El mundo necesita a George Bailey

Fuente: Joan Ramis Boscana

La sociedad está sedienta de mensajes preñados de valores nobles, los necesita con urgencia. Nos atiborramos de desgracias, de infortunios. Nos va a dar un hartazgo de tanta fatalidad. Son aquellos perpetuados en el poder los que emponzoñan nuestras vidas, los que esconden la mugre bajo la alfombra y arquean una sonrisa burlona recostados en sus poltronas aterciopeladas. Y nosotros deslomándonos por cuatro duros, asfixiados por la cochambre de los de arriba mientras éstos nos observan con altivez.

Estamos faltos de héroes. Escasean los dechados de bondad. Acostumbrados a una realidad en la que los villanos triunfan y donde el mal prevalece sobre el bien, buscamos abrigo en la ficción, refugio para idealistas redomados. Un servidor se halla entre la corte de románticos que creen en el cine como válvula de escape. Y no sería justo destacar tan solo su efecto evasivo, pues me olvidaría de su capacidad inspiradora. Necesaria, indispensable. Un escaparate donde se exhiben maniquís en peligro de extinción cuya inmaculada conducta es digna de ser imitada para que no caiga en el olvido. La humanidad reclama líderes bondadosos, y no está de más escudriñar en el arte del celuloide para dar con estos paladines de la justicia y así servirnos de sus proezas. 

No sabemos cuál era el propósito de Frank Capra al adaptar para el cine un cuento como El mayor regalo, escrito por Philip Van Doren Stern. Imaginamos que pretendía crear una buena película, ¿qué clase de director no querría alcanzar esa meta al parapetarse tras la cámara? Pero ha sido con el paso del tiempo, desempolvando la cinta y sacándole lustre, cuando Qué bello es vivir ha sido considerada como obra maestra. El autor de semejante símbolo del séptimo arte no podía salir de su asombro décadas más tarde, al constatar cómo su relato cinematográfico se había convertido en uno de los grandes clásicos: “La película tiene una vida nueva y la puedo ver como si ya nada tuviera que ver conmigo. Soy como unos de esos padres cuyo hijo crece y se convierte en presidente. Estoy orgulloso, pero el mérito es todo del niño", sentenciaba Capra allá en 1984. Y es que en 1946 – el año de su estreno – la cinta no podía ni recuperar en taquilla la suma invertida en su presupuesto. Tampoco arrasó en los premios de la Academia, pues Los mejores años de nuestra vida se los iba a arrebatar todos. No se presagiaba en aquel entonces el nacimiento de un icono, ya que la película anduvo por las salas sin pena ni gloria. Si el film le debe un enorme favor a alguien debería pensar en aquel empleado de la productora que se olvidó de renovar su copyright veintiocho años después de ser registrado. Bendito despiste y bendito empleado. Si no hubiese sido por su descuido la película no hubiese pasado a manos del dominio público, siendo víctima de continuas reposiciones en televisión. Si no hubiese sido por ese lapsus no hubiéramos sido testigos de las andaduras de George Bailey, el héroe de a pie que el pueblo clama a gritos y que se cuela todas las Navidades en nuestro salón.

Porque es verdad. Estamos hasta las narices de la retahíla de noticias deprimentes que desfilan ante nuestros ojos en la televisión y en los periódicos. Estamos fatigados de que el vendaval de la corruptela deje como estela un paisaje devastado. Por eso el personaje encarnado por un joven e inspirado James Stewart siempre es bienvenido a ocupar un lugar en nuestras vidas. ¿Adónde quedaron las personas íntegras, cabales, capaces de sacrificarse por los demás en aras del bien común? Se antoja como una quimera tropezar con alguien que forme parte del rebaño capaz de erigirse sobre los demás como abanderado de la honradez. De ahí que recurramos al cine para aterrizar en las calles nevadas de un pueblo ficticio llamado Bedford Falls, en la víspera de Navidad.

