chaplin y Paulette Goddard se sientan a comer juntos y hablan, hablan, hablan… Será la última vez que se vean.





6. Parecidos co-incidentales: Chaplin parodia a Hitler. Hasta aquí, una perogrullada. Pero es que además Adenoid Hynkel también se rodea de una corte de imitaciones de algunos de los mayores y más odiados nombres de su tiempo. Henry Daniell, ilustre secundario del cine norteamericano, interpreta al relamido Garbitsch, ministro de interior y parodia de Joseph Goebbels. Billy Gilbert encarna al mariscal Herring, ministro de la guerra y émulo físico de Herman Goering. Pero el que se lleva la palma es Jack Oakie, un especialista del género cómico con fama de tener un humor de mil demonios, que logra una nominación al Oscar por su interpretación de Benzino Napaloni, dictador de Bacteria y sosias de Benito Mussolini. En la escena en la que su personaje se encuentra con Hynkel en el palacio del gobierno, le suelta una expresión en yiddish, el idioma de los judíos askenazi, cuya traducción vendría a ser un "¿Cómo lo llevas?". Con los años, Oakie dirá que de todas las películas que hizo, el mundo siempre le recordará solamente por El gran dictador.





7. La demanda de Bercovici: En 1947, el escritor Konrad Bercovici demanda a Chaplin por plagio de El gran dictador. Según Bercovici, en los años treinta Charlie contacta con él para discutir la posibilidad de adaptar uno de sus libros y éste le habla de una idea que le ronda la cabeza sobre un barbero al que confunden con Hitler. Al final, Chaplin paga 95.000 dólares y la demanda se retira, aunque toda su vida insistirá en que el único autor del guion es él y que el pago se realiza para evitarle mayores complicaciones en un momento en el que en los Estados Unidos se le empieza a acusar de comunista. No es la única vez en la que se duda de la autoría de Chaplin: Sidney, su hermano, dirige y protagoniza un cortometraje de 1921 llamado King, Queen, Joker, sobre un barbero exactamente igual a un rey, pero el metraje se considera perdido y apenas se conserva una escena.





8. Emperador del mundo: El paradigma de la megalomanía en El gran dictador lo representa la escena en la que Hynkel se pone a jugar con un globo terráqueo como si fuese una pelota de playa. La autoría de esta escena ha sido muy discutida, el mismo Bercovici se la atribuye como propia en la demanda por plagio, pero lo cierto es que existe una película casera de 1928 en la que Chaplin ya juega con una bola del mundo. Vestido con ropa de mujer, con un ramo de flores tras la oreja, Chaplin sostiene el globo en sus manos, juega con él y, finalmente, ¡le coloca un casco de soldado alemán! La banda sonora de esta escena es el preludio de Lohengrin, de Richard Wagner, un compositor al que Chaplin es muy aficionado… como Hitler, que convierte su trabajo en una suerte de música oficial del nazismo.





9-Un afeitado apurado: El compositor Meredith Willson, encargado de la música, no está presente cuando Chaplin rueda el afeitado en la barbería a ritmo de la Danza húngara número 5 de Brahms. El plan es usar un gramófono para marcar el ritmo de la escena y luego, ya en un estudio de sonido, dividir el material en diferentes fragmentos y volver a grabar la música para ajustarla del todo a los movimientos del barbero, pero cuando Wilson y su equipo repasan lo que se ha rodado se quedan absolutamente impresionados: Chaplin ha clavado todos y cada uno de los movimientos con la música de Brahms, así que no hace falta un remontaje.





10. La vida en el gueto: ¿Sabe Chaplin lo que los nazis están haciendo exactamente con los judíos? Cuando las fuerzas aliadas empiezan a abrir campos de concentración y exterminio, un Chaplin horrorizado declara que, de haber tenido una idea más exacta de lo que estaba pasando en Europa, nunca hubiese hecho El gran dictador, al menos, no de esa manera. Algunas teorías sostienen que Chaplin sabe más de lo que afirma, porque voces como la de Jan Karski ya habían intentado avisar de lo que estaba ocurriendo incluso antes de que empezara la guerra, pero también porque Chaplin tenía amigos judíos en Europa y en Alemania durante la década de los 30. En cualquier caso, la película pertenece al muy reducido grupo de producciones sobre la vida del gueto en la Alemania nazi que han sido rodadas contemporáneamente a lo que están retratando. Una vez más, si Chaplin hubiese sabido al detalle las condiciones en las que se hacinaban los judíos, probablemente la imagen sería un poco más cruda que la que vemos (que ya es de por sí dramática). Llama la atención el idioma en que están rotulados los carteles en el gueto, que no es hebreo sino inglés y esperanto, una lengua universal inventada por el doctor Ludwig Lazarus, un oftalmólogo, precisamente, de origen judío.





