10 razones para ver..."Southcliffe"

Fuente: Joan Ramis Boscana

La quietud del amanecer se rompe con el estallido de los disparos en la lejanía: ya nada volverá a ser como antes. Los vecinos se desvelan con el corazón encogido y los ojos desorbitados. Descorren las cortinas, recelosos; observan a través de las mirillas conteniendo la respiración; detienen sus manos temblorosas cuando se llevaban una taza humeante de café a los labios. El terror se instala en el pueblo donde nunca pasa nada como un invitado indeseado.

Así despierta una comunidad que jamás había suscitado el menor interés para nadie cuando un sonido atronador se viste de vaticinio agorero, una población cuya existencia había pasado desapercibida incluso para el más curioso, donde las más ínfima de las novedades es estimada como un hecho merecedor de ser noticiable por sus habitantes. Pero nadie había anunciado en "Southcliffe" una masacre tan bárbara. Nadie en su sano juicio hubiese podido predecir que un municipio tan remoto, apartado siempre de los focos de atención, sería alguna vez un infeliz protagonista.

De la mano de Channel 4 conoceremos un relato preñado de una realidad asfixiante, pero bellamente filmada. Por eso Filmin no quiso desperdiciar la oportunidad de contar con una ficción que es garante de una calidad indiscutible. Os ofrecemos diez razones para que os hagáis una idea de la brillantez de Southcliffe, pero podrían haber sido muchas más:

1. Sean Durkin detrás de la cámara: Hace apenas tres años, un joven cineasta llamado Sean Durkin realizaba su primera incursión en el campo de la dirección y estampaba su rúbrica en el libreto de una opera prima denominada Martha Marcy May Marlene. El producto final fue capaz de aunar el calor del público y la ovación de la crítica, a las que siguieron un aluvión de nominaciones y premios en diversos festivales internacionales, entre los que se encuentra el galardón a Mejor Director en Sundance. La agudeza del canadiense cuando se parapeta tras el objetivo es argumento suficiente para que nos dejemos llevar por una de sus historias. En el caso de Southcliffe, Durkin es el responsable de que nos sintamos subyugados ante lo que nuestras retinas visualizan, pues resulta imposible apartar la mirada de una narración exenta de ornamentaciones. Con un estilo sobrio, descarnado, silencioso… Con una composición de planos jamás dejada al azar, este talentoso director imprime su sello más personal para una producción de notable factura.

2. Un guión de Tony Grisoni: Un escritor que ha forjado su carrera a base de sudar tinta a raudales allana el camino de cualquier producción. El guión es el fundamento de toda ficción, el sostén que soporta todo su peso. Es el esqueleto mediante el que se vertebra toda la trama y que despierta emociones en el espectador. Por eso mismo, la mente que haya concebido la tragedia que se avecina en Southcliffe debe de ser una bregada en mil batallas, experimentada en las contiendas que presenta el drama cuando el guionista tiene que enfrentarse a lo infausto de su propia imaginación. Su pulso no puede admitir titubeos en los pasajes donde todo parece desmoronarse, tal y como demuestra Tony Grisoni en cada una de las secuencias que componen esta miniserie. Alguien que ha firmado los guiones de Miedo y asco en las Vegas y Tideland -ambas dirigidas por Terry Gilliam- es sinónimo de fiabilidad. Una dilatada carrera como guionista sobre sus espaldas y seguramente miles de páginas rasgadas y teclados aporreados son avales a tener en cuenta.

3. Ritmo pausado: Southcliffe no se caracteriza, precisamente, por mantener un ritmo vertiginoso, antes todo lo contrario. Su cadencia reposada y la placidez que inspiran sus planos confieren a la miniserie una atmósfera que invita al desasosiego. Cuán diferente hubiese la ficción si se le hubiese impuesto un compás más frenético, propio del thriller policiaco al uso. En este caso, guionista y director abrigaron la posibilidad de relatar un desdichado suceso desde una inquietante tranquilidad, la cual casa a la perfección con los funestos acontecimientos que se desarrollan a lo largo de la trama. Los hechos acaecidos en un pueblo tan retirado cogen totalmente desprevenidos a sus habitantes, así como también al público, y un ambiente donde se respira una relativa calma no hace sino propiciar que la sorpresa sea aún mayor. Más amarga. Un acierto en toda regla por parte de los autores de una obra que, al margen de tratar una temática un tanto macabra, se saborea cocida a fuego lento.