Qué bello es vivir arranca con un murmullo. Susurros procedentes de distintos hogares que se unen en una sola plegaria. Los habitantes del municipio rezan por la salvación de uno de sus vecinos: el bueno de George Bailey. George, aquel hombre hecho a sí mismo que escogió el altruismo como filosofía de vida. Aquel que ya siendo un niño rescató a su hermano pequeño al caer en un agujero abierto en el hielo; aquel chaval que impidió que su primer jefe, fruto de un error fatal, envenenase a sus clientes al equivocarse de frasco. Frank Capra nos invita a recorrer las vicisitudes que atraviesa George en una narración que se absorbe en un pestañeo. Con un James Stewart que empezó a forjar su carrera con un papel inolvidable, el de un muchacho desprovisto de toda vanidad que abandona sus objetivos individuales pensando en el beneficio de todos. El actor, con pasmosa naturalidad, se enfunda en la piel de un joven al que no le queda más remedio que heredar el negocio de su difunto padre, llevando las riendas de una compañía de empréstitos dedicada a dejar dinero a quienes no pueden solicitarlo al banco. De esta manera se aleja de su destino George, que siempre había soñado con ir a la universidad y ver mundo. Su sino parece estar ligado a Bedford Falls, un pueblo demasiado pequeño para sus enormes aspiraciones, donde empieza a labrarse una carrera casi caritativa al prestar ayuda a los demás, de forma totalmente desinteresada.

Estamos hablando de un ser humano recto, virtuoso, magnánimo. Felizmente casado con la chica de la que siempre estuvo enamorado, una espléndida y hermosa Donna Reed. Padre de cuatro retoños que tienen un inmejorable modelo a seguir. Su familia le adora. Sus amigos le adoran. Bedford Falls le adora. Sobre todo cuando no le tiemblan las piernas al enfrentarse al tirano que gobierna el pueblo con mano de hierro, siendo dueño de la mayoría de los negocios que pueblan el lugar: un déspota señor Potter postrado en una silla de ruedas y llevado a la vida por un brillante Lionel Barrymore. Un antagonista que bien podría asemejarse a cualquiera de los políticos actuales que vienen asolando este país desde hace lustros. Encontraríamos a centenares de señores Potter escondidos en centenares de despachos en centenares de ayuntamientos. Los que no abundan son los personajes como George Bailey, que valora la posibilidad de quitarse la vida al verse económicamente arruinado saltando desde un puente, a pesar de que la oscuridad del río le advierta de que sus aguas están condenadamente frías. Impide tal desastre su afable ángel de la guarda – Clarence - el cual cae del cielo para poder conseguir sus alas ayudando al pobre protagonista. Una visión lúgubre de Bedford Falls es la que le ofrece el rollizo querubín a George cuando trata de explicarle cómo sería el pueblo sin su presencia.

Alguna vez lo hemos pensado, por doloroso que sea. Inventamos una realidad paralela donde nuestra figura brilla por su ausencia. Intentamos imaginar cómo serían las vidas de nuestros seres queridos si nosotros hubiésemos sido borrados de la faz de la Tierra. Cuando no queda ni rastro de nuestra sombra y nos dedicamos a vagar como fantasmas errantes, husmeando entre la existencia de los demás. Pasando inadvertidos. Durante ese tétrico paseo, George repara en la relevancia de sus acciones. Aprecia cuán importante es nuestro paso por el mundo y cómo afectan las decisiones que tomamos, especialmente cuando se toman por amor. Por diminutas que parezcan. 

Y ahí nos damos cuenta. Entonces sentimos unas tremendas ganas de vivir y nos dejamos llevar por un arrebato de filantropía. Recuperamos la fe en la humanidad gracias a la repercusión de nuestro buen hacer. Porque la película de Capra es una oda a la vida. Porque los ideales que rigen la actitud de George Bailey son un canto a la esperanza en tiempos aciagos. Y aunque a muchos les disguste la Navidad, este relato atemporal resulta más reconfortante cuando uno lo disfruta arrebujado bajo una manta y rodeado de lo suyos.

Qué bello es el cine cuando nos dejamos mecer por sus dulces vaivenes.

Y qué bello es vivir.

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