Wismichu y el bocadillo vacío

Autor: Gerard Cassadó Fuente: Filmin

Wismichu y el bocadillo vacío

Desde que se anunció que "Bocadillo", la supuesta primera película del youtuber español Ismael Prego, popularmente conocido como Wismichu, iba a proyectarse en el Festival de Sitges, muchos empezaron a fumar en pipa. Ya fuesen críticos a los que la ola millenial les ha cogido mayores y escépticos, seguidores del festival que aceptan mejor las bacanales zombie que a los "niñatos de Internet", o enemigos del propio Wismichu en la Red, deseosos de rebañar algunos miles de seguidores apropiándose de su marca, lo cierto es que la proyección de la película en el santuario del cine fantástico parecía haber alcanzado categoría de herejía. Mientras tanto, las entradas llevaban días agotadísimas, ante lo que se preveía una de esas proyecciones históricas que en pocos festivales proliferan tanto como en Sitges.

Se podían esperar muchas cosas de "Bocadillo", pero probablemente no lo que ha acabado siendo la "película". En el choque frontal de la obra con las ardientes expectativas de sus seguidores (y de sus detractores) es donde "Bocadillo" alcanza su verdadera identidad: la de un gesto rebelde, la de una provocación. Es como plantar un urinario en una exposición de arte, titularlo "La fuente" y venderlo como una obra. Es como mandar a Rodolfo Chiquilicuatre a Eurovisión. O como ofrecer un bocadillo de mortadela en la carta de El Bulli. Es la profanación de lo que para muchos es un templo.

SE PODÍAN ESPERAR MUCHAS COSAS DE "BOCADILLO", PERO NO LO QUE HA ACABADO SIENDO LA "PELÍCULA"

"Bocadillo" llega a Filmin como si de los restos de un naufragio se tratase, para dar testimonio de un atentado terrorista. El Festival de Sitges debe estar en estos momentos calmando a los espectadores que reclaman el precio de la entrada porque no pagaron para que se les tomara el pelo. Wismichu, mientras tanto, ha sometido su popularidad a un crash test poniendo a prueba la paciencia de sus fans. La "no película" queda entonces como una obra pasada por la trituradora de Bansky, remanente de uno de los mayores escándalos en la historia de Sitges.


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