15 claves que quizá no conozcas sobre "Nosferatu"

Fuente: Manel Carrasco

15 claves que quizá no conozcas sobre "Nosferatu"

Un atildado caballero de cejas enarcadas y larga capa negra llama a tu ventana a medianoche y, contra todo pronóstico, no es de la tuna. Sorprendentemente, en lugar de pegarte un susto de muerte, echarle un cubo de agua hirviendo y llamar a la policía, le das permiso para que entre. Porque el gentleman en cuestión tiene estas cosas: es capaz de dar la murga en horas intempestivas pero luego es demasiado educado para entrar si no se siente invitado.

El caso es que el tío se mete en tu cuarto, pone cara de Christopher Lee, abre la boca con una sonrisa picarona… y te hinca el diente. Y tú, en un extraordinario ejercicio de cortesía con los invitados, no le dices nada y dejas que vaya haciendo, que ya se cansará. Visto desde fuera cualquiera diría que estáis para que os encierren, que esa no es manera de conducirse en sociedad, ni el caballero ni tú. Pero tú has visto muchas películas, has leído bastante y tienes muy claro qué está pasando: estás ante un vampiro. Aunque no descartemos tan rápidamente a la tuna.



Y de eso estamos hablando aquí: de una película de vampiros. Otro proyecto más. Un nuevo eslabón en la carrera de un director barbilampiño armado de talento y cargado de fantasmas. Solo una muesca en el joven género de terror de la joven industria cinematográfica de la aún más joven Alemania de Weimar. Nada capaz de conjurar todos los traumas de una generación de postguerra, ni de esconder en cada extremo de sus fotogramas un mundo de códigos esotéricos, ni de despertar las iras de la ley hasta extremos realmente peligrosos. Nada, en definitiva, con vistas a perdurar ni a crear escuela. Nadie se acercó a Friedrich Wilhelm Murnau en una pausa del rodaje y le comentó que podía ser que su nueva película sentara las bases de un género entero, se enraizara en el imaginario común, sufriera la persecución de las fuerzas de orden público, pasara a la clandestinidad… No hubo nadie que interrumpiera el rodaje a gritos y avisara a este joven director alemán de que lo que estaba haciendo podía ser muy, muy grande. Puede que nadie lo hiciera, simplemente, porque él ya sabía que "Nosferatu" (1922) sería una obra maestra. Vampiros hay de todo pelaje, pero pocos como el conde Orlok.



1-Recuerdos de la Gran Guerra: Una noche de invierno de 1916, un grupo de soldados alemanes se acurrucan alrededor de un fuego en una inhóspita granja de Serbia. Hace frío, están lejos de sus casas y la guerra no parece tener fin; ante semejante panorama no es de extrañar que el ambiente no sea para bailar agarrados, ni que, en un momento particularmente lúgubre, se pongan a hablar de vampiros. De repente, una voz surge de entre las sombras: un anciano campesino, de origen rumano, se acerca al fuego y les explica la historia de su padre, un mal hombre que murió en un accidente sin recibir confesión. Tras enterrarlo –cuenta el recién llegado- una plaga de muertes asoló la región, siempre acompañadas de una figura terroríficamente familiar: su padre se había convertido en un vampiro. Una mañana, un destacamento que él mismo encabezaba abrió la tumba de su progenitor y le hundió una estaca en el pecho. El campesino relata el horror que asoló sus corazones al ver cómo el cadáver se retorcía y profería terribles gritos, hasta desaparecer en una nube de polvo. Los soldados alemanes lo escuchan, mudos de la impresión. Siempre recordarán esa historia. Uno de ellos es un joven inquieto, interesado en el mundo del ocultismo, llamado Albin Grau. Años más tarde, el recuerdo de aquella historia lo lleva a idear un proyecto para su joven productora de cine: Nosferatu. Pero Grau no es el único en calarse los huesos en una trinchera de “la guerra que debía acabar con todas las guerras”.


