A la Contra: Patricio Pron versus Lo que el viento se llevó
Nueva entrega de nuestra sección A la contra. En esta ocasión es el extraordinario autor de "El comienzo de la primavera" y "La vida interior de las plantas de interior", Patricio Pron, quien da buena cuenta de una de las películas más vistas e imitadas (que no admiradas) de todos los tiempos, "Lo que el viento se llevó".
PATRICIO PRON Y "LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ"
Veamos: desde su primera escena (el diálogo entre unos Tweedledee y Tweedledum amanerados que han abusado del gel para el cabello y una idiota metida dentro de un merengue), “Lo que el viento se llevó” pone de manifiesto que su tema es pura banalidad y ñoñería y que su forma de abordarlo es la exageración. La música es penosa y el espectador es sodomizado con ella a cada momento, las panorámicas asaltan la retina con la violencia kitsch de un encuentro nacional de imitadores de Cyndi Lauper y los diálogos hacen que cualquier telenovela mexicana parezca un ejercicio de minimalismo narrativo. ¿De qué trata “Lo que el viento se llevó”? Digámoslo rápidamente: un imbécil sonriente que se sube los pantalones hasta las axilas corteja a una anoréxica con la madurez emocional de un niño de cuatro años, pero la anoréxica está enamorada de un tío que se tiñe el cabello de rubio; el imbécil sonriente acaba casándose con ella (de hecho, hasta le construye una especie de palacio parisino de cartón piedra) y son felices durante un tiempo en lo que actualmente llamaríamos un entorno de violencia doméstica (que incluye una violación tras la famosa escena de la escalera, violación de la que la mujer emerge singularmente feliz), pero acaban separándose tras la muerte de uno o dos de sus hijos, todo esto en un marco de ambición, delación y racismo. “Lo que el viento se llevó” es el equivalente cinematográfico a la producción anual de esa catástrofe navideña, el dulce de monjas que las ancianas bienintencionadas nos obligan a comer a pesar de que tenemos media docena de diabéticos en la familia. Quizás eso explique su popularidad en España, o tal vez sea la idea (formulada machaconamente a lo largo de las casi cuatro horas de bodrio) de que lo importante en la vida son los bienes inmuebles y las tradiciones: entre ellas, la de la sumisión, fingida o real, de la mujer al hombre, los sentimientos nobles (y de la profundidad de una tapa de gaseosa) y la humillación de las clases bajas, que en el penoso doblaje español del filme hace que los esclavos negros hablen con acento de Andalucía oriental (“Quién va a ordeñar esa vaca, señorita: nosotros no somos granjeros” dice uno de esos esclavos, con un acento que posiblemente sea de Motril). Al final, todo el problema de Scarlett O’Hara es que han abolido la esclavitud; es decir, el mismo problema de las clases medias españolas habituadas hasta hace algún tiempo a tener “niñas” provenientes de las zonas rurales y del empresariado español (este último, con la connivencia del gobierno, ha comenzado recientemente a poner remedio al problema, por cierto): esa nostalgia tan española de tiempos mejores en los que el pobre hacía lo que le decían y todos rezaban al mismo Dios es la del filme. En “Lo que el viento se llevó” sobreactúan hasta las nubes.
LA OBRA DE PATRICIO PRON
