Síndrome de Estocolmo, cuando la Bestia se hace Bella

Autor: Javier Acevedo Fuente: Filmin

Síndrome de Estocolmo, cuando la Bestia se hace Bella

"Confío plenamente en él, viajaría por todo el mundo con él" Esas fueron las palabras de Kristine Enmark sobre Jan Erik Olsson tras ser liberada por la policía. Un 23 de agosto de 1973, Olsson intentó atracar el Banco de Crédito de Estocolmo, pero todo se complicó y tuvo que mantener a cuatro personas como rehenes. Aunque esta descripción de los hechos pueda remitirnos ineludiblemente a ese clásico llamado "Tarde de perros", lo cierto es que Olson consiguió algo que los torpes atracadores encarnados por De Niro y Cazale no pudieron, y fue que sus rehenes protegieran a su supuesto salvador.  Un año después, la hija de William Randolph Hearst atracaba otro banco con el Ejército Simbionés de Liberación, un grupúsculo de doce estudiantes de San Francisco que sustituyeron los inocuos cineforum por la acción armada, que la había tenido secuestrada durante mas de dos meses y ahora la joven Patricia les ayudaba incondicionalmente. Ni su padre, el gran magnate de los medios, pudo inventar una noticia que escondiera aquel escándalo. Bejerot, reputado criminólogo sueco, no tardaría en acuñar el conocido término de Síndrome de Estocolmo para designar a aquel trastorno que causaba que las víctimas de un secuestro acabaran viendo en su captor a una figura a la cual amar e incluso idolatrar. 

Kristine Enmark permaneció en cautiverio durante 131 horas, y Patricia Hearst estuvo recluida en un armario escuchando los ecos de las conversaciones de sus captores durante mas de dos meses. El cine ha explorado este trastorno que causó algunos de los juicios más sonados del siglo pasado y que consciente o inconscientemente ha estado presente en algunas de las narraciones más icónicas de la cultura popular. Precisamente esta misma semana Emma Watson será protagonista y no solo por ser una de las grandes voces del feminismo, sino por dar vida a Bella, la protagonista de ese relato tan icónico como es "La Bella y la Bestia" y que bajo su aparente fachada de cuentos de hadas made in Disney esconde una de las plasmaciones más certeras del Síndrome de Estocolmo. Probablemente Apuleyo, cuando en el año 128 redactaba el germen del relato de la Bestia que integraría su colección de cuentos que llevaría el título de "El asno de oro", no estaba pensando en captores o rehenes ni en síndromes producidos en Estocolmo, donde el sol no atizaba tan fuerte como en su Argelia natal. Ni Jeanne Marie Leprince de Beaumont tendría un pensamiento para Patricia Hearst cuando la lluvia londinense la inspiraba para escribir la versión del cuento que ha llegado a nuestros días. Sin embargo, la historia animada de Bella sí recoge en cierto modo el testigo de esas dos pioneras del síndrome sueco. 

Desde Filmin nos preocupamos por vosotros. Quizá corráis el riesgo de contraer este síndrome con nosotros, debido a que con frecuencia os tenemos recluidos hasta las tantas pegados a la pantalla, y nos empezáis a ver como un captor que os entretiene, y quizá ya queráis más a nuestro catálogo que a los soniditos del metro percutiendo vuestros tímpanos. Pero como queremos evitar que contraigáis el Síndrome de Estocolmo, os traemos las cuatro grandes señales para identificarlo y ejemplos prácticos de aquellos que vieron en su captor a un amigo, o algo más. Lo que une un espacio cerrado que no lo separe la policía. 

1. Situación de cautiverio y amenaza física o psicológica

La primera señal para detectar si sufrimos de esta patología puede parecer obvia, pero nadie parece haberle dicho a la carrera de Nicolas Cage que lleva demasiado tiempo secuestrada por papeles con mas pelucas que sentido común. Según los expertos, el primer síntoma sitúa al cautivo en una situación prolongada de cautiverio en la que irremisiblemente desarrollará una sensación constante de amenaza física y psicológica que produzca que llegado cierto punto no quiera confrontar a su captor por miedo a su ira, intentando apaciguarlo de cualquier manera posible. 

"Juego de lágrimas" describe ese primer estadio a través de un soldado británico secuestrado por el IRA. Jody es un joven vitalista y optimista que ve en su carcelero Fergus, a alguien con quien hacer más llevaderas las horas de espera en su celda. La amistad no tarda en surgir entre ellos, hasta el punto de que Fergus dejará la organización y visitará a la novia de Jody para cumplir una promesa con su antiguo rehén. Neil Jordan, con un ínfimo presupuesto pero con mucho cine en su cabeza, construye así una película donde el Síndrome de Estocolmo deriva en un estudio sobre la identidad de género, la exploración de la sexualidad reprimida y el amor que brota del más profundo dolor. El Oscar a Mejor Guion Original encumbró a un film atrevido donde el captor acabando siendo cautivo de algo más grande que una causa armada. 

