American Portraits: LOEWY, un visionario adelantado a su tiempo

Fuente: filmin

Raymond Loewy, aquel que se nos viene a la cabeza cuando pensamos en “alguien adelantado a su tiempo”. Un hombre de velocidades suprahumanas que nos hizo soñar y volar. Por mar, por tierra, por aire, o incluso por el más meteórico espacio. Fue quien le dio alas al Concorde, cuyo ingenio provocó que el Skylab adquiriera vida propia, quién ideo el coche tal y como hoy día lo conducimos.

Hemos revisitado la vida de arquitectos y diseñadores, pintoras y editoras que cambiaron nuestra forma de ver el mundo como pocos habían imaginado, pero ninguno de ellos voló tan alto como Raymond Loewy. Seagram’s Gin cierra la colección American Portraits con la mejor de las figuras. Una mente tan privilegiada como inabarcable que aprovechó cada segundo de su vida de la forma más productiva. Su cometido: mejorar nuestro día a día.

Desde su Francia natal vería como el siglo XIX se apagaba para dar paso a las estruendosas explosiones que mancillarían de sangre y dolor los primeros pasos del nuevo milenio. Fue la Gran Guerra lo que provocó que Loewy partiera con su ingenio y uniforme en dirección a la Isla de Ellis, estableciéndose para siempre en la que sería el gran amor de su vida: Estados Unidos. De ahí, al infinito y más allá.

Con su talento innato para el diseño industrial, cementó el camino para establecer dicho concepto tal y como lo conocemos hoy día. Y aunque fue alguien que tocó y traspasó el cielo, siempre tuvo por bandera la humildad y el carisma, lo que precisamente le han encumbrado como uno de los personajes más queridos y respetados en su campo. Si Frank Lloyd Wright era la más pura personificación de la egolatría, Raymond Loewy bien podría haberse situado en el otro extremo del espectro. En plena veintena, recorrió Estados Unidos en tren a la búsqueda de un trabajo y fue allí donde descubrió la desolación que sacudía la otra cara de América, la de las tierras profundas, aquel lugar donde el American Way of Life era el eco de un lugar remoto. Este hecho supondría un punto de inflexión en su carrera que fijaría un objetivo en su horizonte: diseñar para la masa, para la base que sustenta la pirámide. Y hacerlo acercando a la clase baja productos que hasta entonces estaban reservados para el exclusivo uso de las élites, potenciando, o más bien gestando, la emergente clase media americana.

A pesar de tan brillante propósito, su búsqueda de trabajo resultó fútil, viéndose obligado a emplearse durante un tiempo en el mundo de la moda, allí es donde precisamente comprendió que todo producto manufacturado debía cumplir una máxima indiscutible: atraer al consumidor. No importaba si era una nevera, el laboratorio espacial más sofisticado de su tiempo o la tela utilizada en los asientos de autobús de la compañía Greyhound. El producto debía ser pensado, diseñado y fabricado para adaptarse hasta sus últimas consecuencias al consumo humano, y con el “menos es más” como mantra, limpió de impurezas todos los diseños que pasaron por su mesa.

Gracias al reconocimiento que obtuvo trabajando para Vogue o Harper’s Bazaar, pudo abrirse paso en el mundo que realmente le interesaba, el del diseño industrial, y la compañía Gestetner le brindaría una oportunidad de oro para mostrar sus mejores cualidades. La etapa más fructífera de la carrera de Loewy había comenzado, y solo finalizaría con su muerte. A Gestetner le siguió Sears-Roebuck y su Coldspot, la primera nevera intrínsecamente moderna; locomotoras, ferrys, cajetillas de tabaco, el inimitable Studebaker. Todo eran logros en la carrera de Raymond Loewy, resonantes triunfos que vendrían seguidos de la fundación de su estudio, la culminación y prolongación de su visión en los años que estaban por venir, alcanzando nuestro presente, o incluso probablemente el futuro.

Como bien podemos comprobar en el documental que Seagram's Gin nos presenta, y al más puro estilo Don Draper, Loewy siempre fue un paso más allá rediseñando los logos de marcas punteras como Shell, Lucky Strike o Greyhound Buses. No había nada que se resistiera a la depurada visión de este incansable lord francés, cuyos numerosos viajes por el mundo, no le impidieron estar siempre en contacto directo con ese centro neurálgico que suponía su estudio. A través de multitud de faxes y notas, mantenía un feedback constante con sus creativos y diseñadores, en los que depositaba una total confianza. Pues esa era la auténtica gran cualidad de Raymond Loewy, ser un líder que sabía guiar pero también ser guiado. Que podía reconocer a los mejores entre el inmenso mar de personas que componen el mundo, y rodeándose de ellos, conseguir esa retroalimentación que nace de la fusión de toda una red de mentes trabajando unidas con un solo propósito: vivir en un mundo mejor.

Una personalidad vida que se ve plasmada de forma inmejorable en “Looking Back at the Future”, de la cadena pública estadounidense PBS. Una pieza única articulada a través de la voz del propio Loewy que nos narra su vida, su forma de trabajar y su particular visión del mundo, siempre con ese marcado acento francés que nunca perdió. Es en sus ojos donde se refleja la verdadera grandeza de los genios. Aquellos que no aspiran a la gloria personal, si no a la gloria de toda la humanidad. Que comprenden su posición en el inmenso eslabón humano que supone nuestra historia, aquellos que se sienten parte de un todo y contribuyen a enriquecer esta infinita cadena. Una pequeña gran pieza histórica que orgullosamente celebramos difundir gracias a los American Portraits de Seagram’s Gin. Hoy va por Raymond Loewy.

 

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