Crónica Sevilla 2018: “Joy” diamantes negros

Autor: Filmin Fuente: Filmin

Crónica Sevilla 2018: “Joy” diamantes negros

Tras alzarse con el Hearst Film Award, galardón especial creado en la última edición del Festival de Venecia que visibiliza y premia al cine dirigido por mujeres y el Premio a la Mejor Película en el reciente Festival de Londres,llega a Sevilla el segundo largometraje de ficción de la cineasta alemana Sudabeh Mortezai, que desnuda las vergüenzas de una Europa ciega ante la realidad de cientos de mujeres nigerianas obligadas a ejercer la prostitución.

¿De qué va?

Joy y Precious se encuentran. Una, a punto de pagar la deuda con su madame. La otra, recién llegada de Nigeria, se rebela contra lo que parece su destino.

¿Quién está detrás?

Ella ha sido la primera cineasta en alzarse con el Hearst Film Award, galardón especial creado en la última edición del Festival de Venecia que visibiliza y premia al cine dirigido por mujeres. Hablamos de Sudabeh Mortezai, directora alemana cuyo anterior trabajo pudimos ver en Filmin, Macondo”, donde ya desde la docuficción nos descubría el día a día en un campamento de refugiados a la orilla del Danubio.

¿Quién sale?

Desde su reveladora ópera prima que Sudabeh Mortezai ha tenido muy claro que para su cine es indispensable contar con actores amateurs que hayan estado en contacto con los mundos que retrata, es por ello que el casting fue una de las partes más fundamentales del proyecto, casi tanto como el propio rodaje, que se basó en su totalidad de escenas improvisadas y apenas ninguna línea de diálogo escrita previamente. Algo que pone aún más en valor la entregada interpretación del dúo protagonista compuesto por Joy y Precious, encarnadas por las debutantes Anwulika Alphonsus y Mariam Sanusi.

¿Qué es?

Trata de negras, dinero negro

¿Qué ofrece?

La primera escena de “Joy” ya nos advierte del viaje en el que estamos a punto de embarcarnos. Como si de un documental se tratara, asistimos a uno de los ritos de vudú que marcan y atan las vidas de muchas chicas nigerianas que parten a Europa por una supuesta vida mejor. La burbuja e idealización del bienestar europeo se rompe tan pronto como cambiamos de plano y descubrimos que la realidad no podría ser más brutal. Invisibilizadas a todos los niveles, burocráticos y sociales, el único trabajo disponible que Europa tiene que ofrecerles es el de la prostitución en las calles. Es aquí donde empezamos a atisbar una de las virtudes y aspectos más escalofriantes de “Joy”, nunca sabemos dónde acaba y dónde empieza la frontera entre documental y ficción. “El cine es un arma política”, ha declarado su directora, y no hay acción más subversiva que la de mostrar lo que permanece oculto. En este caso, la tremenda brutalidad a la que se ven sometidas cientos de mujeres cuya llegada a Europa no es sueño, si no pesadilla. Una brutalidad que en este caso sin embargo, se ejerce desde sus propias familias y su propia cultura. Y es que en "Joy" son padres, madres y hermanos quienes abocan a sus hijas y hermanas a tan fatídico destino. Completamente conscientes de lo que se les viene, son enviadas a Europa a ejercer la prostitución para que ellos puedan llevar una vida ostentosa y opulenta merced del dinero que estas les enviarán desde el viejo continente. En efecto, más allá de trata de blancas, trata de negras convertidas en diamantes negros. Dinero negro. Todo queda en casa. 

Sus únicos refugios posibles no son otros que la sororidad entre compañeras y los ídolos distantes de papel que cuelgan en las paredes con las formas de Michelle Obama, Beyoncé o Rihanna. Mujeres racializadas que han llegado a la cima del reconocimiento frente a la invisibilidad lacerante que sufren Joy y el resto de chicas. La de Mortezai es una mirada de contrastes, contrastes que confrontan a esa Europa que no queremos ver pero que tan cerca nos queda. Este juego de contrarios se dará a lo largo de todo el metraje, donde la cineasta enfrenta una y otra vez todo tipo de contradicciones: las madames que explotan a mujeres más jóvenes que ellas, con las cuales comparten pasado tanto como futuro; la de las propias protagonistas, mentora y protegida, donde el sofocante peso de la realidad no permite espacio para los finales felices o una sociedad donde la pobreza más extrema se camufla entre billetes falsos. Este desolador panorama llega a su máxima expresión cuando los aparatos del estado del bienestar, en esta ocasión austríacos, se muestran completamente futiles ante los conflictos humanos. La burocracía, en una de sus caras más frías, da la espalda a Joy en una metáfora perfecta de cómo funcionan a todos los niveles las instituciones europeas ante las personas emigrantes. Una vez más, en polos opuestos. En “Joy” el cine social se convierte en pura necesidad, en un arma arrojadiza con la que desnudar nuestras vergüenzas.




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