4. Realismo de las interpretaciones: La verosimilitud de las interpretaciones que realizan los actores que forman parte de esta desgraciada historia es, sin duda, uno de los puntos fuertes de esta producción. Ya sea sobre las tablas o delante de las cámaras, los ingleses siempre han demostrado cuánto estudian y miman sus actuaciones, cuidadas hasta el más mínimo detalle y dotadas de un realismo estremecedor. Una abundante cantidad de personajes es la que invade esta narración, y ninguno de ellos se distingue por una caracterización de cartón piedra, ni mucho menos. Nadie figura como mero relleno en Southcliffe. Sin contar con un protagonista claro, pues estamos hablando de un retrato coral, cada una de las vidas de este amplio abanico de secundarios es enfocada con multitud de tonalidades y ángulos. El arco de transformación que padecen los personajes, sus conflictos, sus contradicciones y los perjuicios ocasionados por un suceso tan fulminante quedan patentes en los roles que interpreta el reparto en su totalidad. Siempre fieles a lo que quieren contar con una extensa variedad de matices.

5. Acertado uso del flashback y flashforward: Son recursos narrativos a veces sobreexplotados en el cine y la televisión, cuyo abuso puede desviar la atención del público respecto al curso natural del relato si no son aplicados debidamente. Sin embargo, Southcliffe se sirve de un perfecto manejo de tales herramientas para guiar al espectador a través de su historia. Cada episodio representa el paradigma de los saltos en el tiempo; una lección ejemplarizante de cómo aprovechar esa técnica de manera elegante y atractiva. El transcurso cronológico de la miniserie es chocante, y a primera vista puede incluso resultar caótico o desordenado, pero cuando uno se adentra de lleno en la trama y se deja mecer por sus vaivenes, entiende la maestría con que director y guionista han sabido orquestar un enredo impecablemente organizado. Su trayectoria no es lineal, si no que avanza y retrocede, se solapa. Se detiene para hacer un alto en el camino y vuelve a progresar. Y todo encaja.

6. Multitud de puntos de vista: La ingente cantidad de personajes que pueblan esta ficción concede una enorme diversidad de perspectivas, la cual contribuye a que el público pueda conocer de cerca las vicisitudes que atraviesan los protagonistas antes, durante y después de los asesinatos. Uno puede atestiguar, de esta manera, cómo discurren sus vidas en la intimidad de sus hogares, cómo es su cotidianeidad, cuáles son sus motivaciones, con quién permanecen enemistados, a quién aman. Se destapan los secretos y se disecciona su día a día para que después todo se difumine en función de un episodio tan atroz. Las daños causados por los atentados son irreparables y sus víctimas colaterales ya no podrán olvidarlos. Por mucho que se obstinen, sus vidas quedan empañadas. Cada cual tratará de lidiar con los rastros que deja semejante pesadilla a su manera: arrepintiéndose de errores que ya no pueden enmendar, afrontando su futura existencia echándole valor, o sucumbiendo a la resignación. Un drama extremadamente humano que busca, mediante enfoques dispares, la identificación con el espectador, a pesar de que éste cuente con la fortuna de no haber experimentado nunca nada parecido.

