filmin radar: "Stories We Tell" - "The House I Live In" (parte III)

Autor: Montecarlo Fuente: Montecarlo

filmin radar: "Stories We Tell" - "The House I Live In" (parte III)

Como ya he señalado, la estructura de los dos documentales presenta momentos de giro que derivan en nuevos “capítulos”, enfoques diferentes de lo expuesto. Eso debería servir para que el espectador se conecte de un modo más intenso a la obra que visiona.

Lamentablemente, creo que en el caso de “Stories We Tell” no es así. La última media hora larga de la película es una mezcla de metalenguaje (documental que habla del documental) y terapia exorcista (no le deseo a nadie los problemas personales ni identitarios de la autora, ni tampoco su falta de resolución como narradora).

 

“The House I Live In” no deja de crecer y cada giro de la narración nos catapulta a una nueva dimensión que permite relecturas del material visionado con antelación. En ese aspecto la última media hora resulta espectacular tanto por lo que dice como por el modo en que está expuesto, incluidas resonancias a los Dead Kennedys.

 

Primero se nos muestra algo (de un modo claro, ordenado y aparentemente sencillo), para luego retomar el asunto, darle nombre y explicarnos qué es lo que realmente hemos visto. Es un ejercicio de construcción (de edición) de una brillantez difícil de describir, y que en sí mismo justifica todo el documental (no porque las demás partes tengan desperdicio, que no lo tienen, sino porque lleva el film a unas cotas imprevistas en un principio).

 

En el caso de “Stories We Tell”, como digo, el penúltimo salto narrativo nos lleva a más de media hora de deriva dramática. (El último salto viene en los créditos finales, como colofón). Es en esa parte donde la directora se muestra como alguien que no se ha querido mostrar y que, precisamente por eso, queda pésimamente retratada. ¿Cuál es el problema? Precisamente, la mirada.

 

Polley dice dar voz a todos por igual, aunque ella permanece supuestamente callada. Por descontado, como directora es la que tiene la última palabra, y la que ordena y reordena a placer la narración de los acontecimientos, para desplegar poco a poco el verdadero asunto. El problema es que ni ella misma sabe cuál es.

Si el documental de Sarah Polley hubiera sido una comparativa de versiones, o una indagación personal sobre las motivaciones que la mueven a realizar la película, toda desviación hubiera sido bienvenida: explorar los caminos posibles nos lleva a encontrar posibles respuestas, o al menos a haberlo intentado.

 

Pero no, en su caso decidió adoptar la postura contraria: al no mostrarse, se constituye narradora omnipresente, y viaja de un personaje a otro, de un tiempo a otro, desvelando poco a poco las distintas versiones de la historia de su madre, ocultas tras capas de mentiras y engaños, no sólo familiares sino también cinematográficos.

La situación se agrava porque casi todos los miembros de la familia están relacionados con el teatro, lo que aparentemente les autoriza a lanzarse a grandes reflexiones sobre lo que es una narración, cómo se construye, etc. Del drama personal-familiar pasamos a un distanciamiento nada bretchiano: no se nos incita a la acción, sino a presenciar como los diferentes miembros de la familia se extrañan de sus propias vidas al convertirlas en material de trabajo y, lo que es más lastimoso, a ver cómo todo eso se convierte a su vez en materia prima del film de Sarah Polley. (Y aquí ella se permite el lujo de hacer justo lo mismo que le prohibió hacer a su padre biológico, que es construir su propio discurso).

A pesar de lo dicho, el documental presenta momentos brillantes (demasiados, tal vez), que no se aprovechan y se amontonan, como las versiones de la historia y los recuerdos de los que aparecen en pantalla. Me temo que queda en manos de cada espectador dar con esas perlas entre tanto polvo.

 


IMPRESIONES DURADERAS

Decía al principio de este artículo que las primeras impresiones resultan engañosas. Tras varios visionados y la redacción de este post, yo me quedo con lo siguiente:

 

Cuando piense en “The House I Live In”, recordaré la voz de David Simon, su rostro de periodista curtido que ejerce la profesión según un código no escrito que todavía le llena de orgullo. Recordaré su honestidad, su indignación callada, su serenidad grave y su convicción. Recordaré los rostros de esas gentes que entre recuerdos familiares, bloques de edificios y celdas, luchan por conciliar su pasado y su presente, y por construir un futuro siempre incierto. Algo a lo que creo que Eugene Jarecki también se enfrentará, con mayor conocimiento de causa tras haber rodado este documental.

 

 

Cuando piense en “Stories We Tell” recordaré el rostro de la actriz que encarna a la madre de la directora, que ya se ha convertido en su verdadera madre gracias al poder de la imagen. Pensaré en esa impostura de los miembros de la familia, en la ambivalencia con la que se comportan frente a su hija y hermana (frente a la cámara), en la recreación de la realidad que, al fin, no resulta más que una representación. Y lo que es más, pensaré que a Sarah Polley le ocurrirá lo mismo que a mí, y puede que eso fuera lo que precisamente se propuso desde el principio: cambiar su vida por una fantasía vestida de realidad.

 

Para concluir: si quiero ser coherente debo pensar que lo anterior dice más de mí que de estos films.
Es por eso por lo que invito al lector no sólo a verlos, sino a hacerlo varias veces y a encontrar su reflejo dentro de estos documentales, tan distintos en todos sus aspectos, pero igualmente necesarios; porque los dos, a su modo subjetivo y fragmentario, retratan el mundo en que vivimos.

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