15 claves que quizás no conozcas sobre "Akira"

Fuente: Manel Carrasco

15 claves que quizás no conozcas sobre "Akira"

Neo-Tokio está a punto de E.X.P.L.O.T.A.R. No lo decimos nosotros, lo dice Katsuhiro Otomo, que de explosiones sabe un rato largo. Resulta que estamos en 2019 y, así a grandes rasgos, todo se ha ido al cuerno. A finales de los 80 una gran bola de fuego destruyó la bonita ciudad de Tokio, desencadenando una crisis planetaria que nos condujo a la III Guerra Mundial y borró del mapa a una buena parte de la civilización. Desde entonces, la capital de Japón ha resurgido de sus cenizas, coronada con el elocuente prefijo “Neo-“, y se ha convertido en una especie de ciudad sin ley poblada de adolescentes desclasados, integristas de cualquier credo y antidisturbios con muy mala baba. Parece Sabadell un día de mercado. Como para no salir de la cama, vamos.

Desde luego no estamos hablando de Frank Capra con una curiosa indigestión, ni de una majísima distopía cyberpunk versionada por Jose Luís Garci. Aquí se habla japonés, se respira anime del bueno y se somatizan los grandes traumas del horror nuclear. Y todos aplaudiendo a rabiar uno de los grandes hitos del cine de animación, de los que marcan puntos de inflexión, sientan cátedra y se hartan a producir iconos para una generación. Esto es grande, colosal, ambicioso a más no poder y con una factura de quitarse el gorrito. Akira (1988) lleva 25 años dejando un rastro de referentes que van desde el anime inmediatamente posterior a su estreno hasta películas como Matrix (1999), Chronicle (2012), videojuegos, videoclips y un largo etcétera. Un proyecto titánico, un embolado de primer orden con un recorrido que empieza con la publicación del primer volumen del manga y se extiende mucho más allá del estreno de la película. Señoras y señores, cojan sus motos, vengan a darse un garbeo por Neo-Tokio y, por lo que más quieran, no hagan enfadar al chaval de las jaquecas, que tiene muy mal despertar.

1-El chico del tren: Katsuhiro Otomo es un chavalín de la ciudad de Tome, en la prefectura de Miyagi (una de las más afectadas por la catástrofe de Fukushima, por cierto). Nacido en 1954, en una sociedad que aún se recupera del trauma atómico, el pequeño Otomo se convierte en una presencia habitual en el tren que une su localidad con Sendai. Tres horas de viaje con una sola idea en la cabeza: ir al cine. Tras finalizar sus estudios se traslada a Tokio para dedicarse al mundo del manga y, en octubre de 1973, empieza a publicar sus trabajos con Action Comics. Luego vendrán Fireball (1979), su primera serie, Domu (1980), su primer gran éxito, y Harmagedon (1982), donde debuta en el anime con el diseño de personajes y la animación de algunas escenas. Pero al artista le bulle una idea en la cabeza y en 1983 su imaginación desbordante toma la forma de un gigantesco hongo nuclear sobre las azoteas de Tokio. Dos tacitas de moteros, un apocalipsis puesto a enfriar, unas hojitas de conspiración gubernamental y un buen aliño de complejos adolescentes, y Otomo se saca del plumín uno de los mangas más influyentes de las últimas décadas. Cinco años más tarde, y tras algunos cortometrajes, el niño que se pegaba tres horas de viaje en tren sigue soñando con ir al cine, y para ello decide adaptar a la gran pantalla aquel manga que lo está poniendo todo del revés.



2-Un apartamento en Tokio: Cuando Otomo se muda a la capital de Japón ubica su residencia en un piso en los arrabales de la ciudad. Y aquí no hay ni karaokes coloristas ni grandes torres de cristal, ni enjambres de altos ejecutivos ni turistas con aire de occidental y pinta de ir más perdidos que Abbas Kiarostami en una Oktoberfest. Todas las barriadas de las grandes urbes se parecen y cada una es desgraciada a su manera. Desde su ventana Otomo observa a los desplazados del Japón moderno, los que no se han adaptado a los cambios, pero también a los más pobres, a los inmigrantes, a los obreros con sueldos precarios y a los criminales con menos suerte. Él observa y toma notas, y con todos esos caracteres teje un manto de personajes que lo acompaña a lo largo de toda su carrera. Un día, cierto tiempo después, Otomo se casa con su pareja, Yoko, y la luna de miel los lleva de viaje a Nueva York. Allí, la visión del paisaje de rascacielos le provoca una profunda impresión que determinará su universo estético. Y ya tenemos todos los ingredientes para un buen cóctel.