2-Plumpe: Friedrich Wilhelm Plumpe nace en Bielefeld, cerca de Westfalia, en diciembre de 1888. Siendo muy joven entra como actor en la compañía teatral de Max Reinhardt, pero como su padre no quiere saber nada de veleidades artísticas, Plumpe decide adoptar el nombre de una pequeña ciudad, refugio de artistas: Murnau am Staffelsee. Allí tiene una residencia familiar su novio, el poeta Hans Ehrenbaum Degele. Son días de formación, en los que el futuro director conoce a poetas, pintores, estetas de toda clase… Y entonces estalla la I Guerra Mundial. Murnau sufre un grave accidente como piloto del que sobrevive por los pelos y el final de la contienda lo encuentra en Suiza, donde se recupera de las heridas. No todos tendrán su suerte: Ehrenbaum Degele no regresará jamás del frente ruso. Instalado en Berlín, Murnau empieza a trabajar en la poderosísima industria del cine alemán y pronto su talento lo convierte en un prolífico director. Cuando Albin Grau recurre a él en 1922, con el libreto de Nosferatu en la mano, su carrera ya augura grandes cosas. Títulos de la talla de Phantom (1922), El último (1924) o Fausto (1926) supondrán una consagración por todo lo alto. Su desembarco en Hollywood no hace más que confirmar la tendencia, hasta el punto de convertirse en el primer ganador del Oscar al mejor director de toda la historia del cine gracias a Amanecer (1927). Consagrado internacionalmente, instalado en la meca del cine, alejado de una patria a punto de precipitarse en el infierno, a Murnau le espera un futuro brillante… pero el destino le tiene reservada una última jugarreta. En 1931, mientras avanza por la costa de California en un Rolls Royce conducido por su ayudante de solo 14 años, el coche pierde el control y se estrella contra una torre eléctrica. Murnau, el aviador que tuvo la insólita suerte de sobrevivir a ocho accidentes durante la I Guerra Mundial, muere en un choque fortuito, en tiempos de paz, y con los pies en el suelo. Su funeral, celebrado en Alemania, cuenta con un parlamento de Fritz Lang y la asistencia de Greta Garbo y de Emil Jannings, entre otros.



3-Grau el ocultista: Productor, ideólogo, director de arte, publicista y lo que le echen. Albin Grau es el auténtico hombre orquesta de Nosferatu y sin él, por encima incluso de Murnau, la película no sería lo que es. Nacido en 1884 cerca de Leipzig, Grau lucha en el Frente Oriental durante la I Guerra Mundial y al finalizar la contienda se instala en Berlín y empieza a trabajar haciendo publicidad para el cine. Suyos son los carteles de un puñado de clásicos del expresionismo alemán. Por aquellos años, su interés por el ocultismo lo lleva a convertirse en el Gran Maestre de la Logia Lichtsuchenden Brüder y a relacionarse, entre otros, con el mago y alquimista Aleister Crowley. Grau es un hombre inquieto, capaz de fundar logias, editar revistas y pintar cuadros. A nadie debe extrañar, y menos aún trabajando en el mundo del cine, que monte una productora como Prana Films con la que dar cabida a sus intereses. Tras la quiebra de la empresa, Grau trabaja de director de arte en un par de títulos más, entre ellos Sombras (1923) de Murnau. Y entonces llegan los nazis, poco amantes del esoterismo, y el rastro de Grau se pierde. Como no podía ser de otro modo en alguien con su trayectoria, su figura se diluye entre las sombras. Unas versiones dicen que huye a Locarno en 1938, y que regresa a Berlín tras la guerra hasta su muerte en 1971. Otras, en cambio, afirman que es detenido por el asfixiante aparato nazi y muere en 1942 en Buchenwald. Sea como sea, su frenético ritmo de actividades se para en seco en los años treinta, y ya no sabemos nada más de él.


