Crónica Cannes 2014: "Deux jours, une nuit" y ocho apellidos belgas

Fuente: Joan Sala (filmin)

Con dos Palmas de Oro en su haber, Jean Pierre y Luc Dardenne sorprenden con la elección de una actriz reconocida en todo el mundo, ya que lo suyo es escoger actores poco conocidos por el gran público. Pues bien, por si alguien lo dudaba, la presencia de Marion Cotillard no arrebata ni una sola pizca de su inconfundible esencia, es más, si acaso la potencia. Una vez más rozando el genio y la excelencia, partiendo de la naturalidad, sobriedad y cercanía que distingue a quien está tras ella, la excelente "Deux jours, une nuit" huele a premio seguro. Empezando por su protagonista.

¿De qué va?

Sandra, con la ayuda de su esposo, tiene sólo un fin de semana para ir a ver a sus colegas y convencerlos de que renuncien a su prima para que ella pueda conservar su trabajo.

¿Quién está detrás?

Hermanos belgas e hijos predilectos del Festival de Cannes, donde siempre han participado y siempre han triunfado (desde las Palmas de Oro obtenidas por "El niño" y "Rosetta" al Premio al Mejor Guión logrado por "El silencio de Lorna", pasando por el Premio al Mejor Actor acaparado por Olivier Gourmet en "El Hijo" o  el Gran premio del Jurado que les proporcionó recientemente "El niño de la bicicleta"). Una vez más, la nueva película de Jean-Pierre y Luc Dardenne huele a premio seguro.

¿Quién sale?

Probablemente la Mejor Actriz de Cannes 2014. Sin maquillaje ni ambages, Marion Cotillard despliega todo su arte al natural acaparando todos y cada uno de los planos. Apuesta segura.

¿Qué es?

Una película de visión obligatoria y de alcance universal.

¿Qué ofrece?

No hay, ni probablmente habrá, una película más necesaria de estrenar, de ser popularmente vista y comentada en nuestra cartelera. Lo que "Deux jours, une nuit" contiene es un discurso tan ejemplar y constructivo, como necesario de propagar, ser interiorizado y aplicado por todos y cada uno de nosotros, tanto para aquel que da órdenes, como para quien se atiene a ellas. Partiendo de la más absoluta honestidad y transparencia, dejando de lado todo posible recurso estético, todo posible atisbo de intromisión ajena o de inícuo artificio, los hermanos Dardenne dedican una laudable carta de amor a la clase obrera, al idealismo cooperativo y en definitiva, al acto solidario. Y lo han hecho en el momento de "sálvese quien pueda" en el que nos encontramos, presentando la atractiva novedad de incrustar por primera vez su cámara en una figura popularmente conocida. Quizás está era la idea. El presentar un gancho para alcanzar la merecida universalidad en cartelera de la que incomprensiblemente nunca disfrutaron. Y encima lo han logrado tirando de una estrella y sin condicionarse en nigún momento a ella. Más bien todo lo contrario. Seguro, es algo que nuestra querida Marion también ha debido tener en cuenta. La ocasión bien lo merece. Y no precisamente por llevarse un premio (aunque se lo llevará seguro). Ojalá su título en España fuera "8 apellidos belgas".

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