Crónica DocumentaMadrid 2015: Última toma

Fuente: Joan Ramis Boscana

Finalizamos nuestro repaso a la última edición del Documenta Madrid con las crónicas de Joan Ramis sobre tres grandes documentales que estuvieron presentes en la muestra: "The Yes Men Are Revolting", "Cartel Land" y la esperadísima "The Look of Silence". Os dejamos con sus palabras. 

THE YES MEN ARE REVOLTING

La sociedad no puede zafarse de las redes que teje el sistema capitalista. Caemos en ellas y nos dejamos enredar. De repente, lo material adquiere una relevancia desmesurada. Padecemos los perjuicios que originan las administraciones corruptas, nos convertimos en cómplices de sus malas praxis. Las grandes corporaciones emponzoñan todo lo que tocan mientras los consumidores gastamos sin haber leído, comemos sin estar informados. Un buen puñado de borregos a merced de un pastor desalmado: paciendo la hierba a ras del suelo, sin atrevernos a levantar el hocico por miedo a que el amo esgrima su vara. Un paseo guiado a través de nuestra libertad para luego volver al redil con la cabeza gacha. Otra vez. Y no hay líder capaz de mover un dedo por nosotros. Ninguno se postula como el rebelde que requiere un pueblo ciego, cansado. Pero existen hombres que osan arriesgarse. Unos pocos que se amotinan contra el sistema, boicoteándolo desde dentro. Todavía quedan algunos locos que pueden hacer frente a un imperio de banqueros, empresarios y políticos. Tiburones que olisquean la sangre para encarnizarse contra las persona de a pie.

Estos bienhechores se cuentan con los dedos, una raza en peligro de extinción que causa los estragos necesarios para que la gente recupere la fe en lo que es justo. Una grieta abierta en una muralla que creen inexpugnable y que se celebra como una verdadera victoria. Y no es para menos. The Yes Men es un colectivo de activistas que tratan de batallar contra este sistema imperante que estrangula a los más necesitados y exprime el planeta hasta hacerlo sangrar. Llevando a cabo una serie de acciones sociales para generar impacto mediático en la población, este grupo de agitadores ridiculizará a los poderosos haciendo gala de un ingenio mordaz, astuto. Andy Bichlbaum y Mike Bonanno son los directores del documental – junto a su amiga Laura Nix – y los protagonistas del film. Son los artífices de toda una retahíla de maniobras que harán tambalear a los que ostentan el poder. La película no solamente nos enseña cómo un grupo de personas comprometidas con el medio ambiente se inmiscuye en mítines políticos para suplantar identidades, haciendo que la concurrencia explote en carcajadas, también nos relata cómo funciona la relación de estos dos abanderados de la justicia. Una obra que desgrana los altibajos de una pareja peculiar, entregada a las causas nobles. Nos cuenta cómo dos personas absolutamente altruistas pueden compaginar su vida privada con un esfuerzo gratuito que combate las amenazas mundiales más urgentes.

 

CARTEL LAND

Una mención especial del jurado que acredita el coraje de su director, Matthew Heinemann, que tuvo el arrojo de infiltrarse en medio de la guerra de un cartel del estado mejicano de Michoacán para reflejar una realidad que parece no tener fin. Demasiado bien conocemos la fiereza que emplean los capos y sus secuaces para hacer valer la ley en la selva del narcotráfico en Méjico. Los informativos televisivos rebosan imágenes espantosas, inimaginables de tanto horror que desprenden. El autor de esta obra quiso entremeterse en el seno de las desgracias provocadas por los cárteles, centrándose en los grupos de autodefensa que velan por la seguridad de los vecindarios. Ante la ineficacia de un gobierno envenenado por la corrupción hasta la médula, estas células guerrilleras decidieran tomarse la justicia por su mano para despejar sus calles de la virulencia de las bandas criminales. Armados hasta los dientes, estos civiles aprenden a manejar un arma para protegerse de los cárteles y así no despertar cada mañana con el miedo en el cuerpo. Para no tener que limpiar charcos de sangre de las aceras.