11-Que nos devuelvan el dinero: Nikola Radosevic, que con los años se convertirá en guionista y director de cine, es un joven resistente en el Belgrado ocupado por los nazis, además de trabajar como proyeccionista en una sala de la ciudad. El día en que una copia de El gran dictador proveniente de Grecia cae en sus manos sabe que la puede armar buena, y vaya si lo hace: una noche, con su cine atestado por tropas ocupantes, Radosevic da el cambiazo y en lugar de la película anunciada empieza a proyectar la de Chaplin. Pasan los minutos en silencio. Parece ser que, al principio, el público no entiende lo que ocurre, luego empiezan los susurros, los espectadores que se revuelven en las sillas, el estupor ante lo que están viendo. Sobre el minuto 40 toda la platea es la viva imagen de la incomodidad. En ese momento un miembro de las SS salta como un resorte y se lía a tiros con la pantalla. Los espectadores se levantan y aprietan a correr. Reina la confusión, todos huyen en desbandada, del tiroteo y del caos, pero sobre todo de Chaplin.





12-El discurso de Hynkel: Adenoid Hynkel irrumpe en escena con uno de los momentos más memorables de El gran dictador. El mítin incomprensible y un pelín histérico ante unas masas enfervorecidas es una de las ideas que Chaplin toma de los discursos grandilocuentes de El triunfo de la voluntad. Para perfeccionar el carácter del personaje, Charlie se lleva a su hijo Sidney a ver los noticiarios cinematográficos, donde las declaraciones de Hitler son constantes. Precisamente es en la escena del discurso donde la capacidad de Chaplin para la improvisación y la pantomima se ponen a prueba. La lengua en la que vocifera es absolutamente inventada, aunque de vez en cuando destacan algunas palabras del alemán colocadas sin ton ni son ni ningún significado real. Lo mismo ocurre en los momentos en los que Hynkel se enfada a lo largo de la película, que son muchos, en los que llega a exclamar "cheese und craken" ("queso y galletas", más o menos) como si estuviese soltando el súmmum de todas las maldiciones.





13-El discurso de Chaplin (SPOILER): El clímax de la historia es una de las escenas con mayor despliegue de medios de la película. Cientos de actores y un nutrido grupo técnico se agolpan para rodar al barbero confundido con Hynkel, que se dirige a las tropas del ejército de Tomania. La idea es que suba al estrado, se coloque delante del micro y diga que no habrá guerra, y entonces los soldados tienen que empezar a bailar, locos de alegría… y fin. El material en color que Sidney Chaplin graba durante el rodaje nos permite ver cómo habría sido la escena, pero también a Charlie vestido de Hynkel, cada vez más incómodo, que se mueve arriba y abajo dando instrucciones y acaba discutiendo con su asistente. Algo no le convence, no acaba de funcionar, la escena planeada durante meses se desgaja en el momento justo de realizarla. Desde que se concibió hasta el momento presente Chaplin ha visto estallar una guerra en la que el rápido avance de las tropas nazis ha ocupado casi toda Europa. Cuando los ejércitos de Hitler entran en París se produce una conmoción a escala planetaria que también golpea al cineasta. Ese día, en medio del caos del rodaje, se sienta a escribir un discurso en el que abandona al barbero por un instante y empieza a hablar como Charles Spencer Chaplin. Y ahí es donde el cineasta encuentra lo que andaba buscando: el material rodado con los soldados se desecha y la escena final apuesta todas sus cartas al poder de la palabra. Chaplin apenas parpadea en los casi cinco minutos que dura el parlamento, mientras al fondo suena el mismo preludio del Lohengrin de Wagner que ha utilizado antes en la escena del baile con el globo. El memorable discurso puede sonar algo lacrimógeno, pero Chaplin lo suelta a bocajarro en el verano de 1940, el mismo día en que Hitler aterriza en París. Lo repetirá poco después, en una emisión radiada para todos los Estados Unidos. Las palabras del hombrecillo que hasta entonces solo había hecho cine mudo resuenan con fuerza, agarran al espectador a la silla y se le pegan a la garganta cuando, unos segundos más tarde, la película se cierra con el rostro resplandeciente de Paulette Goddard.