3-El Comité Akira: Si hay que producir la película se produce bien, que producir por producir es tontería. Tras su experiencia en la elaboración de Harmagedon Otomo tiene clarísimo que solo se arriesgará a adaptar Akira a la gran pantalla si puede asegurarse todo el control creativo del proyecto. Más allá de las garantías que pueda recibir, el padre de la criatura es perfectamente consciente de que un anime a la altura de lo que propone necesitará dinero, muchísimo dinero. Concretamente, el presupuesto de la película ronda los mil millones de yenes (unos diez millones de dólares de la época), lo que la convierte en la producción animada más cara de la historia. Pero Otomo y su equipo lían un cisco como se han visto pocos en estos mundos del cine y, para lograr la financiación, organizan un consorcio de ocho empresas japonesas, ocho monstruos nipones dispuestos a juntar entre todos la cifra que el proyecto requiere: el Comité Akira. Sus integrantes son la productora Toho (aquí en funciones de distribuidora), la editorial Kodansha, la empresa de juguetes y animación Bandai, el grupo de medios de comunicación Mainichi Broadcasting System, la agencia de publicidad Hakuhodo Incorporated, la empresa de vídeo Laserdisc Corporation (qué tiempos), el grupo Sumitomo y el estudio de animación TMS Entertainment. Y a la cabeza de todo, Katsuhiro Otomo.

4-Una burrada:Más cifras de las que marean: la película comprende 2.212 planos, que integran un total de 160.000 dibujos, con una paleta de 327 colores. Eso significa una proporción entre dos y tres veces superior a la de cualquier otro trabajo de animación hasta la fecha. La cosa tiene aún más miga si tenemos en cuenta que Otomo, en un arranque de “vamos-a-poner-las-cosas-fáciles-a-nuestros-queridos-amigos-los-ilustradores”, sitúa buena parte del relato en horario nocturno; y en una película de animación debes huir de las escenas de noche como de la peste, porque suponen un (costoso) sobreesfuerzo a la hora de trabajar la paleta de colores. En el caso que nos ocupa, el equipo de artistas inventa hasta 50 tonalidades nuevas. Lo dicho: una animalada.

5-Y seguimos para bingo:Ya que tenemos dinero vamos a gastarlo a lo grande. La mayoría de los animes hasta entonces (y hasta el día de hoy, en realidad) reducen costes concentrando la animación solamente en las comisuras de los labios, sin cambiar la postura ni el gesto. Akira, en cambio, cuenta con suficiente presupuesto para trabajar el lenguaje corporal de los personajes e introducir los matices que requiere cada estado de ánimo. Y la cosa no acaba aquí. El proyecto de Otomo sienta un nuevo precedente en la animación japonesa al grabar los diálogos ANTES de empezar a dibujar, lo que permite que los movimientos de la boca se ajusten a la perfección a las características de cada línea de texto. Dice un lugar común que todo rodaje profesional cifra el tiempo en segundos y el dinero en millones. Que se lo digan a esta gente.



6-Tetsujin 28-go:Entre los referentes más señalados en la obra de Otomo se encuentra un manga de 1956 de Mitsusteru Yokoyama, reciclado en anime a principios de los 60. Tetsujin 28-go cuenta las aventuras del pequeño Kaneda, a quien su padre, un científico recientemente fallecido, ha legado un robot gigante que funciona por control remoto. En España, así como en algunos países de América Latina, la serie se llamó Iron Man 28 y, aunque aquí llegó tarde, lo cierto es que es una de las precursoras de Mazinger Z y de otras producciones parecidas. En Akira, Otomo rinde homenaje a este clásico de la animación japonesa bautizando a sus personajes como los de la serie. Así, Shotaro Kaneda recibe su nombre del chico propietario del robot; el coronel Shikishima se llama como el científico que ejerce de mentor del protagonista, cuyo hijo, por cierto, responde al nombre de Tetsuo; Ryusaku, por su parte, pasa de ser un miembro de la resistencia de Neo-Tokio a un agente del gobierno japonés. Y las similitudes no acaban aquí: el número 26 que Takashi lleva grabado en el brazo es de estilo similar al que exhibe Iron Man; y en la serie de experimentos con niños que lleva a cabo el ejército el de Akira es el número 28.

7-Hollywood: Aunque Otomo se empapa de las obsesiones y los traumas del Japón de postguerra, lo cierto es que él mismo reconoce que la cultura norteamericana ha sido una influencia determinante en su trabajo. Concretamente, las películas del Hollywood más contestatario con la guerra de Vietnam le sirven para modelar los caracteres conflictivos y rebeldes del clan de Kaneda. Entre ellas, las más citadas son Bonnie y Clyde (1967), Mi vida es mi vida (1970) y, cómo no, Easy Rider (1969).

