Crónica DocumentaMadrid 2015: Tercera Toma

Fuente: Joan Ramis Boscana

Seguimos desmenuzando lo que dio de sí el DocumentaMadrid. Nos inmiscuimos en el corazón de las historias para que nos lleguen, para comprender motivos y evaluar consecuencias. Nos ponemos en la piel del otro a pesar de lo incómodo. No cerramos los ojos ante la realidad.

SOMETHING BETTER TO COME

Existe un lugar cuyos habitantes no se rigen por la ley, un enclave en el corazón de una jungla de inmundicia y desperdicios. Un laberinto de despojos cercado por alambres de espino donde no se vislumbra futuro alguno. El Svalka es el vertedero más grande de Europa, un emplazamiento donde se almacenan los desechos y los sueños rotos. Pero alguien en esa cloaca se atreve a soñar, alguien que pertenece a una sociedad que se ha levantado en medio de un basurero de esperanzas putrefactas. Para Yula, una niña de once años criada en un entorno descorazonador, no hay muros lo suficientemente altos que no le permitan realizar sus fantasías. Something better to come se llevó el segundo premio del jurado gracias al loable trabajo de su creadora, Hanna Polak, quien tuvo el compromiso y la solidaridad de relatar el crecimiento de una niña maniatada a un lugar condenado al olvido. Durante trece años la directora no quiso perderse la evolución de un ser humano pertrechado de una valentía inaudita.

Se trata de una lucha de supervivencia sin precedentes lo que Polak concedió al respetable de DocumentaMadrid, un relato colmado de proezas llevadas a cabo por una heroína singular. Con una factura técnica estrictamente casera que dota al film de una naturalidad estremecedora, esta historia que se dilata en el tiempo durante más de una década muestra un lado que no queremos ver. Una realidad incómoda donde parece que no hay cabida para la ilusión. La línea del horizonte se dibuja como una recta inalcanzable para Yula, que no pierde la sonrisa ante un porvenir desalentador. Nos reunimos alrededor de un fuego para escuchar las historias de unos personajes que viven en chabolas de latón. Nos recostamos en sus colchones cochambrosos para que nos cuenten el porqué de su situación. Este documental es un canto a la resistencia, una oda a la esperanza. Si tenemos que tomar ejemplo de alguien cuando vienen mal dadas, deberíamos imitar la perseverancia de Yula, que no se amedrenta ante nada. Incluso cuando la vida está al borde del abismo, donde cualquier movimiento en falso se castiga para siempre. 

 

DRIFTER

Como el propio título indica, este documental narra las idas y venidas de un bala perdida. Un joven que trata de sujetar las riendas de una vida desbocada, sin rumbo definido. Ricsi es un muchacho problemático que intenta abrirse paso sin saber qué dirección tomar. Un joven húngaro que sólo conoce la holgazanería como manera de enfrentarse a la realidad, alguien que destina todas sus ilusiones en vender chatarra para poder pagar la reparación de un coche destartalado. Amante de las carreras y de la velocidad, abandona la escuela para poder trabajar de mecánico. Pisa el acelerador viendo su existencia pasar a su lado, una sucesión de imágenes que corren demasiado deprisa. Su vida es un circuito cerrado, atestado de baches. Vueltas y vueltas en un mismo sentido hasta que el depósito se vacía. Entonces el piloto derrapa para pegarse un trastazo, dándose se bruces contra su insoportable cotidianidad. El chaval se apea del vehículo y se viene abajo. Saca a relucir una rebeldía que lo conduce a continuas peleas con su madre, haciendo oídos sordos a cualquier consejo y refugiándose en el alcohol para desahogarse ante su propia frustración. Hijo y víctima de un matrimonio fracasado, la ausencia de la figura paterna se presenta como un trauma para el joven, que no duda en achacarle culpas al padre por sus actos de desobediencia.

Echar balones fuera y señalar a otro. Siempre lo más fácil, volviendo la espalda a la autocrítica. No le faltan calificativos infantiles a un protagonista que ya se encuentra en la adultez, un chico tan difícil de domar como las complicaciones que zarandean su existencia. Como llamadas de atención son sus pataletas, aunque éstas acarreen delitos tan graves que bien podrían conducirle hasta la cárcel. Se pavonea delante de las chicas, jactándose de una supuesta hombría que deja en evidencia un comportamiento pueril. Una narración centrada en la vulnerabilidad de un tipo inseguro, atiborrado de miedos. Durante un lustro estuvo Gábor Hörcher en compañía de un chico que se encuentra en los albores de la vida adulta. Una historia extrapolable a las vicisitudes de cualquier otro adolescente desorientado que no sepa hacia dónde tirar. Cuando asumir responsabilidades es sinónimo de hacerse mayor, un territorio donde no valen la vagancia ni la apatía.

 

FLOTEL EUROPA

1992. Estalla la Guerra de Bosnia y con ella el odio y la sinrazón se expanden como una pandemia incontrolada por la antigua Yugoslavia. Miles de civiles deben escapar de su país por temor a que la muerte se cierna sobre sus familias. Dinamarca fue una de las naciones que pudo dar cobijo a una inmensa multitud de refugiados que tuvo que huir despavorida, hallando en el Flotel Europa un nuevo hogar anclado en el puerto de Copenhague. Un barco mecido por las olas del mar donde los asilados pudieron descansar mientras su tierra era asolada por las barbaries del conflicto. Vladimir Tomic pasó dos años de su infancia viviendo en unos camarotes que representaban un oasis de calma alejado de su patria convulsa.

Gracias a las grabaciones caseras de distintos testimonios que convivieron en aquella enorme casa flotante, Tomic fue capaz de editar un documental de notable originalidad. Aquellos vídeos que filmaban los refugiados que anidaban en Flotel Europa eran cartas que enviaban a sus familias. Retazos de sus vivencias en el barco en forma de epístolas para atestiguar la relativa felicidad que inundaba el lugar. La voz en off del director se extiende a lo largo del relato desgranando una realidad que no se corresponde con las imágenes que visualiza el espectador. La cámara capta los instantes de mayor algarabía en la embarcación, los engarza como si fueran las perlas de un cadena para ceñirlas alrededor de un cuello demasiado basto. No encajan, no se conjuntan. Así de impactante es la combinación de una historia visualmente bella acompañada de una narración despiadada. Personas forzadas a abandonar su casa para encontrar la paz en una nación extranjera. Personas también obligadas a esbozar una sonrisa cuando su pueblo es descuartizado. Ni los rasgueos de guitarra ni los cánticos en territorio ajeno consiguen difuminar la guerra, la añoranza hacia una vida que se observa desde la cubierta de un gigantesco navío, extraviada a miles de quilómetros. Por mucho que el objetivo atrape la llegada de la Navidad y los bailes tradicionales, a pesar de que haya tierra y mar de por medio, el atropello a la libertad queda patente gracias a la voz de Vladimir, que nos recuerda por qué todo es tan injusto. Estamos hablando de una historia narrada desde los ojos de un niño. Alguien que se enamoró por primera vez en las orillas de un puerto danés. Un niño que maduró en una tierra foránea mientras los buitres se daban un festín con los residuos de su país.
 

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