Crónica San Sebastián 2023: "El chico y la garza" Déjate caer
Definitivamente, solo hay un modo de enfrentarse al cine de Hayao Miyazaki, y es dejándose caer por la madriguera del conejo. Nada nuevo para los amantes de "El viaje de Chihiro" o "El castillo ambulante", sabedores de que sus barrocos mundos de fantasía pueden resultar extenuantes para neófitos y recién llegados. "El chico y la garza", su anunciada última película, desplega todas las virtudes que han convertido al director japonés en un mito.
Mahito es un niño que ha perdido a su madre en un incendio, y que ahora tendrá que vivir con su tía, la nueva pareja de su padre, en una nueva casa. Como en "Mi vecino Totoro", la incertidubre ante una nueva realidad arrojan al protagonista a un mundo fantástico no apto para ornitófobos, en el que una garza que ha engullido a un misterioso personaje le reta a adentrarse en un universo en el que cualquier cosa es posible. Pero, como ocurría en "Alicia en el País de las Maravillas", el mundo de la imaginación no siempre es un lugar afable, se rige por sus propias normas y puede estar repleto de peligros, criaturas que ahondan en los miedos de Mahito ante su nueva vida, desde periquitos afilando machetes a pelícanos glotones.
Se puede leer "El chico y la garza" como un punto intermedio entre el coming-of-age dramático de "Mi vecino Totoro" y el frenesí febril de "El viaje de Chihiro". Es probable que mas de un espectador sucumba a esa segunda mitad de film que es un desafío extremo para amantes del relato aristotélico y las relaciones causa-efecto. Las mil y una metáforas y simbolismos de "El chico y la garza" cierran (parece ser) el delicado imaginario de Miyazaki, que como una pompa de jabón se desvanece sin heredero conocido. ¿Será alguien capaz de mantener en equilibrio las frágiles piezas de su universo?