Heinemann es el encargado de presentarnos a José Mireles, el líder de un grupo de autodefensa que se enfrenta a los Caballeros Templarios. Una figura carismática que jalea a sus vecinos para ir ganando adeptos. Una especie de Espartaco que no se deja atemorizar por los sanguinarios que merodean por su comunidad. Por otro lado, el director introduce en la historia a Tim Foley, otro vigilante estadounidense que recorre la frontera mejicana para que la guerra de la droga no se extienda por territorio yanqui. No le faltan al documental pasajes preñados de tensión, de nerviosismo. Heineman no tuvo reparos a la hora de vivir in situ momentos donde una bala desafortunada podría haberlo echado todo a perder. De la mano de su cámara observamos detenciones cargadas de violencia. Los tiroteos se escuchan como la banda sonora de una cinta con un ritmo enfurecido. Somos testigos de cómo la corrupción también hace mella en un grupo destinado a facilitar el bienestar de las víctimas. Incluso una iniciativa impulsada para luchar contra el narcotráfico, de dudosa moral pero destinada a ayudar a los que sufren de forma inmerecida, se ve carcomida por el germen de la corruptela. Un documental que pone de relieve la preocupación alarmante hacia un conflicto sobre el que no se advierte una salida inmediata.

 

THE LOOK OF SILENCE

Era el plato fuerte del festival y no decepcionó. El padre de la criatura se llevó los laureles del público dos años después de haberse alzado ganador del certamen con The act of killing, la primera entrega que completa este trabajo. Joshua Oppenheimer dejó al respetable sumido en un silencio abrumador cuando los créditos de la cinta aparecían en la oscuridad del proyector, una escasez de sonido que bien puede percibirse a lo largo del metraje de The look of silence mientras sus protagonistas parecen retarse con la mirada. Para un servidor, lo mejor que se pudo ver en DocumentaMadrid. El nominado al Oscar también quiso retratar la perspectiva de las víctimas, aquellas que padecieron las masacres que inundaron Indonesia en el terror de 1965. No pretendía tan solo ofrecer el punto de visto de los asesinos. Aunque no nos podemos olvidar de los bárbaros que se vanagloriaban ante la cámara del realizador tejano mientras revivían los homicidios perpetrados por ellos mismos. Enorgullecidos, como si se tratara de la culminación de una gesta heroica. Riéndose a carcajada limpia, teatralizando uno de los episodios más negros de la historia indonesia sin ningún atisbo de vergüenza. Todo lo contrario.

En The look of silence, Oppenheimer deseó darle voz al silencio de los que sufrieron. El hermano de Adi fue uno de los comunistas que pereció durante aquel genocidio a manos de los militares. Murió de la manera más espantosa. Mutilado, torturado. La cinta comienza con los ojos de Adi clavados en la pantalla de un televisor, contemplando una escena del documental que acompaña al que nos ocupa. Su mirada imperturbable mientras su mente parece procesar lo que retienen sus retinas: la explicación macabra del asesinato de su propio hermano, caricaturizada por dos sujetos que se ríen sin tapujos. Este joven oftalmólogo recorrerá sus comunidades vecinas en busca de los salvajes que todavía se asientan en el poder, aquellos que dieron muerte a un ser querido. Adi los hallará en sus casas, viviendo cómodamente. Hombres ya decrépitos con las manos manchadas de sangre, temidos por sus vecinos. El oculista se sentará con ellos, comprobará que su vista no haya menguado con el paso de los años. Les ajustará unas gafas nuevas para que puedan ver la realidad de cerca, sin pestañear. La sangre fría con la que el protagonista de la historia dialoga con los autores de los crímenes parece casi surrealista. El documental está repleto de pasajes inefables. Nos preguntamos cómo reaccionaríamos nosotros si compartiéramos sofá con los genocidas. Oppenheimer escudriña en el interior de los que exterminaron a tanta gente inocente, por si puede encontrar algún resto de humanidad tras tanto tiempo. Adi hurga en su conciencia para saber si el arrepentimiento asoma entre la inconmovible apariencia de los ejecutores. Vale la pena henchirse de valor para visualizar un documental que remueve, provoca, reflexiona. No podemos esconder la mirada ante el horror. No lo hizo Oppenheimer. No lo hizo Adi. No lo hagamos nosotros. 

Publica un comentario

unnamed

Sin comentarios