Al personaje de Elena Anaya también le sucede algo parecido en "La piel que habito". Vale, quizá tener como captor a Antonio Banderas ayude a empatizar con tu secuestrador, aunque sea un cirujano plástico obsesionado con la muerte de su mujer. En cualquier caso, Almódovar se las apaña con una historia donde el Síndrome de Estocolmo convive con un ejercicio de estilo impecable del manchego en una de sus películas más atrevidas. Un juego de amores rotos, de obsesiones enfermizas y de personajes excéntricos, desde un brasileño disfrazado de tigre hasta Marisa Paredes lanzando suspiros. Los juegos de funambilismo del genio español siguen permaneciendo en un insólito y perfecto equilibrio, en un relato donde las emociones nunca están a flor de piel, sino bajo esta, y es el propio director el que se encarga de revelar lo que se esconde bajo esa dermis que habitan sus personajes. Entre medias, una amalgama de referencias que oscilan entre el horror clásico de "Los ojos sin rostro", el minimalismo expresivo de Ki-duk en "Time", la maestría manierista de William Wyler en "El coleccionista" o un Teshigahara más carnavalesco. En manos de cualquier otro un pastiche de referencias, pero para Almódovar es otra oportunidad de supeditar su talento a la plasticidad de la imagen y el alma humana. 


2. 
Contacto continuo con el captor

La segunda señal observada por entre otros Dwayne Fuselier, experto del FBI, es que este contacto continuado con el captor desencadene en el rehén el pensamiento de que su situación es irreversible. De este modo, la víctima, sumida en un entorno aislado, despojado de referentes externos, comienza a sufrir un proceso de desconexión con su forma habitual de percibir la realidad, la cual queda cegada y se supedita a los deseos del captor. La anulación de la percepción normal de las cosas provoca que el captor se convierta en el único referente real, en el único punto de anclaje con la realidad, asignándole un rol de superioridad, y forjando así la dependencia.

Quién si no si Almodóvar de nuevo para ilustrar a la perfección esta etapa con su controvertida "Átame", la cual fue calificada de X en Estados Unidos pero que comenzó a forjar ese mito de latin lover alrededor de Antonio Banderas, quien tan pronto se calza una peluca como un bigote estilo Mercury sin perder un ápice de su capacidad de seducción. Su Ricki, ese veintañero con más años de correccional que El Bola, obsesionado con una actriz porno, Marina, es el ejemplo del captor que se erige como única figura de autoridad y punto de unión con la realidad. El joven recluirá a la actriz en su apartamento hasta que la hermana de esta comience a sospechar de la prolongada ausencia de su hermana. Entre ellos surgirá una compleja relación donde la sexualidad más exacerbada y el sentimentalismo más íntimo se dan la mano en secuencias tan espontáneas como inolvidables. Los americanos no supieron qué hacer con este nuevo film que tan pronto alternaba salas de espejos donde dar rienda suelta a la pasión como sugerentes planos de barcos entrando en puertos. Para el resto, es Almódovar reafirmando que lo de "Mujeres al borde de un ataque de nervios" no fue fruto de un buen día. 

Sin embargo, algo similar sucede en el inmortal relato que ilustraba la cabecera de este relato, la historia de Bella y la Bestia también representa ese paulatino proceso de desconexión con la realidad que hace que la cautiva vea en su captor una figura que evoluciona desde la autoridad opresiva hasta convertirse en el único blanco de sus afectos en medio de una realidad que ya no conoce. "La bella y la bestia" de 2014 con un elenco encabezado por perlas del cine francés como Léa Seydoux o Vincent Cassel o la inmortal y personalísima adaptación efectuada por el poeta cinematógrafico, Jean Cocteau. La versión de Cocteau es una pieza única de onirismo y surrealismo que reinventa fragmentos del relato tradicional con el fin de componer un desgarrador estudio del desamor, las apariencias y la pasión en forma de poema audiovisual. Tejedor de sueños en imágenes de incólume belleza, el director francés ahonda en el síndrome de Estocolmo con un final ambiguo, donde uno no sabe dónde acaba el cuento infantil y empieza la lección de realidad. 


3. Intercambio de gestos afectivos

Las amenazas del captor comienzan a volverse vagas a medida que transcurre el tiempo. El tiempo entre las cuatro paredes languidece y se funde con la nada en una expresión casi daliniana. El futuro es una incógnita. La incertidumbre de desconocer el desenlace del trance provoca que tanto rehén como captor vean el uno en el otro figuras ajenas donde descargar la frustración propia. De este modo, el vínculo de la mutua dependencia queda forjado, y se suceden gestos de afecto donde antes solo había hueco para la amenaza e imposición. La figura de opresión pasa del captor al exterior, a la policía o cualquier otro elemento coercitivo. En ese espacio compartido, prisión de miedo y pocas certezas, el síndrome se abre paso. "La bahía del tigre" refleja la compleja relación entre Gillie y Korchinsky cuando la pequeña ve cómo éste comete un fatídico asesinato y es incapaz de castigarle por ello. Un vínculo afectivo surge entre ambos que hace que Gillie vea en Korchinsky a alguien a quien proteger más que a un asesino huido. Los pequeños gestos entre ambos, el cautiverio forzado que da paso a una convivencia necesaria marcan su relación, y ambos ven en un futuro tan incierto como inexorable y en la figura antagónica de las fuerzas del orden un motivo más para continuar juntos

