Charlie Chaplin dirigiendo "Luces de la ciudad"

Fuente: Manel Carrasco (vía Criterion)

Con la llegada del sonoro muchos cineastas intentan adaptarse al cambio. Chaplin se niega, considerando el sonido como un paso atrás en las posibilidades del lenguaje cinematográfico, e inicia el rodaje de Luces de la ciudad (1931). Como siempre, el inquieto cineasta cambia la historia sobre la marcha, rehaciendo secuencias y aportando giros inesperados al plan original. Esta vez, sin embargo, se le escapa de las manos. Los problemas se amontonan. La producción debe interrumpirse varias veces, y encima Chaplin se lleva a matar con su actriz principal, Virginia Cherrill. Al final, aunque “sólo” rueda 180 días, tarda tres años en completar la filmación. Será su última película muda.

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La vida es una escala de grises en su cine, donde la penuria económica se funde con el descaro del superviviente nato, donde la miseria moral de una sociedad contrasta con los anhelos de un hombrecito que no tenía problemas en provocar risa y llanto en la misma película, en la misma secuencia, en la misma escena… Su cine reivindica la dignidad de la clase baja, el posicionamiento del ciudadano de a pie frente a las injusticias de un sistema (político, económico, social) que le atenaza la garganta

Cien años más tarde, aquí seguimos. Chaplin es una estrella total, un artista capaz de armar un puñado de películas que sirven como maniobra de escapismo o como reflexión sobre la sociedad que nos ha tocado vivir incluso hoy, cuando nos parecen tan lejanos sus pantalones de tela basta, sus policías de amplios bigotes y su lenguaje silente. Puede que sea una burrada considerar que no habría cine sin él, pero nadie negará que sin Chaplin, la vida (y el séptimo arte es un pedazo de vida) no sería lo mismo.

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