Un discípulo de Almodóvar en Gijón
Hoy en Gijón dos películas de la Sección Oficial que llamaban especialmente nuestra atención. De Portugal llegaba “Morrer como um homem” de Joao Pedro Rodrigues que se presentaba como un “melodrama almodovariano que sigue las huellas de Fassbinder”. Por su parte, de Japón venía “Wakaranai” de Masahiro Kobayashi definida como “versión adolescente del Antoine Doniel de Truffaut y heredera estética de las mejores versiones de Larry Clarke o Gus Van Sant”. Razón suficiente para como mínimo, despertar nuestra curiosidad.
Aunque desconocido para la gran mayoría, Kobayashi ganó el Leopardo de Oro del Festival de Locarno por “Ai no yokan” (2007). Este año no ha resultado vencedor pero también ha estado presente en Locarno con “Wakaranai”. En élla, se nos muestra a un joven de 16 años abandonado por su padre y con su madre ingresada en el hospital por una grave dolencia. Sus únicos ingresos son los de un “trabajo basura” que el joven además pierde, entrando así en una situación límite. Vacío y errante, el joven deambula en plena deriva por las calles periféricas de la ciudad, y Kobayashi, lo retrata. La película funciona como una visión desoladora de la adolescencia que por temática, remite mucho a la espléndida “Nadie sabe”. Abandonado y arruinado, el joven, al igual que los niños de la película de Kore Eda, se ve abocado a esta dramática situación por conflictos exclusivamente económicos y familiares. En el aspecto formal, Kobayashi se decanta por utilizar de forma nerviosa un constante movimiento de cámara en el particular seguimiento que le hace a su protagonista a lo largo de toda la película. Planos de larga duración (repetitivos planos en los que le vemos comer con marcada ansiedad), una textura de imagen desgastada, y el nulo uso de la música (excepto al comienzo y al final), contribuyen muy positivamente a enfatizar un carácter austero y radical que dota de un mayor valor cinematográfico a “Wakaranai”.
Con “O fantasma”, su primer film, Joao Pedro Rodrigues se alzó con el Premio a la Mejor Película en el Gay and Lesbian Film Festival de Nueva York. Con “Odete” (2005) al igual que “Morrir como um homem” (2009), su segunda y tercera película, estuvo presente en sendas ediciones del Festival de Cannes. Hoy teníamos ocasión de conocerle mediante la tercera. En ella se nos presenta a Tonia, una veterana drag queen aficionada al fado que ve como su espectáculo palidece por la llegada de una nueva estrella. Además, su novio es un “yonki" y su hijo, no la acepta. Bajo esta premisa, la historia de “Morrer como um homem”, remite efectivamente al Almodóvar de “Todo sobre mi madre” e incluso al de “La flor de mi secreto”, siendo también una película en la que además de reír, se puede llorar, manteniendo así el equilibrio necesario para no caer en el vulgar melodrama. Con momentos realmente brillantes y la construcción de un protagonista que por su desequilibrio (tanto personal como profesional) resulta muy interesante, Rodrigues crea una original película de agradecido visionado.
Por su parte, hoy se presentan cerrando la sección oficial “The good heart” de Dagur Kari y “The last days of Emma Blank” de Alex Van Warmerdan. Dos películas que conociendo los anteriores trabajos de sus autores se deben tener muy en cuenta para el máximo galardón. Como ya comentamos anteriormente en filmin, pequeñas y curiosas joyas como “Los norteños” (1992) y “El vestido” (1996) bastan para tener en cuenta a Alex Van Warmerdan. En esta ocasión, el cineasta holandés (también actor, como es el caso de la película que nos ocupa) nos presenta a Emma Blank, una mujer que (supuestamente) sufre una enfermedad incurable que le mandará a criar malvas antes del cambio de estación. Con esta excusa, esclavizará a su servicio con las más absurdas órdenes y humillantes exigencias que van desde langostas para el desayuno hasta bigotes postizos. Una comedia negra en la línea de “Familia” de Fernando León que resultó galardonada en el pasado festival de Venecia. En cuanto a la última película de Dagur Kari, el duelo interpretativo propuesto por dos nombres de la talla del it boy indie Paul Dano y el carismático y contundente Brian Cox debería ser suficiente para atraer al espectador más exigente. Aún y así, el punto fuerte de esta atrevida propuesta es una curiosa trama en la que un joven con tendencias suicidas que vive en una caja de cartón debajo de una autopista acaba siendo tutelado por Jacques, un viejo que considera su bar como un santuario de machos vedado a las mujeres y que tiene un estudiado método pedagógico basado en sopapos, chillidos y lanzamientos de objetos contundentes. Como resultado obtenemos un sugerente drama teñido de un irónico sentido del humor que hará las delicias del espectador.