"El portero de noche" es otro clásico que levantó más ampollas que aplausos en sus inicios, pero que el tiempo el fin de la censura en la mayoría de los países occidentales erigió como una celebrada cinta que combinaba erotismo, dominación sexual y el mal de Estocolmo con el dolor del recuerdo de los campos de concentración. Max, un portero de un destartalado hotel, tendrá que enfrentarse a los fantasmas del pasado con la aparición de Lucia, la que fuera su juguete sexual en los campos de concentración. Bondage, dominación, uniformes, cuero y deseos recónditos en una historia que no dejó indiferente a nadie. Combinar la tortura en los campos de concentración nazi, ahondando en las fantasías de unos hombres tan sádicos como acomplejados para acercarnos un estudio sobre las filias sexuales hizo de Liliana Cavani toda una transgresora en su momento. Sin embargo, los tintes psicológicos que salpican la pantalla a través de la relación de dominación y dependencia entre Lucia y Max confieren al film un valor que va más allá de su carácter transgresor y polémico, erigiéndose como una rara avis donde el erotismo, la perversión y la crueldad dejan al desnudo las dinámicas de sometimiento y represión sexual de unos personajes transidos por la necesidad de algo mas. Un Síndrome de Estocolmo que trascendió el campo de concentración. Charlotte Rampling inmortaliza con dosis de auténtico erotismo y seductor magnetismo, atreviéndose a emular a otro icono como Marlene Dietrich cantando en el idioma de Goethe aquello de "Wenn ich mir was wünschen dürfte", donde Rampling solo pide el deseo de ser un poco feliz, ya que quizá demasiada felicidad le haría languidecer por la tristeza. Captores y cautivos, una relación compleja. 


4. 
Un único punto de vista

Algunos expertos, como Chris Cantor y John Price, han relacionado el Síndrome de Estocolmo con lo observado por ciertos científicos a la hora de desentrañar los mecanismos del comportamiento de los grandes grupos de mamíferos, entre ellos los chimpancés. Estos estudios han desvelado que los chimpancés pero también otros grupos de primates pueden desarrollar patrones de conducta que estimulen de algún modo pautas de comportamiento cercanas al patrón que define el síndrome. En concreto, observaron que tras una pelea por la supremacía dentro del grupo, el perdedor bloquearía las sensaciones ansiedad y miedo dirigiéndose al vencedor y mostrando señales de afecto y refuerzo positivo. En vez de optar por el aislamiento y ostracismo fuera del grupo, el perdedor estaría dispuesto a ocupar un puesto en la manada a merced del triunfador. Esta asimilación del punto de vista del ganador es similar al último síntoma inherente al Síndrome de Estocolmo, mediante el cual el cautivo, ya sea durante o tras el acontecimiento traumático, sufra un proceso de absorción de los miedos y temores del captor y los proyecte al igual que él sobre una figura coercitiva ajena. Un enemigo o frustración común, creando un vínculo empático complejo.

"Elle" gira alrededor de la experiencia postraumática de una mujer que ha sido asaltada y violada en su propia casa. Un recuerdo que la perseguirá en su día a día desarrollando una extraña obsesión hacia la figura de su asaltante que la conducirá a intentar indagar y descubrir su verdadera identidad. El punto de vista de ambos - víctima y asaltante- confluirá en algún punto y desencadenará una extraña relación, y eso es todo lo que podemos decir sin destripar la última genialidad de Verhoeven protagonizada por Isabelle Huppert, la cual ha sido la verdadera olvidada por las grandes galas de premios.  Por contra, Peckinpah abandonó el western mas violento y sucio para entregarnos "La huida", donde Steve McQueen y Ali MacGraw dan vida a un complejo matrimonio que tendrá que huir con el botin tras un atraco a un banco donde uno de sus dos cómplices muere y el otro los persigue buscando algo mas que que unas palabras de ánimo. Un clásico instantáneo ofrecido por el maestro del slow motion y la violencia descarnada, y que deja a las claras que Peckinpah además de dominar el ritmo del thriller y el estudio de las fronteras de la amoralidad en personajes furibundos, era un pródigo narrador de las dinámicas de pareja y de las consecuencias del amor extremo. Un lirismo teñido por la violencia de sus films que en "La huida" encuentra un hueco para aflorar en ciertos pasajes, y que refleja cómo a veces este síndrome puede darse incluso entre aquellos a quienes creemos querer sin ambages o fisuras. 


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