14. Censurado: Mira tú por dónde, resulta que Hitler censura la película. Se conoce que hay algo, un quítame allá ese bigotito, que no acaba de ser del gusto del Führer. La prohibición no se limita a Alemania (donde no se verá hasta 1958) sino que se extiende a todos los territorios ocupados por el ejército nazi. Esto es, en casi todo el continente europeo. A eso podemos sumar que a Mussolini la película no le mata de entusiasmo y que Irlanda, obsesionada con la neutralidad, decide que mejor prohibirla y no buscarse líos. ¿Y a este lado de los Pirineos? Pues imagínense ustedes, a la lucecita del Pardo el mandatario bajito y despótico que se desgañita ante los micrófonos y saluda brazo en alto tampoco le deja muy buen cuerpo, cosas de empatizar con el personaje que no toca, así que hasta su muerte en 1975 los cines españoles no proyectan El gran dictador. En Italia, tras la caída del fascismo la película se exhibe públicamente pero sin las escenas que implican a la mujer de Napaloni, en un curioso gesto de respeto hacia la viuda de Mussolini. Por cierto, el arquitecto Albert Speer, ministro de la guerra y amigo de Hitler, insiste en que éste nunca vio la película, pero… cuando las tropas norteamericanas entran en Berlín, el guionista Budd Schulberg recibe el encargo de inventariar fotografías y grabaciones que puedan servir como prueba para los juicios de Núremberg, y en su búsqueda de material se encuentra con una relación de las películas que Hitler vio en su residencia particular. El gran dictador figura entre ellas. Y pone que la vio dos veces. Cuando Chaplin se entera de este descubrimiento exclama: "¡Daría lo que fuera por saber lo que pensó!".





15. Victoria: El 15 de octubre de 1940 la premier de El gran dictador tiene lugar simultáneamente en el Astor y en el Capitol, dos cines de Nueva York. Un catálogo de celebridades asiste al evento, capitaneadas por el presidente Roosevelt. Chaplin y Paulette Goddard se desplazan de un cine al otro para presentar la película, y se quedan a verla en el Capitol acompañados del escritor H.G. Wells, entre otros. Al acabar la proyección las dos plateas se vienen abajo en un estruendo de aplausos y vítores. Tras años de tensión y presiones por todos lados, Chaplin lo ha logrado. Eso sí, hasta la entrada de los Estados Unidos en la guerra, simpatizantes americanos de los nazis intentan boicotear algunas proyecciones a lo largo del país, e incluso lanzan pintura roja contra las pantallas de algunos cines. Nada de esto impide que la película se convierta en el mayor éxito de Chaplin en todo el mundo y en un auténtico fenómeno en América. La crítica también la recibe entusiasmada y los Oscar la nominan a cinco estatuillas. En Europa, las amenazas del gobierno británico durante la preguerra han sido sustituidas por una sintonía total, así que la película se estrena en Londres durante la Batalla de Inglaterra y provoca auténtico furor entre los ingleses, necesitados de este tipo de cine en horas tan críticas, y más si viene de un compatriota como Chaplin. Cuando Francia es liberada, el general Eisenhower encarga que se doble al francés para que se exhiba en todo el territorio galo. El avance de la película va paralelo al del ejército aliado, pero su verdadera dimensión se puede apreciar cuando los tambores de la guerra se callan y su valor propagandístico se queda obsoleto en favor de su alegato pacifista. Es en ese momento cuando El gran dictador ocupa su verdadero lugar, allá, muy arriba, en la historia del cine.



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