4-El alma del vampiro: El trabajo de Max Schreck es tan perturbador que pronto se extiende la leyenda de que aquello no puede ser una simple interpretación, que ni el más extraordinario de los actores puede componer un personaje tan ponzoñoso. Schreck tiene que ser un vampiro. A esta falsa creencia contribuye el hecho de que el gran público no tenga constancia de que haya participado en otras películas, como si hubiese emergido de ultratumba para aparecer en Nosferatu y acto seguido desaparecer en la noche. Bien, vamos a desmontar el mito: Friedrich Gustav Maximilian Schreck nace en septiembre de 1879 en Berlín. Su interés por el teatro lo lleva a unirse a la compañía de Max Reinhardt, con la que hace giras por Alemania interpretando, entre otras, obras de Bertolt Brecht. Su debut en el cine se produce, curiosamente, con una adaptación de El alcalde de Zalamea (1920). Luego viene Nosferatu, pero su carrera en el mundo del cine no acaba aquí, sigue acumulando títulos e incluso colabora de nuevo con Murnau en Las finanzas del gran duque (1924). Schreck, casado con la actriz Fanny Normann (que aparece en la película como la enfermera que atiende a Hutter), esconde bajo su faceta de actor perfeccionista, a un bromista especializado en parodiar caracteres grotescos, pero también a un místico introvertido que ama la soledad y la naturaleza. Su temprana muerte, víctima de un infarto en 1936, contribuye a engrandecer el mito del actor-vampiro. Otra leyenda dice que, en realidad, el hombre bajo la máscara es el actor Alfred Abel, una de las grandes estrellas del cine alemán de la época. Pero todo es falso, Max Schreck es un actor de carne y hueso, y de tomo y lomo. Por cierto, Schreck, en alemán, significa “terror”.




5-Luciano Berriatúa: A menudo el papel del historiador, del conservador, y del rescatador del cine no se valora como debería. Para el caso que nos ocupa, la reflexión es perfectamente válida. No podemos hablar de Nosferatu tal y como se concibió sin hacer mención a Luciano Berriatúa. Guionista, director de cine y restaurador, en 1977 descubre en los archivos de la Filmoteca Española una copia de la película con una secuencia (la de la partida de cróquet) nunca vista. Aunque más tarde encuentra otra copia similar en la Cinemathèque Française, Berriatúa ya se ha dejado envenenar por la mirada del conde Orlok, a cuya película dedica varios estudios. Con los años, diversos restauradores trabajan para recomponer el film, a veces siguiendo los criterios plasmados por Berriatúa en sus textos, pero el resultado final nunca es óptimo. Un día, leyendo un libro sobre Nosferatu, esta especie de Indiana Jones metacinematográfico descubre una anomalía en las dos copias que se conservan en la cinemateca de París. Una intuición lo lleva a viajar a la capital gala, con la expectativa de encontrar algo nuevo. Una vez allí, Berriatúa coloca el celuloide en la moviola, pone en marcha el aparato… y bingo. En sus manos tiene una copia de la película original, tirada del negativo de rodaje, donde está todo, y todo en perfectas condiciones. Un tesoro digno del doctor Jones. Al salir del recinto no le persigue una bola de piedra gigante, ni una tribu de parisinos con taparrabos y curare, pero el periplo no ha acabado: tienen que pasar los años (y las versiones) hasta que, en 2006, el material de París cae en manos apropiadas y se realiza una restauración fidedigna. Berriatúa escribe libros sobre Murnau, realiza documentales e incluso se desplaza a las localizaciones donde se rodó Nosferatu. Es de justicia señalar que una parte de la información volcada en este artículo procede de sus textos. Sin él, la obra maestra de Murnau no tendría la restauración que se merece.

6-Notas sobre guión: El guión de Henrik Galeen (monstruo del cine alemán) está lleno de anotaciones a mano sobre tipos de planos, ángulos y otros criterios de realización. Cualquier director se pondría de los nervios ante lo que representa una flagrante invasión de sus competencias, pero a Murnau ya le conviene: El escaso presupuesto con el que cuentan obliga a rodar con una sola cámara y Galeen tiene las ideas lo suficientemente claras como para que sus indicaciones sean una buena guía de trabajo. Lo que ocurre es que Murnau tiene la costumbre de modificar, recortar y reescribir a su antojo. Y si a eso añadimos las aportaciones de Grau al conjunto, cuesta discernir qué pertenece a uno o a otro.

