Crónica Las Palmas 2017: "Knife in the clear water" lutos y sacrificios

Autor: Álvaro Augusto

Crónica Las Palmas 2017: "Knife in the clear water" lutos y sacrificios

El debut más prometedor visto hasta ahora en el Festival Internacional de cine de Las Palmas de Gran Canaria, una esteticista propuesta sobre la pérdida y el luto, basada en una novela de Shi Shuqing, que esta misma mañana se ha proyectado dentro de la Sección Oficial. El film no trata tanto de narrar una historia como de captar el proceso de duelo de una familia que ha perdido recientemente a su madre, y lo hace a partir de los momentos más cotidianos, del trabajo en el campo y el cuidado de los animales, de las caminatas por las montañas y las duchas con barriles llenos de agua fría y sucia. Pero ante todo, es el retrato de un hombre, el marido, en sus años más crepusculares, solitario y taciturno,  luchando ante el dolor de la pérdida. Y todo filmado con exquisito gusto, con una sobresaliente puesta en escena para una película que mezcla la pintura de Millet con la filosofía de Séneca.

¿De qué va?

En la región de Ningxia, una familia de pobres campesinos, pertenecientes a la comunidad musulmana de Hui, debe lidiar con los preparativos para la ceremonia de purificación de los cuarenta días en honor a la madre y esposa recientemente fallecida. El viudo Ma Zishan alberga dudas respecto a la idea que ha tenido su hijo: sacrificar al único buey que tienen como forma de homenajear la memoria de su trabajadora y cariñosa madre. Ma Zishan ha perdido a su esposa y no se ve muy capaz de perder al único animal que le ha hecho compañía a lo largo de su vida.

¿Quién está detrás?

Aunque su carrera comenzó hace cuatro años como productor, no ha sido hasta ahora que Wang Xuebo ha dado el paso a la dirección. Y en vista de los resultados, esperamos con ansia que siga su carrera como cineasta. Por cierto, hasta recalar en el Festival de Las Palmas, su film ha sido proyectado en varios festivales y en algunos de ellos el sutil y poético enfoque de Wang Xuebo ha sido merecidamente premiado, como ocurrió a finales del año pasado en el Festival de Cine de Marrakech.

¿Quién sale?

Actores no profesionales, desde Yang Shengcang a Yang Xue, todo ellos espléndidos en sus diferentes roles, naturales, espontáneos, sin imposturas ni amaneramientos. La decisión de no contar con intérpretes profesionales imprime al film una sensación de veracidad y verosimilitud que, de otra forma, hubiera sido imposible logarlo.

¿Qué es?

Sumen al ritmo pausado y reflexivo de Andrei Tarkovsky las pinturas cargadas de lirismo rural de Jean-Fronçois Millet,  el realismo de Andrew Wyeth y el claroscuro de Caravaggio y podrán hacerse una idea de lo que es "Knife in the clear water"

¿Qué ofrece?

Una propuesta árida, con personajes lacónicos que deambulan por un espacio exquisitamente filmado, a ritmo lento, sosegado, casi diríamos que lánguido. Pero en esto reside la belleza de este insólito film: en la captación de los pequeños detalles, de los zapatos bañados en barro de los niños que intentan desesperadamente, en un día de lluvia, llevar a las gallinas hasta el corral, o de las mujeres que, tenaces y superando la falta de medios, preparan la cena en angostas cocinas mal iluminadas. Pero no todo es estética en un film que, por lo demás, contiene una fuerte carga filosófica alrededor del duelo, del sacrificio y, sobre todo, de las relaciones, aunque éstas sean entre humanos y animales, entre el triste y anciano patriarca de una familia y su viejo y desganado buey. Y en el retrato de ese patriarca es donde gana la película: él, que parece tener una querencia especial por su apreciado buey, no rechaza la idea de su hijo de sacrificarlo como tributo a la madre desaparecida, consciente de la falta de recursos de la familia, pero a la vez es evidente su dolor ante la pérdida. Es la figura sentimental en contraposición al pragmatismo del resto de la familia; mientras él reprime su llanto, su nieto habla de las partes del animal que se comerá en el futuro. Al final, lo que viene a anunciar la película es la necesidad del estoicismo ante -y sobre- la vida. Séneca o Marco Aurelio no hubieran podido estar más de acuerdo. Nosotros, más prosaicos, tomamos nota de esta lección vital.



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