A veces, vale la pena esperar. Sobre todo, si es por una película de Léos Carax, enfant terrible del cine francés. Desde 1999, Carax sólo había rodado algún vídeoclip y algún corto (uno de los fragmentos de Tokio!, vista en Sitges y con uno de los personajes de este Holy Motors). Tras este largo periodo de letargo, vuelve con una película de culto instantáneo. El señor Oscar emprende cada día un viaje en limusina. A cada parada, inventa un nuevo personaje. Juego de máscaras, homenaje al mago del fantástico Georges Franju y monumento interpretativo de Denis Lavant, Holy Motors es uno de los acontecimientos cinematográficos del año.
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No veré en ella complejas teorías filosóficas, metáforas sobre la humanidad y su decadencia, guiños al cine de todos los tiempos, referencias a mitos literarios universales... No quiero. Prefiero disfrutar de lo que es la película en sí misma, desbrozada de referencias de carácter intelectual sólo aptas para ratas de biblioteca y/o filmoteca, sin ese envoltorio creado a partir de esnobismos entretejidos. Y "Holy Motors", en el fondo, no es otra cosa que (séptimo)arte en estado puro.
Aluciné con los continuos contrastes entre belleza y fealdad (en la fotografía, en los personajes, en los sentimientos de éstos...), babeé con la magia de la caracterización y disfruté de ese viaje, artístico y multidisciplinar, que nos ofrece el director. UN VIAJE QUE ES MUCHO MÁS QUE ESE PRETENCIOSO PASEO EVOCADOR QUE MUCHOS VEN, Y CON RAZÓN, EN HOLY MOTORS.