7. Un periodista se reencuentra con su pasado: Desde la redacción de la cadena de televisión en la que trabaja, David Whitehead es enviado hasta Southcliffe -el pueblo que lo vio nacer- para cubrir los sucesos que han sembrado el pánico entre la modesta población. Sus superiores confían en que los conocimientos que el lugareño atesora sobre la localidad en cuestión serán de utilidad para una cobertura satisfactoria. No obstante, el periodista guarda un recuerdo ciertamente penoso sobre su infancia, repleto de pasajes sombríos. Southcliffe evoca la memoria doliente de un niño abatido y marginado. El hazmerreír de aquellos que compartían su edad. Whitehead, llevado a la vida por Rory Kinnear, tiene que batallar contra la aflicción de un pasado que lo ha acompañado siempre, y que parece impedirle llevar a cabo su misión como reportero. Los recuerdos le carcomen a medida que redescubre rincones que pretendía haber olvidado. Se desentiende de las pistas que había empezado a recabar nada más regresar al lugar - demostrando dotes de periodista astuto y avezado- para saciar unas ansias de venganza incontenibles hacia el pueblo y sus habitantes. Una mente emponzoñada por una triste niñez que pone en peligro el noble ejercicio de la búsqueda de la verdad. Una de las tramas que consigue profundizar en la oscura realidad que se cierne sobre Southcliffe.

8. Los motivos de un asesino: Esta miniserie no se empeña en esconder el rostro del monstruo para que lo podamos desenmascarar durante el desenlace. No. Desde que comienza la historia, el público se convierte en testimonio privilegiado de la rutina de Stephen Morton para que después trate de entender sus posteriores actos. Sean Harris es el encargado de enfundarse en la piel de un antiguo militar que, hastiado de los vilipendios a los que se ha visto sometido por parte de sus vecinos, un buen día se arma con todo su arsenal y empieza a disparar a discreción contra cualquier desafortunado que se cruce en su camino. Al cuidado de su achacosa madre y tras haber vivido una infancia traumática, Morton es víctima de burlas y desprecios, humillaciones que no justifican sus actos bajo ningún concepto, pero que ayudan a comprender como una cabeza ya enloquecida por lo que le ha regalado la vida puede estallar como una bomba de racimo. El público es incapaz de posicionarse del lado de un asesino, a sabiendas de su crueldad. Pero el juicio moral que plantea Southcliffe no deja de ser interesante, sobre todo si un ser humano sabe que no tiene nada que perder lanzándose al vacío, habiendo sido otros los que lo han acorralado hasta borde del abismo.

9. Inquietante belleza del lugar: Southcliffe es un pueblecito ficticio inglés, rodeado por una extensa campiña verde y empantanada. Una región cuya belleza resulta innegable y que no pasó desapercibida ni para el director de la miniserie, Durkin, ni para el responsable de la fotografía, Mátyás Erdély, que no escatiman en obsequiar al espectador con planos prolongados del enclave natural sobre el que se asienta el municipio. El contraste entre la angustia que deben soportar los personajes de la ficción y la serenidad que rezuma el lugar produce un efecto hermosamente contradictorio y turbador, como si resultase inconcebible que una matanza de semejante envergadura pudiese tener lugar en medio de un paraje tan bucólico. Gracias a la fijeza de la cámara y a un Mátyás Erdély que hace uso de un estilo especialmente frío, el emplazamiento acaba resultando casi idílico. Una localización que cumple con los rasgos de rigor para se respire una armonía perpetua, un sitio en el que sería impensable que los horrores pudieran inmiscuirse en su calma.

10. 4 capítulos. Ni más ni menos: Todos sabemos que los británicos son especialistas en la elaboración de miniseries, puesto que ya han fabricado un buen número de joyas confeccionadas a base de engarzar escasas piezas que acaban conformando un producto final sencillo y refinado, como es el caso de Southcliffe. Cuatro capítulos cuya duración no excede de los 45 minutos son suficientes para que entendamos la fatalidad a la que deben hacer frente los habitantes de este recóndito pueblo. Cada episodio es un salto en el tiempo distinto donde el enfoque de los personajes se multiplica. 180 minutos que enmarcan un suceso sobrecogedor y que pueden degustarse en una sola tarde. No es necesario alargar la tragedia e ir más allá, pues la condensación del drama distribuido en cuatro entregas es la medida exacta para saciar los paladares más tolerantes, ya que esta producción es de un consumo incómodamente placentero.

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