8-Una orquesta de multitudes: Shoji Yamashiro es el pseudónimo que se esconde tras el músico y científico Tsutomu Ohashi, encargado de componer la partitura de la película. Para ello, Ohashi cuenta con la Geinoh Yamashirogumi, una orquesta fundada por él mismo en 1974 y que tiene la particularidad de estar integrada por cientos de miembros que pertenecen al mundo de la medicina, de la ingeniería, de las finanzas o del periodismo. Hasta aquí, la cosa tiene su miga, pero es que encima Yamashiro y sus alegres muchachos componen la música de la película sin haber visto un solo plano y sin haber leído ni una miserable línea del guión. Así las cosas, y sin negar que son unos genios, lo que tenía que pasar acaba pasando: la música no cuadra con algunos pasajes de la película y deber ser reeditada. Eso sí, teniendo en cuenta que la componen a ciegas, que el resultado final sea la maravilla que es da cuenta del talento del conjunto.



9-La moto de Kaneda: Que levante la mano el que no pasaba las horas en el instituto soñando con pilotar la moto escarlata con el ordenador a bordo de Shotaro Kaneda. A ver, el tío del fondo con el brazo alzado tiene un serio problema, porque si algo quedaba claro en aquella adolescencia de dramáticos cambios corporales, descompensada, llena de dudas y con todo por hacer, es que esa moto era lo más grande que te ibas a cruzar en la vida. Una BMW de 154 quilos capaz de alcanzar los 243 quilómetros por hora y armada con un radar, un sistema de navegación automática y un lector de CD (¡un lector de CD en 2019!). Semejante trasto mide casi tres metros de largo y es capaz de ir de 0 a 100 en 8,7 segundos. Eso sí, necesita casi 10 metros para frenar completamente. Además funciona con electricidad, puede llegar a las 500 revoluciones por minuto y corre hasta dos horas a plena potencia si tiene la batería totalmente cargada. El sonido de la moto se logra mezclando el del motor de una Harley-Davidson de 1929 y el de un jet, y Kaneda lo ha decorado con pegatinas de Arai, Citizen o Canon. Y podríamos seguir, porque las especificidades técnicas de la moto forman parte del universo de Akira y tienen una versión oficial facilitada por el equipo de Otomo. Lástima que no exista, porque por lo demás es una maravilla. ¿Hemos dicho ya que tiene lector de CD?

10-Relaxing cup of nuclear café con leche (SPOILERITO):Sabemos que lo sabéis, pero es demasiado suculento para pasarlo por alto: Katsuhiro Otomo ya es consciente allá por los años 80 de que Madrid no se comerá un colín en los Juegos Olímpicos. La batalla final de Akira tiene lugar en el estadio de Neo-Tokio, construido para albergar las Olimpiadas que deben celebrarse (redoble de tambores) en 2020. De hecho, el estadio presenta un aspecto un tanto precario al empezar la batalla (y no digamos al acabarla) con lo que se hace aún más flagrante el error de cálculo de la delegación española. Bastaba con mostrar unas imágenes de la película al Comité Olímpico Internacional para que cayeran en la cuenta de que la ciudad va camino de sumirse en una orgía atómica que nos arrojará a la III Guerra Mundial, y que de sus cenizas surgirá una jungla de moteros y fanáticos religiosos que seguirán a un majadero capaz de hundir Japón con un estornudo. Sea como sea –ahora ya es demasiado tarde- la clarividencia de Otomo incendia Twitter, Facebook y el cerebelo de algunos miembros del Comité Olímpico Español. Hasta podríamos encontrar una relación de causa-efecto entre el inglés de algunos miembros de la delegación y las jaquecas del pobre Tetsuo (y con su mutación, ya puestos), es cuestión de montar las imágenes en paralelo. Por cierto, en el manga en el que se basa la película las Olimpiadas están previstas para el 2031. Pero Otomo debe tener una visión y corrige la fecha para el cine.



11-El final de Jodorowsky:Akira se estrena en 1988, pero el manga no finaliza su publicación hasta dos años más tarde. En realidad, Otomo tiene serias dudas sobre cómo debe acabar su obra y confía en que el trabajo con el anime le proporcione un final satisfactorio también para la edición de papel. Pero las diferencias entre uno y otro productos son tan grandes que Otomo firma convencido el guión para cine pero sigue sin estar satisfecho en lo que al manga se refiere. Al final la solución del problema se la da Alejandro Jodorowsky en una conversación en 1990. ¿Y cómo acaba todo el asunto?...