7-Azul nocturno: Los vampiros prefieren la noche, pero los equipos de rodaje no. Murnau rueda de día muchas de las escenas nocturnas de su película, consciente de que el tintado azul será suficiente para evitar equívocos. El problema es que muchas versiones posteriores no respetan la división de las escenas por colores y condenan el conjunto a un insulso blanco y negro. En consecuencia, lo que ve el espectador es al conde Orlok paseándose por las calles de Wisborg bajo la luz del sol. La copia restaurada corrige esta incoherencia y devuelve a la película sus tintados de origen: amarillo para las escenas con luz (sea natural o artificial) y azul para las nocturnas.


8-El carruaje blanco: Murnau tiene una idea brillante sobre guión, pero de bombero a la hora de realizarla: el viaje en carro de Hutter, conducido por el propio conde, debe tener una cualidad sobrenatural, casi de pesadilla. Vale. Genial. Una gran idea. Ahora, estimado director, ¿cómo se hace eso? Pero Grau es un hombre de recursos: retira las telas negras que cubren el carruaje, el cochero y los caballos, y las sustituye por otras de color blanco. Murnau rueda la escena haciendo girar lentamente la manivela de la cámara. Esto provoca que la acción transcurra a una velocidad anormal, con los personajes y el entorno totalmente acelerados. Acto seguido, se monta la escena utilizando el negativo de la película, y con el cambio de color en los ropajes se consigue el efecto deseado. El carruaje aparece en negro, pero el bosque es de un inquietante color blanco.

9-Corriendo por la playa: Ruth Landshoff, que interpreta a Annie, cuenta que su inexperiencia en el mundo del cine la lleva a arruinar una toma de la película. Están rodando en la playa, y a su personaje lo persigue el conde Orlok. Murnau le pide que corra, y ella lo hace con todas sus fuerzas… hasta que se sale del cuadro. El problema es que si vemos la película constataremos que no hay ninguna escena como la que describe Landshoff. No existe ni rastro de este metraje en ninguna de las copias que se conservan. ¿Dónde demonios fue a parar la escena de la playa?



10-Prana Films: La productora de la película esconde en su nombre la obsesión ocultista de Albin Grau. “Prana” es un término del sánscrito para referirse al “fluido vital”, es decir, a la sangre. El sacrificio de la sangre, su derramamiento, es el único modo de que la luz triunfe sobre la oscuridad y el mal. Este “fluido vital” se convierte en centro de interés para la comunidad ocultista, que ve en él la representación del alma, una parte de la gran vida universal que tomamos todos y cada uno de nosotros, y que podemos transmitir a otros a través de la sangre. Por eso el tema del vampirismo es tan importante. El símbolo de la productora, por cierto, es un yin tumbado encima de un yang. La luz blanca venciendo a la negra oscuridad. Pero la simbología de la película no acaba aquí: en la carta que Hutter entrega a Orlok, en los grabados del laboratorio del profesor Bulwer o en las paredes del manicomio de Knock hay un mapa de signos y señales que demuestran hasta qué punto la dirección artística de Grau no deja nada al azar.

11-Nosferatu: Bram Stoker afirma en su novela que la palabra “Nosferatu” significa “no muerto” en rumano. El carácter canónico de “Drácula” ha contribuido a fijar esta idea en la cultura popular, pero es completamente falsa. En rumano a los no muertos se los llama “strigoi”, nada que ver etimológicamente hablando con el título de la película. De hecho, “Nosferatu” no existe en esa lengua, lo más parecido que encontramos es “nesuferitu”, que significa “el innombrable” y proviene, posiblemente, del griego “nosophoros”: “el portador de la enfermedad”. Eso es precisamente lo que hace Nosferatu en la película: extender la peste por Europa.

12-Quemados por el sol: La sabiduría popular nos recuerda que a los vampiros el sol les sienta fatal, con o sin agujero en la capa de ozono, que los puede abrasar por el mero contacto y reducirlos a un montoncito de cenizas. Pues bien, eso es falso. Si nos fijamos en la novela de Stoker, el conde Drácula no tiene remilgos a la hora de pasearse a plena luz del día por las calles de Londres. La supuesta aversión de los vampiros a la luz solar es un invento de Murnau para Nosferatu, casi un desesperado intento de singularizar a su personaje y alejarlo lo máximo posible de las iras de la viuda Stoker. No lo conseguirá, es evidente, pero de manera involuntaria añadirá una nueva cualidad al mito del vampiro que ha sobrevivido hasta nuestros días.

