Gijón descubre a los hermanos Safdie
Nuestra sexta jornada en Gijón tenía nombre propio, mejor dicho, dos nombres propios, ya que Josh y Bennie Safdie nos presentaban su esperada ópera prima “Go get some Rosemary”, película acogida con gran entusiasmo en el pasado Festival de Cannes. De Cannes también nos llegaba “La Pivellina”, dirigida también por otra pareja, pero esta vez, de matrimonio. Precedido de un merecido prestigio en el campo documental, la italiana Tizza Covi y el austríaco Rainer Frimmel debutan en el campo de la ficción con esta curiosa obra que resulto premiada en el pasado Festival de Cannes. Finalmente cerramos el ciclo Balabanov con el mayor éxito de taquilla de toda filmografía (por desgracia no podremos estar para degustar “Of freaks and men”) . La saga “Brother” resultó un auténtico bombazo en Rusia permaneciendo número uno de cartel durante mucho tiempo. Con (el prematuramente fallecido) Sergei Bodrov impartiendo justicia en un contexto copado por mafiosos y criminales, ambas películas resultaron uno de lo mayores acontecimientos cinematográficos de los últimos 20 años en Rusia, convirtiéndose así en “El padrino” de su país de origen.
Nacidos y criados en Nueva York, entre Queens y Manhattan, los hermanos Safdie llevan filmando desde que su padre les compró una cámara Hi-8, y en el 2001 fundaron con algunos amigos el colectivo Red Bucket Films, dedicada a captar momentos de la vida cotidiana neoyorquina con los métodos menos ortodoxos. Dos datos que se antojan necesarios para comprender en su totalidad tanto la forma como el fondo de esta pequeña (gran) joya. Sin caer nunca en el dramatismo obsceno ni en la burda comedia “Go get some Rosemary” se mueve a medio camino entre la tristeza y la felicidad de sus personajes, destacando así por su gran sutilidad, su enorme frescura y un consistente trasfondo que la convierte sin duda alguna en uno de los mejores ejemplos actuales (que por desgracia son pocos) de verdadero cine independiente americano. Bajo esta persuasiva envoltura, “Go get some Rosemary” nos retrata la figura de su disfuncional padre durante la infancia de los realizadores. Con contenido 100% autobiográfico y con actores no profesionales, los hermanos Safdie nos presentan a Lenny (genialmente interpretado por Ronald Bronstein), proyeccionista de cine de 34 años que tiene a sus dos hijos en custodia sólo dos semanas al año. A pesar de ser un padre rabiosamente divertido para un niño, constituye en manual viviente de todo lo que un progenitor nunca debería hacer. Así, la película se centra en estas dos semanas durante las cuales Lenny incurre en una larga serie de irresponsabilidades en absoluto malintencionadas, pero que terminan siendo desconcertantes incluso para un par de niños a los que les encanta el juego y el caos.
Con un estilo formal caracterizado por el constante nervioso movimiento de una cámara digital 16 mm y sin recurrir en ningún momento a los planos generales ni a la profundidad de campo, “Go get some Rosemary” saca el mayor provecho posible a unos personajes que resultan más reales que nunca. Con raíces marcadamente autobiográficas, los hermanos Safdie construyen la verdadera realidad a partir de una ficción, sin necesidad de recurrir al “mublecore” (muchos lo confunden y se lo aplican a “Go get some Rosemary”, pero ellos se desmarcan por completo de este movimiento) ni al documental. En forma de un desastroso, caótico pero a la vez entrañable padre, Lenny es sin duda alguna uno de los personajes mejor construidos del cine independiente de los última década y contribuye, claro está, a convertir la ópera prima de los Safdie en una de las principales candidatas al máximo galardón de esta 47 edición del certamen.
Mientras deambula por los suburbios de Roma en busca de su perro Hércules, Patty se encuentra con una niña abandonada. “La pivellina” tiene dos años y dice llamarse “Aia”. Como no hay ni rastro de sus padres, Patty decide llevársela con ella a la caravana en la que también vive Walter, su compañero sentimental y laboral, pues ambos trabajan juntos como artistas en el circo. Bajo esta premisa se construye la primera incursión en el campo de la ficción del matrimonio italo-austríaco. Aún y así la narración de la película funciona mucho más como un retrato documental que como una historia de ficción, ya que además de no contar en ningún momento con música extradiegética, la película se limita a mostrarnos como afecta al día a día de esta curiosa pareja “circense” la presencia de este pequeño nuevo miembro en la familia. Sin grandes pretensiones, “La pivellina” se agradece por un sugestivo dramatismo que se limita a ser transmitido únicamente mediante el contexto en el que da lugar la historia. También resulta novedoso y original tanto por el retrato periférico que realiza de la ciudad romana así como por el curioso contexto circense (triste y solitario) que nos ofrece. Sin desmerecerla ni mucho menos, destacamos “La pivellina” como un retrato cinematográfico que por su loable carácter y su valor cinematográfico, reúne las condiciones necesarias para estar presente en Gijón, aunque quizá, la oficial, no sea su sección.

Teníamos gran expectación ate la oportunidad de disfrutar del mayor éxito comercial de Balabanov y es que en forma de “hermanos”, el controvertido cineasta ruso rodaba un thriller mafioso que en su momento se postuló como continuador y renovador de una serie de parámetros narrativos clásicos del cine criminal estadounidense. Así, el triste y prematuramente malogrado Sergei Bodrov se convierte en el epicentro de la saga de "Brother" gracias a su personaje Danila, un carácter construido a semejanza del ese héroe de los 90 en forma de asesino implacable pero a la vez justiciero y defensor de las causas perdidas. En su primera entrega, Danila acaba de volver de su estancia en el ejército y no consigue encontrar un destino para su vida. Siguiendo el consejo de su progenitora, Danila acude finalmente al encuentro de su hermano y pronto descubre cuáles son verdaderamente a las actividades que se dedica ya que se verá obligado a ayudarle en enmarañado entramado criminal con sanguinarios mafiosos de por medio. Con esta primera entrega, Balabanov entra en el cine criminal de entretenimiento sin olvidar nunca sus raíces amoldando así de forma envidiable el género a su discurso. En ningún momento se olvida del crudo realismo, ni de su irónico sentido del humor para construir un producto de marcado carácter comercial que se reveló como un verdadero icono en el país ruso.
La segunda entrega en cambio, es una producción aún mayor si cabe, y traslada los particulares conflictos criminales de su protagonista Danila a Estados Unidos. Concretamente, Chicago es elegida como ubicación principal de esta secuela que siguiendo la estela de la primera funciona con marcado carácter comercial. La diferencia sobre ésta en su marcado discurso “antiamericano”, arrojando sin concesión alguna punzantes y originales críticas sobre el american way of life. “Brother 2” se convirtió en otro éxito de taquilla que además de romper todos los records de la cartelera rusa, obtuvo el indiscutibl beneplácito de crítica y confirmó a Balabanov como uno de los máximos exponentes del cine ruso contemporáneo.