Los ecos del Oscar resuenan en Mauritania
Guarda referencias directas al cine francés, al neorrealismo italiano o incluso a "Four Lions", y sin embargo, hablamos de cine intrínsicamente africano. Tras ser mundialmente aclamada a su paso por Sección Oficial de Cannes (donde se hizo con el Premio del Jurado), "Timbuktu" presenta credenciales para luchar por el Oscar como la primera candidata a la estatuilla que representa a Mauritania en todo su historia.
Ya se sabe, el buenrollismo que muchas veces despierta en Cannes contar con tan exótica presencia, se impone a los valores cualitativos que se le deben exigir a una película a competición en el certamen del glamour por excelencia. No fue el caso, sin embargo, de la poderosa y entrañable "Timbuktú". Sustentada en sus mútliples picos de grandeza, Abderrahmane Sissako tiene el arrojo y sabiduría necesaria de articular la denuncia partiendo de un laudable conocimiento del medio y gran fortaleza estética, atisbando una capacidad única de plasmar el realismo sustentándose en una sobrecogedora poesía, pero también un humor sorprendentemente esquinado que coquetea con lo delirante y absurdo. No en vano su ironía, arriesgada e inteligente, evoca la comedia deadpan escandinava o incluso la corrosiva "Four Lions". Estimulante contraste el suyo, plasmado de forma puntual en un partido de fútbol que unos niños disputan sin balón (que de hecho, fue uno de los momentazos del pasado Festival de Cannes), un islamista que fuma a escondidas y que es incapaz de hablar correctamente el árabe, o una apabullante panorámica de un estanque (no dorado) que incluso recuerda a "El Desconocido del Lago". Son tan solo tres significativos retazos, tres inolvidables momentazos que vislumbran su poderío. Y es que, el neorrealismo italiano o la nouvelle vague (principalmente Truffaut y sus "400 golpes") son otras de las ilustres referencias que Sissako tiene presentes.
Lo que "Timbuktú" retrata (o más bien poetiza) es una bella flor que marchita. Un pueblo pobre de dinero, pero rico en 'color' y alegría que es sumido en la ruina. Es su alma y corazón, aquello que el fundamentalismo ideológico le arrebata y que Sissako plasma sin atisbo de condescendencia ni efectismo alguno. Su principal arma es la opulencia artística, y en el mejor de los sentidos. Aquella que conciencia tanto como epata. Difícil misión la suya, que para mi sorpresa y alegría resultó cumplida. El Oscar aguarda a la espera, o al menos debería.