Crónica Las Palmas 2017: "Félicité" miseria y supervivencia

Autor: Álvaro Augusto

Crónica Las Palmas 2017: "Félicité" miseria y supervivencia

Dura, conmovedora, vibrante, magnética, absorbente. Estos fueron algunos de los adjetivos que  la crítica le brindó, tras su paso por el Festival de Berlín, donde se alzó con el premio del Gran Jurado,a la emotiva y visceral propuesta del franco-senegalés Alain Comis sobre una mujer independiente que disfruta cantando en un sórdido bar de la ciudad de Kinshasa y cuyo mundo se ve trastocado tras sufrir su hijo un accidente que requiere una costosa operación. Los mismos calificativos que utilizaba el público del Festival Internacional de Cine de Las Pamas de Gran Canaria al salir del visionado de "Félicité" (el nombre de la propuesta). Una proyección que, después, vino acompañada por la presencia y las palabras de la actriz protagonista, una portentosa Véro Tshanda Beya. Una jornada que, en este caso, solo se puede resumir en una palabra: felicidad.

¿Qué es?

Félicité trabaja como cantante en la ciudad congolesa de Kinshasa. Es una mujer autosuficiente que no le gusta ni está acostumbrada a depender de los demás. Lo que más le gusta es subirse al escenario y ver como el embriagado público vibra de júbilo por su asombrosa voz. Esa es su vida hasta que recibe una terrible noticia: su hijo ha sufrido un accidente de moto y está a punto de perder la pierna. Para que puedan operarle y conservarla, Félicité tendrá que abonar hasta un millón de francos congoleños, algo que le resulta imposible. A partir de este momento, comenzará para ella un arduo periplo con un sólo objetivo: conseguir todo el dinero y evitar que amputen la pierna de su hijo.

¿Quién está detrás?

Alain Comis, con sólo cuatro largometrajes en su corta pero imprescindible trayectoria, se ha convertido en un cineasta con una mirada única, tan humanista, luminosa y tierna como hiriente y dolorosa en ocasiones. Algo que sucedía en su anterior trabajo, la maravillosa "Tey", sobre un moribundo al que sólo le quedan veinticuatro horas de vida y que vuelve a repetirse, afortunadamente, en este último film.

¿Quién sale?

Véro Tshanda Beya. Sin ella, la película sería muy diferente. Es algo más que la voz y el rostro de la infatigable y resistente Félicité, es, aunque suene cursi decirlo, su alma. Le imprime carácter y dureza, una presencia que parece firme y sólida pero que a la vez transmite una subterránea vulnerabilidad, una escondida y emotiva fragilidad, sin caer nunca en las trampas o los excesos del sentimentalismo barato. Una actuación brillante

¿Qué es?

Una obra con ecos del mejor cine neorrealista, con la mirada de Ken Loach y el estilo de los hermano Dardenne.

¿Qué ofrece?

La historia de una búsqueda. O de varias. La de una buena cantidad de dinero por parte de  una mujer algo seca y desconfiada con los demás, que parece albergar una gran amargura en su interior, para la operación de su hijo; la de todos los personajes anhelando encontrar algo de felicidad, un lugar plácido en el mundo y, por último, la de todo un país, Senegal, buscando algo de justicia, rastreando posibles salidas a la crisis social, económica y política en la que viven inmerso con estoicismo y resignación desde hace décadas. De hecho, no conocen otra cosa que no sea miseria, crisis, pobreza y desolación. Por eso resulta de una emoción casi dolorosa ver a sus habitantes por las noches recluidos en el bar donde canta la protagonista, festejando y bailando a pesar de las circunstancias, bebiendo para olvidar sus vidas y el estigma de un país que parece empecinado en no avanzar. Y este retrato de supervivencia (de una mujer y de un país) esta descrito con un estilo y un tono cercanos al de cualquier gran clásico del neorrealismo, directo, sin estridencias, florituras o énfasis innecesarios.

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