12-Akira en la nevera (SPOILER MAXIMUS):… pues acaba a lo grande. Una de las principales diferencias entre las dos versiones de Akira es el destino del personaje que da nombre a la historia. En el manga el niño responsable de la destrucción de Tokio sigue vivo, pero el ejército lo ha criogenizado y lo tiene escondido cerca del estadio de la ciudad. Cuando Tetsuo lo revive, el muchacho se revela como un ser carente de impulsos humanos, absolutamente anulado por su propio poder, pero tan inestable como temible. Kaneda, Kei y los rebeldes intentan rescatarlo de las manos del ejército, pero durante la refriega una bala perdida mata a Takahashi. La pérdida de su amigo provoca en Akira una crisis que arrasa de nuevo la ciudad. De las ruinas de Neo-Tokio surgen dos bandos enfrentados: el grupo de Lady Miyako y los fanáticos del Gran Imperio de Tokio, liderados por Tetsuo y con Akira como estandarte. Tras una serie de acontecimientos, el poder de Tetsuo se vuelve incontrolable y amenaza con volarlo todo por los aires de nuevo (y llegados a este punto, los cuatro gatos que quedan en Neo-Tokio ya empiezan a estar un poco hasta el moño). Akira logra anular la explosión, pero es alcanzado por un disparo que, paradójicamente, logra devolverle su personalidad.

En la película, en cambio, Tetsuo no deja de buscar a Akira, sólo para descubrir que el ejército ha diseccionado su cuerpo y lo ha guardado en cápsulas. Todo lo que sabemos de él es a través de otros personajes, aunque su presencia impregna todo el relato desde la explosión inicial. Sin embargo, justo antes del final, Akira y el resto de los experimentos aparecen ante Kaneda en un flashback de sus días de infancia. Es todo lo que veremos de él.



13-Lady Miyako (Considerable SPOILER):Apenas una presencia fugaz en la película, el personaje de Lady Miyako tiene un papel destacado en el manga y se ha convertido, con el tiempo, en uno de los iconos del universo de Otomo. En la versión anime se nos presenta como la líder de un pequeño culto que encabeza las manifestaciones en Neo-Tokio en el último final de la historia, solo para caer rodando por un puente levadizo y acabar aplastada entre sus ejes. Un lamentable e injusto final para quien en la versión de papel es un experimento más del ejército, como Takashi, Kiyoko o el propio Akira, y se convierte en la líder de un movimiento que da cobijo a los refugiados tras la segunda destrucción de la ciudad. Aunque es asesinada por Tetsuo su participación en el clímax de la batalla es clave para el desenlace del relato.

Por cierto, pequeño paréntesis: entre la pinta que tiene y lo poco que sale en la película, en Francia se hicieron un lío con el sexo y a la pobre Lady Miyako en el primer doblaje le pusieron voz de hombre.

14-La luz (SPOILER de los grandes): Tras la batalla, la calma, haces de luz que se proyectan ante nuestros ojos, un punto blanco que se expande y una voz: “Yo soy… Tetsuo”. En japonés, las palabras “akari” e “hikari” significan “luz” (o, en el segundo caso, “brillo”), y de aquí el nombre “Akira”. Algunas teorías (recogidas incluso en la Wikipedia) dicen que los flashes al final de la película acompañados de la voz de Tetsuo nos revelan que el adolescente se manifiesta como una fuente de “luz”, lo que significa que se ha convertido en un segundo receptáculo de poder absoluto, un nuevo Akira transportado a un plano desconocido por Masaru, Takashi y Kiyoko.

15-El no de un rey (Midas):Akira se estrena en Japón el 16 de julio de 1988 y desde el primer día es un auténtico bombazo (perdón por el chiste involuntario). La película bate récords de taquilla en lo que animación se refiere, con un total de más de seis mil millones de yenes, y prepara un desembarco mundial que se adivina memorable. En Europa es recibida con euforia, sacudiendo hasta los cimientos la percepción que se tenía del anime e inaugurando una nueva era para las producciones japonesas. En los Estados Unidos, en cambio, se topa con un bache de aúpa: el Akira Comitee ofrece los derechos de distribución de la cinta a su majestad imperial Steven Spielberg, pero éste ve la película y decide que no está hecha para el mercado norteamericano. No es el único: George Lucas (Tutatis lo bendiga y acto seguido lo confunda) también considera que Akira no hará un solo dólar en los E.E.U.U. Así que nada, la distribuidora Streamline Pictures se lleva el gato al agua y en lugar de trabajarse un doblaje acorde con los estándares de los Estados Unidos se limita a hacerse con los derechos de una copia en inglés pensada para el mercado de Hong-Kong. El trabajo de Otomo entra en América por la puerta de detrás, estrenándose en un puñado de salas, y apenas logra una recaudación de cuatrocientos mil dólares (hay que tener en cuenta que en España, con un mercado seis veces más pequeño que el norteamericano, Akira alcanza los trescientos mil euros). Con los años, la película consigue la misma categoría de culto que ostenta en todo el mundo, hasta el punto de cada dos por tres se habla de un posible remake en imagen real. Pero eso es ahora. En su día, allá por 1988, Spielberg dijo que no.



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