13-Un ataúd lleno de ratas: Wolfgang Heinz interpreta al segundo de a bordo en el barco que transporta los ataúdes de Orlok hasta la ciudad de Visborg. Su papel en la función es simple: habla con el capitán, baja a la bodega, abre el ataúd y… Murnau no le cuenta lo que se va a encontrar, pero sí le dice que se tiene que asustar. Y vaya si se asusta. El director ha colocado doce ratas en el cajón de madera, sobre un doble fondo con una plancha de metal al rojo vivo. Las ratas se están abrasando, aterrorizadas, así que cuando el pobre Heinz abre la tapa le saltan encima y se le suben por las piernas. El marinero de pega empieza a gritar y a agitarse, pero los malditos roedores no se quieren bajar de allí ni muertos. Histérico, corre a cubierta y se tira por la borda, tal como hace su personaje en la película. Murnau busca realismo y realismo es lo que encuentra. El salto al agua que vemos en Nosferatu no se corresponde con ese momento, básicamente porque solo cuentan con una cámara para grabar toda la escena, pero la cara de terror de Heinz es genuina.




14-El Festival de Nosferatu: Albin Grau diseña carteles, escribe artículos, idea eslóganes… todo con el objetivo de lograr con su película un estreno sonado. La gran premier tiene lugar el 4 de marzo de 1922 en Berlín, y la fiesta va a ser de traca. En el zoo de Berlín, en un fastuoso recinto de mármol, se celebra un evento al que se invita a la alta sociedad a asistir vestidos con ropajes de la época de la película. Todo se diseña a lo grande y la respuesta parece entusiasta. Sin duda, asistiremos a uno de los grandes acontecimientos culturales de la época, al estreno de una película que causará furor y permanecerá grabada en la memoria colectiva de generaciones. Y es entonces, en ese momento en el que todas las ensoñaciones parecen posibles, cuando llega la demanda judicial y, con ella, el desastre.


15-La viuda enfadada: ¿Un vampiro de porte aristocrático que compra una casa en la ciudad y se enamora de la esposa del agente de la inmobiliaria? ¿Pretenden que creamos que pueden escurrir el bulto y no pagar derechos de autor solo porque han puesto una cartela diciendo que la película se basa en la novela de Bram Stoker? Venga ya, esos tíos deben pensar que Florence Stoker se chupa el dedo. Ni el cambio de nombre de los personajes, ni las diferencias superficiales entre ambos (además de la aversión al sol, la mordedura del sosias cinematográfico no produce nuevos vampiros, y se refleja en un espejo), ni el detalle de pintar a Orlok como un tipo más feo que pegarle a un padre… Nada impide que les caiga una demanda que los dejará secos, y nunca mejor dicho. El tribunal falla en favor de la iracunda viuda y ordena una medida draconiana: la destrucción de todas las copias de Nosferatu. De todas. De todas y cada una. Imaginaos el triste destino que se le reserva a una de las obres cumbres de los orígenes del cine, reducida a trocitos de celuloide quemado flotando por encima de una pira. La cosa tiene muy mala pinta, porque además Frau Stoker se aplica a ello con persecutoria determinación. Invertirá años, hasta su muerte, con el empeño de que no quede ni rastro del robo perpetrado a su difunto esposo. Teniendo en cuenta que éste frecuentaba también los círculos ocultistas se puede pensar en una disputa entre logias, aunque otra explicación, mucho más prosaica, sugiere que la viuda tiene que comer, y que su único sustento son las obras de su marido. En cualquier caso, Prana Films se va al garete, pero Nosferatu se salva por los pelos. En el momento en que se dicta la sentencia en su contra la película ya se ha distribuido internacionalmente y algunos particulares por todo el mundo esconden copias para evitar su desaparición. Y allí quedan, a la espera de que las encuentre Luciano Berriatúa.




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